Divagaciones de una mente sin reposo

Primera cita

Por Sugey Navarro

Pero ese no era el final del día. Transcurrida media hora sin señales de quién habría de ser mi cita, pensé que era hora de pedir la cena al mesero. Ordenar y de paso distraerme, sacudir el ridículo de encontrarme entre los enamorados que saturaban el restaurante celebrando la fecha.

¿Me observarían como yo los observo? Con la costumbre que tengo de que mi imaginación se adentre en las posibilidades de las vidas ajenas, apostando si se acaban de conocer, si se trata de citas a ciegas, el triunfo del encuentro al volver a casa, el logro de la relación, la apuesta por cuánto durará. Claro, podría decirse que siempre ganaba y perdía; en realidad no había respuesta a mis interrogantes, pues las parejas, una vez pagada la cuenta, salían de mi campo de observación y partían a concluir la noche, a seguir sus vidas.

Podría escribir todas estas historias, pero mejor las juego en mi cabeza; creo que disfruto de mi soledad y no sé si concluirlo en este momento, parece más un alivio que desaire el ser plantada en la cena del día de los enamorados que, por lo menos, esperaba que terminara en un encuentro casual, con la consigna de no volver a verlo.

Qué poca la del Ricardo éste. Me agrega a Facebook, me invita a salir y se desaparece el día en que habríamos de reunirnos por primera vez; la noche en que se enfrentaría la realidad con el perfil de las redes sociales.

Por unos segundos olvido el coraje que comenzaba a acalorarme y me relajo con Strawberry fields forever sonando en bossanova, entre el ruido de la loza chocando al ser lavada y el murmullo animado de los comensales envueltos en un sutil halo de entusiasmo. Yo ya ni recuerdo qué es cumplir un mes de relación con alguien, y poco importa ante la sensación de la exquisita lasagna extendiéndose sobre mi lengua. Al tercer bocado recibo una llamada del susodicho. El orgullo, y algún rezago de dignidad que aún me acompaña, me piden que no conteste; la curiosidad, me hace tomar la llamada.

– Ale, al fin sale la llamada. Estoy encerrado en el baño. Llegué antes, y al pasar al sanitario no sé qué ocurrió. Nadie escucha para abrirme -conocí la voz, de quien suponía que era Ricardo, y coincidía con la leída en la mensajería, sin embargo, su mensaje se entrecortaba y yo buscaba disimuladamente hacia la ubicación de los sanitarios.

– Mmm…Ok, ahorita mando a alguien -respondí entre incrédula y con una risita de que podía tratarse del pretexto más estúpido.

Guardé silencio. A ese punto, había pensado tanto en la soledad y en el absurdo de encontrarme celebrando una fecha que no creía, que dejé pagada la cena y le indiqué al mesero el problema del hombre encerrado en el baño. Bueno, cuando uno sale con alguien, sin estar convencida de hacerlo, comienza a ponerse peros y excusas, así sea comparando a algún peoresnada en turno, o contrastando con la comodidad de sus días, sin empezar de cero y lidiar con un desconocido.

Pensar también cansa, una vez leí que los ansiosos y los deprimidos casi siempre están cansados, aun cuando tengan pocas actividades, por no tener la fuerza para realizarlas; exhaustos de tanto pensar: en lo peor, en todas las posibilidades. La depresión no me corre por las venas, pero me adjudico la explicación. Es hora de tomar fuerzas con unos chocolatitos frente al parque. Sentarme a mirar las palomas correr tras un pedazo de pan, asintiendo siempre: ¿a qué le dirán que sí, siempre tan positivas?

– ¿Ale?, ¿Alejandra? -abre los ojos buscando mi mirada que le confirme mi identidad, mientras baja un poco una bolsa llena de chocolates, como un niño pequeño que acaba de ser atrapado con las manos en la masa.

– Ricardo… -dije un poco temerosa, viendo hacia la puerta en busca de una opción de escape.

Una ciudad tan grande, y resulta que compartimos el mismo proveedor de consuelo, que la tienda de chocolates es el lugar predilecto de ambos para aliviar las pequeñas desgracias. Después de ver que nuestra cara coincidía con las imágenes de nuestro perfil en Facebook, que respondíamos al nombre con que nos ubicábamos en la red y con nuestras miradas de sorprendidos, soltamos una carcajada. Estábamos ahí parados, ridículos, abandonados, en una tienda de chocolates, pretendiendo aliviar el absurdo, quizá. Decidimos que era digno de celebrarse y reírnos un poco más de los ojos de susto con que terminamos conociéndonos realmente.

Ésos sí éramos nosotros, dos expertos en citas fallidas, ahora sentados en un bar con un toque de mala muerte, con la variedad que iba de José José a Black Sabbath -mix en gran parte abonado por nuestros eclécticos gustos musicales-, observando los que pedían una y otra copa de alcohol, borrador líquido que se usa para difuminar el día y los amores; sugiriendo las historias previas que los traían acá. Dos con aliento de agave ahumado que deja el mezcal, burlándonos de él, Ricardo, y su desafortunado encierro en el baño y de mí, Alejandra, y la antítesis de mi presencia entre los melosos amantes, globos metálicos y ramos de flores.

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