El Comentario - Universidad de Colima

EDITORIAL: El aislamiento

Irónicamente, aseguró el analista internacional Johan Ramírez, las dictaduras modernas sobreviven gracias a la democracia, a sus instrumentos y vías. Eso es lo que ocurrió en la Nicaragua de Daniel Ortega, quien asumió su quinto mandato, el cuarto consecutivo, castigado por nuevas sanciones de Estados Unidos y la Unión Europea, pero apoyado por Venezuela, Cuba, China y Rusia.

Fue en la vieja plaza de la Revolución Sandinista de Managua, acompañado de su esposa, la vicepresidenta Rosario Murillo, donde Daniel Ortega juró respetar la Constitución y las leyes, en una sesión solemne de la Asamblea Nacional que contó con la presencia de los presidentes de Venezuela, Nicolás Maduro; de Cuba, Miguel Díaz Canel, y del mandatario saliente de Honduras, Juan Orlando Hernández.

Esos 3 presidentes, cuestionados por la comunidad internacional, fueron la muestra de un aislamiento internacional poco visto: 39 países, varios sistemas como la Unión Europea y 25 naciones de la Organización de Estados Americanos (OEA) desconocen la legitimidad de las elecciones nicaragüenses de noviembre pasado. México, finalmente y tras días de poca claridad, por instrucciones del presidente Andrés Manuel López Obrador, se hizo presente con una representación de bajo perfil.

En su análisis sobre el nuevo mandato de Daniel Ortega, Johan Ramírez escribió: “Desde los albores del milenio, y por ironías de la vida, -los dictadores- andan valiéndose de los mecanismos democráticos para construir, a la vista de todos, sus totalitarismos modernos. Usan sobre todo 3 instancias: las elecciones, los organismos internaciones, y el debido proceso. Manejando esas fichas a su antojo, se han robustecido sin resistencias, mientras la democracia, desde su ágora sagrada y enclenque, mira desconsolada cual diosa impotente”.

Y así lo hizo Ortega: en su discurso de investidura invocó el asalto al Capitolio de Washington por parte de furiosos simpatizantes del expresidente Donald Trump, para justificar a los más de 160 presos políticos que mantiene encarcelados. Se olvidó, por supuesto, de los 355 muertos que dejaron las protestas en su contra que se desataron en abril de 2018. Por esos actos autoritarios y represivos, fueron sancionados por Estados Unidos y la Unión Europea, la Policía Nacional, el Consejo Supremo Electoral y el Instituto Nicaragüense de Telecomunicaciones y Correos (TELCOR).

No hizo referencia, por supuesto, a las urnas amañadas que en noviembre dijeron lo que Ortega quiso que dijeran, tras usar la institucionalidad para depurar la boleta electoral y sacar de la contienda a todos y cada uno de los opositores, reales, que pudieran haberlo derrotado.

Para redondear su actuar, el régimen de Ortega utilizó la justicia durante la precampaña, la campaña y la poscampaña para meter en la cárcel y perseguir a los periodistas incómodos, y para cerrar las organizaciones civiles que denunciaban sus abusos. Esa institucionalidad torcida le valió para poder elegir una Asamblea Nacional a la medida que, a su vez, lo eligiera a él y a su esposa.

Sin golpes de Estado, aunque sí aislado, Daniel Ortega demostró una vez más que se puede imponer un régimen usando las elecciones.

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