Opinión

EDITORIAL: Un balón, una realidad

Finalizada la primera jornada de la Copa del Mundo Catar 2022, con resultados sorpresivos y figuras que decepcionan o prometen, encuentros emocionantes, otros que dejaron mucho que desear y la esperanza de seguir avanzando en la máxima competencia futbolística, justo es asegurar que un balón no puede esconder una realidad.

Organizar uno de los mayores espectáculos del Mundo representa un escaparate para mostrar la cultura, valores y desarrollo de los anfitriones. Este es el caso: una nación sumamente cuestionada por sus graves carencias en derechos humanos y condiciones de trabajo. Un balón no puede esconder una realidad.

Es cierto, en Catar no es la primera vez que los Mundiales conviven con regímenes que son flagrantes incumplidores de los derechos humanos (Argentina 1978), pero eso no es motivo para dejar de señalarlo, exigir que no se repita, pedir que se cuiden las condiciones y esperar que la libertad de protestar esté por encima del espectáculo mismo. Un balón no puede esconder la realidad.

Hay que entender y hacer entender que, en cualquier latitud del Mundo, bajo cualquier escenario, las discrepancias solo se pueden presentar y respetar en sociedades libres, democráticas. Esa posibilidad es una de sus virtudes: el respeto al derecho de disentir. En ello no hay una encrucijada, no hay lugar a la simulación, a los claroscuros. Se respeta o no. Por eso, un balón no puede esconder la realidad.

En Catar hay un férreo control social, acotado por la religión, que se convierte en un argumento para reprimir a la comunidad de la diversidad sexual y, sobre todo, para convertir en ley graves vulneraciones a los derechos del 25.04% de su población: las mujeres. Los derechos en ese emirato no son equiparables a los de una democracia liberal. Un balón no puede esconder la realidad.

Pero las sociedades democráticas también son contradictorias y Catar 2022 es un claro ejemplo: bajo los señalamientos moralistas, las críticas obligadas y legítimas, la exigencia de cambios, no pueden evitar que sus selecciones estén presentes y que sus sociedades se movilicen para que in situ o a la distancia que permiten la televisión y el Internet, sean testigos de uno de los mayores espectáculos que existen, dominado, por supuesto, por el dinero. Un balón, una vez más, no puede esconder la realidad.

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