EDITORIAL: La participación

El respeto al voto es la pieza clave en todo sistema democrático, concepto que en la teoría es fácil de entender, pero llevarlo a la práctica es mucho más complejo de lo que se piensa. Así, es posible afirmar que el nivel de cultura democrática de un país es proporcional a la calidad y profesionalización de su proceso electoral. Gracias a él, todos sus habitantes en edad de sufragar pueden hacerlo en un entorno de libertad, sin presiones, otorgando la tan necesaria legitimidad a la que todo nuevo Gobierno debe aspirar.

Y aunque el voto es solo una parte del sistema democrático, la verdadera importancia que tiene ese acto íntimo, individual y en libertad frente a la casilla, siempre será un reflejo del compromiso que con la democracia tienen las instituciones y autoridades gubernamentales.

En un escenario idóneo, esos entes deben tener la inteligencia y empatía suficiente para colocar el interés colectivo por encima del personal o de grupos. Es necesario subrayar, entonces, que las instituciones y quienes las dirigen, son fundamentales para que los electores puedan votar en un contexto de libertad y que ese sufragio sea respetado sea cual sea el resultado final.

México no ha llegado a cumplir más de cuatro décadas de contar con organismos autónomos que organicen sus elecciones. Sin embargo, en pocos años se ha logrado sentar las bases para que esas instituciones eminentemente ciudadanas, generen la suficiente confianza para que los electores le reconozcan su capacidad y compromiso con la democracia.

Por eso es necesario que, en el actual proceso electoral, considerado el más grande de nuestra historia, el objetivo general sea lograr la máxima participación de quienes tienen derecho a votar.

Inmersos ya en el tramo final de la contienda, candidatos, partidos políticos, autoridades y organismos electorales, deberán procurar que una parte importante de sus mensajes se dediquen a invitar a la participación ciudadana, a concientizar de la necesidad de que se ejerza ese derecho sin ataduras y sin más motivación que la convicción de que nuestra decisión será respetada y en ella se edificará la legitimidad de nuestras próximas autoridades.

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