COLUMNA: Divagaciones de una mente sin reposo

Toda tarde es una despedida

Por Sugey Navarro

Las horas se llevan la luz de la tarde, el sopor vespertino que en tiempos de estudiante, solía gastar en una siesta. El estrés de la escuela y el crecimiento, además de la disponibilidad de esas horas de la tarde, aunque significara el desvelo para la culminación de las tareas que la escuela exigía, eran la combinación perfecta de motivos para perderse un rato con la cabeza en la almohada.

Temo a los noticieros desde que tenía unos ocho años. Me recuerdo escondida detrás de la puerta escuchando como “El niño” iba causando estragos a su paso por zonas costeras. Yo sólo me preguntaba quién sería ese niño, al que mi mente trataba de dar una corporalidad de humano y me desgastaba en culparme por no haber aprendido a nadar, por seguir con el trauma de cuando una ola me había arrollado a los cuatro años

Si hubiera dejado el miedo, si no me hubiera colocado una y tantas veces hasta el final de la fila en la clase de natación, con el fin de pasar desapercibida para el profesor que, como examen último, nos ordenaba arrojarnos a la alberca honda. Cuando al fin descubrió mi trampa, me ordenó arrojarme de inmediato; he olvidado si comencé a sentir que moría desde el llamado de la autoridad, cuando las miradas de los compañeros furiosos cayeron sobre mí, por hacerles perder el tiempo; o en el punto en que mi cabeza quedó sumergida en el agua: pánico, pataleo, presión del agua contra el pecho, sensación de ahogo.

La ansiedad te acostumbra a sentir de cerca la muerte, pero al mismo tiempo, como sucede con las despedidas, cada ocasión será siempre algo nuevo; tan distinta de otras, que volverá a doler como si de la vez primera se tratara. Uno se acostumbra a imaginar que el dolor del que no encuentran origen, de seguro se trata de una fase terminal de algún padecimiento que no lograrán identificar sino después de tu partida, para decir: pudimos haber hecho algo.

Y aún cuando no hay nada que señale el final inminente, las ideas se enredan hasta la elaboración del enredo: un autoboicot que nos haga despedirnos de todo lo que amamos. Si no tenemos la muerte cerca, la fabricamos; diría que perfeccionamos los intentos, pero no, uno siempre hace del hundimiento algo sin precedentes, por lo que no resulta útil aplicar las soluciones o frases que anteriormente dieron algo de orden o calma.

Es cierto, uno puede identificar el patrón de estos sucesos, solo si lo hace antes de caer la tarde, aún con la luz plena del día; que el sol de bien a las cartas e imágenes puestas sobre la mesa, cuidando que las nubes no anuncien la lluvia o las sombras. Es un rompecabezas que se tiene que armar a solas y con la cabeza en frío. Tal vez, aún quede vivo algún lazo familiar para contarle el resultado, para mirar con asombro, la línea del tiempo con remiendos y anotaciones. Los demás, los que no se encuentran unidos a nosotros por la sangre, sólo se quedarán con la parte de la historia en la que, durante un arranque de locura o desesperación, alguien decidió partir sin miramientos…

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