Cultura

COLUMNA: Divagaciones de una mente sin reposo

Por Sugey Navarro

 

Amarte hace vibrar

cada célula de este fugaz cuerpo,

al punto de una líquida y exacta proporción.

Cayó con la quietud y certeza con que la lluvia

llena las heridas en el temporal de secas.

Entró por cada poro de hierba,

vino a anunciar el nacer de los frutos.

 

Tu amor no nació en el vientre, o el instante

del fuego accidental que arrasa los bosques:

es vela de flama tibia y sempiterna

luz que en calor envuelve y

desdobla los cuerpos en su sombra,

donde se reconoce la densidad

de la materia: hallazgo.

 

Amé valiente y me

acobardé en el intento.

Pensé inútil dejar entre dos

Lo que del mundo hurtamos:

porque hacen creer que el amor se erige

y esto fue una casualidad que cayó

y no nos deja huir. Es el aire que se agolpa

aunque abramos ventanas o puertas.

O se cuela por las ranuras, y su llanto anuncia

que entra por el ojo de la cerradura,

en cada imperfección de lo construido.

 

Acepté que no era suficiente.

Mi amor no alimenta al hambriento.

No abraza ante el miedo o cobija de frío

a todos los desahuciados.

 

Es en tiempos de la fe perdida

el cuerpo la salvación primera.

Después de tanta humanidad,

olvidamos el alma que anima los huesos.

 

Vi que el amor no tocaría el mundo.

Amarte no detendría las guerras

ni acabaría el fuego de las bombas

no ocupa los días de los abandonados,

no sirve de almohada para el nómada

en busca de sueños, un techo, comida tibia.

Este amor no cambiaría la forma

en que ella entregará la vida al verdugo.

 

También es cierto: mi amor

no era humedad para corroer las almas.

Mi amor no le importaba a nadie.

 

Si un amor no aliviaba nada

No curaba un cielo roto, un corazón cansado,

bastaba que mi alivio estuviera entre tus besos

Para replicarles en cada ojo, fuente,

nube, espejo, charco de agua.

Vicio que se replica.

Preñarse de vida, parir ilusiones.

 

Fue en la despedida

que asomé mi tristeza y vi

que el amor del mundo

cabía en una esperanza.

 

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