Opinión

EDITORIAL: Ocho días después

Justo 8 días después de haberse celebrado las elecciones intermedias en Estados Unidos, la de mitad de mandato del presidente en turno, el Partido Republicano se consolidó como la primera fuerza en la Cámara de Representantes. El panorama se completa con los demócratas manteniendo el control del Senado, de las 36 gubernaturas en disputa, la mayoría se ha reelegido o los votantes optaron por el mismo partido que gobernaba; otras 3 pasaron al bando demócrata y solo una al republicano. El resumen electoral es la síntesis de lo ocurrido: no hubo esa victoria aplastante conservadora, la “ola roja” que las encuestas anticipaban.

Las y los votantes han querido que la conformación política del país más poderoso del Mundo no fuera tan cómoda para el segundo tramo del mandato de su presidente, Joe Biden, quien considera que los resultados son buenos y que la democracia estadounidense se ha salvado una vez más.

Es cierto: para Biden y los demócratas se anticipa una cierta incomodidad y hasta un bloqueo legislativo con los republicanos dominando la Cámara Baja. Sin embargo, solo hay que recordar que la Constitución otorga al presidente el poder de vetar leyes o iniciativas aprobadas que considere inconvenientes para el país.

Ante ello no hay que perder de vista que, tradicionalmente, las elecciones intermedias estadounidenses las perdía el partido en el poder, porque era una especie de examen de la gestión realizada por la Casa Blanca. Hoy no es así. Los demócratas apelaron a la conciencia democrática y libertades de las y los ciudadanos. El resultado es que ninguna de las y los candidatos negacionistas de la democracia, auspiciados por el expresidente Donald Trump, ganó. Ninguno.

Y aunque los republicanos en la Cámara de Representantes podrán cuestionar una y otra vez, por ejemplo, el manejo de la economía nacional afectada por una alta inflación y una posible recesión; o el decidido apoyo estadounidense a Ucrania, empeñada en expulsar militarmente de su territorio al invasor ruso, el control del Senado para Biden y compañía significa frenar los impeachment o procesos de destitución que lancen los republicanos, facilitar la aprobación del presupuesto o nombrar a los altos funcionarios del Gobierno estadounidense. El radicalismo debería quedar en mínimos.

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