EDITORIAL: Ausencias

Ayer no estuvieron. Nunca llegaron. Tampoco llamaron. Hubo asientos vacíos, computadoras sin nadie, escalones sin pasos, bocinas sin música, videos sin espectadores. Las pantallas permanecieron apagadas. Afuera, igual: oficinas sin nadie, tiendas solas, transportes con lugares disponibles, espacios para estacionarse.

Las calles notaron su ausencia, sus ausencias. Nosotros también. Su no estar nos causó asombro, nos dio miedo. ¿Y si todos los días van a ser ahora así? “Eso nunca…”, trató de convencerse más de uno.

En la ciudad, muy temprano, el tráfico fluyó y fluyó. Hubo prisas diferentes, pausadas, lentas, algunas sin sentido. De auto a auto, de acera a acera, nos escudriñábamos tratando infructuosamente de encontrarlas. Y mientras nos afanábamos en llegar a donde fuera en medio de ese día raro, diferente, su invisibilidad comenzó a notarse en nuestras miradas; por las calles éramos nosotros sin varias de ellas, sin muchas de ellas. En nuestro primer y tercer piso, también.

La jornada obligaba a estar y a cumplir, pero también a darnos cuenta de nuestras dependencias, de nuestras necesidades, de lo acostumbrados que estamos a su presencia y a lo inútil y desorientados que permanecemos cuando no están. No es mito, es realidad y ayer se dejó constancia. Hubo ignorancias, desconocimiento; ellas lo hacen y nosotros no.

A cierta hora, su no presencia comenzó a pesar más, a incomodarnos, hasta molestarnos. ¿Dónde estarán? Y aunque la respuesta a esa pregunta llegaba cargada de certezas, también estaba impregnada de incertidumbre, de esos temores que ojalá nos hayan permitido tener conciencia, por fin, de que trágicamente algunas de ellas no llegan y nunca llegarán.

Ojalá hayamos comprendido que las cifras mortales son reales, que tienen miedo, un pavor justificado por vivir en un país donde diariamente mueren violentamente 10 de ellas. Y aunque nosotros nos sentimos muchas veces inseguros, aun no tenemos la capacidad de imaginarnos lo que ellas sienten y sufren en las calles.

No queremos más un día sin ellas. Queremos que estén, que lleguen, que nos perdonen por no haber tenido la inteligencia de acompañarlas en sus miedos, de callar, de ignorar; que nos perdonen por no llegar a comprender mínimamente lo necesario que para ellas es sentirse libres y seguras. Queremos ya verlas, que ocupen sus espacios, que estén. Por favor…

Atentamente:

Los hombres de El Comentario

Print Friendly, PDF & Email
Sin Comentarios

Deje su Comentarios