Opinión

EDITORIAL: Davide…

La música nunca será efímera, como tampoco lo son sus compositores e intérpretes. Su esencia perdura, permanece entre nosotros. Nos ayudan a mantenernos vivos, muy vivos. Nos depositan en nuestros sentimientos más profundos, su talento; nos sacuden de arriba a abajo logrando acrecentar nuestras vivencias que poco a poco se afianzan en experiencias de vida que, al final, resulta ser nuestra banda sonora. Por eso también nos pertenecen.

La música es esencia, es pasión, es instinto. Quienes, compositores o intérpretes, logran acercarse con su sensibilidad, destreza, ingenio y talento, llegando a la casi perfección, nos regalan interpretaciones magníficas, dignas de ser escuchadas una y otra vez. Es entonces cuando comienzan su camino hacia la trascendencia, mucho más allá de lo físico. A ellos y ellas los reconocemos inmediatamente. Y al establecer esa íntima comunicación con nosotros, nos siembran la armonía y abonan a la sensibilidad. Por eso, cuando se van, se quedan.

Davide Roberto Nicolini Pimazzoni es uno de ellos. Profesor titular de los departamentos de Música y Danza del Instituto Universitario de Bellas Artes de la Universidad de Colima, ese gran músico de origen italiano, pero colimense por adopción y decisión, recientemente fallecido, logró abarcar con las múltiples facetas que un artista de gran calado va sumando en su paso entre nosotros, a la vida misma. Y eso, hay que insistir, no es poco, nunca es poco.

Porque Nicolini era, así, sin más, un gran ser humano. Como profesor, violinista, colega, estudiante, deportista, compositor, intérprete, tutor, investigador, siempre anteponía la camaradería y su preocupación por el bien común. Lo demostraba saludando siempre a gritos a quien le brindaba su amistad. Así se le recordará en Colima, siempre, siempre…

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