Cultura

COLUMNA: Divagaciones de una mente sin reposo

Lecciones a fuego lento

Por Sugey Navarro

Quisiera haber tocado los vestidos de mi abuela; los conozco a detalle por sus pláticas y una que otra fotografía en blanco y negro. El regreso de lo vintage vino a recuperar la moda y los detalles clásicos de la vestimenta de generaciones anteriores a nosotros; e incluso, a través de los bazares, las prendas mismas, cuya calidad las ha hecho preservarse intactas a través del tiempo. Como dirían los mayores a nosotros esas eran buenas telas, o esos eran otros tiempos.

En mi casa, siempre fueron usuales los famosos gallitos, ropa en buen estado que se va transmitiendo, por lo pronto, a los familiares menores, con la finalidad de que se use hasta sus últimas consecuencias, mientras se mantenga en buen estado (imposible mantener esa costumbre con las prendas actuales de la ola fast fashion, que morirá, incluso antes de que cumpla un año con nosotras). Reparar, surcir, pegar; los principios de la ecología más arraigados como Reducir, Reutilizar o Reciclar, también pueden tener origen en la carencia.

Yo sólo quisiera haber tocado ese vestido que ella ha descrito con tanta ternura; su vestido brilla en mi memoria, y las gotitas perladas son un movimiento constante en el caminar de mis recuerdos; su cabello largo, lacio y abundante cayendo sobre el fondo agua y su falda plisada. Ese y sus demás vestidos quedaron consumidos por las brasas; había que mantener vivo el fuego en el hogar, no de una forma metafórica, sino real: avivar la sutil llama del brasero encendido todo el día, para cuando se necesitara. Cocinar para seis en una sola hornilla, era la historia de todos los días.

Sus vestidos se fueron chamuscando con las pequeñas chispas que salían agitadas con el paso del viento o con el aire que agolpaba de forma artificial, para procurar que el fuego no cesara. Puedo sentir la firmeza de las telas, la calidad a la que tanto hace referencia: la he visto recorrer áreas de ropa en tiendas departamentales, en busca de los vestidos forrados, resistentes, de costura firme, con la durabilidad que prometían sus prendas. La ropa y las fotografías, parecen encontrarse intactas dentro de su memoria y a contarlas, creo que resplandecen aún más dentro de las mías.

Hay vivencias que no quedaron capturadas en una imagen y sin embargo, las he escuchado tantas veces, que puedo jurar que estuve dentro de la escena, que fui observadora de ciertos momentos de la juventud de mi abuela. Me he emocionado al escuchar de sus primeros amores, reconozco mi corazón latiendo como el suyo cuando con ojos brillantes y coquetos me revela los secretos de las historias llenas de ternura. También he sufrido de episodios violentos, que ella ya ha minimizado con el paso de los años; he jurado no volver a permitirlo, como si ella y yo fuésemos la misma persona. Atemporal, he visto el cuidado y la atención que prodigó a los suyos: yo siempre me hice un tiempo para jugar con ellos y nadie entraba a la escuela sin saber leer, sería como mandarlos ciegos.

Supe de la bisabuela, a la que alcancé a conocer y no digo que no fue complicado hacerme mi propia idea de ella, vivirla y escucharla sin intermediarios, de una forma directa; no dejar que floreciera la semilla de rencores ajenos. La niña que a sus trece años, se fue con un militar de veintiocho y con el dinero para preparar los alimentos, se iba a jugar a las comiditas con las amigas de la cuadra; la que hizo las cosas como le fueron enseñando sus vecinas, quienes decían que si ya estaba grandecita para estar con un hombre, también para llevar las riendas de una casa; la que con rifle en mano, cuidaba con valentía a sus niños, en la casa perdida en un rancho desolado; quien con un cuarterón de queso adornaba siete platos de frijoles para la merienda. La que sin tutoriales o recetas de ingredientes imposibles o instrumentos especiales, supo hacer que el pan se esponjara en latas de sardina, sabía que los restos en el fogón después de hacer comida, hacían el horno perfecto para la repostería casera.

No hay fotografías de esas historias viejas, los recuerdos que fabriqué a partir de sus pláticas, parecen estar protegidos del fuego. Y aunque fueran borrándose las imágenes, podrían sobrevivir en la experiencia las lecciones que me tocó aprender de oído: la misma brasa que ha de mantenerse encendida para arropar y hacer la magia en los alimentos, puede ser la misma que en un descuido, calcine todo lo que le rodea. Lo importante es no olvidar que el fuego destruye y transforma; puede volver ceniza una realidad o ser el medio para purificarla; ser ofrenda o victoria; servir de luz o volverse incendio

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