COLUMNA: Divagaciones de una mente sin reposo

Si la adultez es esto…

Por Sugey Navarro

¿Es esto la adultez? ¿Esto es la medianoche? Querer limpiar, poner en orden, remodelar la casa a falta de la fuerza y motivación para reacomodar la vida entera; limpiar la conciencia, después del examen de nuestras acciones del día o la semana, nos mantiene con los ojos abiertos a pesar del sueño…

Limpiar a fondo y centímetro a centímetro el piso del departamento; ir buscando las costuras sueltas para hacer remiendos en la ropa; idear un nuevo acomodo para los libros que nos miran extrañados, porque no han sido leídos, y el librero es un andamio lleno de promesas; recordar que había un tornillo casi suelto y correr a ajustarlo; separar por carpetas los documentos importantes y procurar dar sentido a la pila de papeles de anotaciones sueltas, que fueron originalmente un ticket de compra, la orilla de un periódico o el folleto de ofertas de productos que no necesitamos pero añoramos para llenar algún hueco.

Todo para sentir que reparamos algo, que aún está entre manos la capacidad de ponerle orden a las cosas; ante la constante imposibilidad de arreglar los problemas reales, esos que van mucho más allá de lo que puede ahorcar un crédito y lo poco que se ajusta la realidad a nuestras necesidades y expectativas…que es distinto desde el conteo de los pesos para cubrir los servicios y alimentos, hasta la forma de amar y ser amado. Solo teníamos la idea que dan los libros y unas telenovelas que se quedaron en nuestro subconsciente desde pequeños; ni siquiera tendríamos de referencia a nuestros padres, que poco estuvieron juntos.

Pasar en limpio los pensamientos garabateados en medio de la noche, en la libreta que duerme al lado de la cama; para olvidar que no hemos escrito -y avanzará la desesperanza de que nunca lo haremos- escribir algo que valga la pena. Hacer lista de deseos, libros por leer y películas; en tan grande cantidad que no cabe en una sola vida.

Pedir tregua a quien duerme en tu cama, que esa noche sea solo lo esperado: un descanso, porque la vida a veces parece deporte de alto riesgo, en el cual se destina toda la energía. Y en ese afán de reconstruirse con una buena siesta, ir olvidando el beso de los buenos días, ese que prometimos para cuando viviéramos al fin, en la soledad de una casa para dos. Hacer café para uno, porque no hemos podido ajustar los horarios en que nuestra mente está más activa; cuando despierto, tú ya te has ido a levantar el mundo y entonces lamento coincidir más con los mismos transeúntes en el metro; o convivir más con los compañeros que por azares del destino y trabajo, habitan conmigo esas 50 horas que no te tengo, sin haber decidido amarles hasta que la muerte nos separe, sin elección alguna.

Tener en la cabeza el ruido de una televisión encendida, que sobrepase los pensamientos agolpándose en mi cabeza, sin acordar su derecho de antigüedad o prelación. Soñar con casas en donde un baño es más grande que este departamento; con escaleras infinitas, donde el límite sería una tempestad; con bibliotecas en las que me extravío de tanto querer andar sus libros. Soñar con que no hay para pagar la renta de este espacio, en que a veces no tienen cabida ni los anhelos.

Ser adulto, a veces es perder la fortaleza del avance y permitir que todo ande con la inercia de lo necesario, porque uno no puede detener el mundo para llorar tranquilamente, hasta que pasen los malos tiempos. O es tal vez, solo este mal día que me hace lamentar las rutinas y lo cotidiano, cuando sé que es también la voluntad de elegirte, de nuevo, de encontrar una solución cuando la mente ya está en calma, así como hallo tus abrazos al cambiar de posición mientras dormimos.

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