“El señor Ligotti”, una breve y sugestiva novela de terror de Bernardo Esquinca

No es necesario escribir 700 páginas para dar con una novela que produzca el asombro de los lectores. En ocasiones, la brevedad contiene más sugerencias que la largueza. El señor Ligotti (Almadía) pertenece justamente a ese género de brevedades. Su argumento tiene mucho de ominoso y sus ambientes exponen una morbosidad que podríamos atribuirle a Edgar Allan Poe o a un demiurgo que explota en una carcajada cuando mira el destino torcido de sus creaturas.

La mera descripción inicial del señor Ligotti -luego seremos testigos de sus acciones- basta para sugerir la figura de un Mefistófeles a la caza de un joven torturado y ambicioso, un escritor para quien su éxito comercial resulta demasiado poco: “saco rojo de pana, la pajarita en lugar de corbata, la barba de candado blanca, con los bigotes terminados en punta, al estilo de algunos personajes de la Revolución, y un bastón con empuñadura plateada”. Quiere poner sobre la mesa una oferta en apariencia inofensiva: venderle por una ganga un antiguo y espacioso departamento a cambio de visitarlo siguiendo su antojo. No digo más sobre esa presencia fantasmagórica, salvo que además rinde homenaje a Thomas Ligotti, uno de los grandes exponentes del thriller metafísico en Estados Unidos. 

Me interesa en cambio nombrar el talento de Bernardo Esquinca para reinterpretar el mito de Fausto en un tiempo de teléfonos celulares. Qué encontramos: un pacto, un ardid y una condena. Pero no es el alma de ese joven escritor la que está en juego sino su equilibrio mental. A través de un espacio cerrado y de un juego de apariciones e inexplicables desapariciones, la especialidad de los fantasmas, Esquinca crea una atmósfera de extrañamiento aderezada con rápidos trazos psicológicos, y, a medida que se borran los límites entre la vigilia y el sueño, va imponiendo una irresistible ambigüedad. ¿Leemos los delirios de un escritor en bancarrota o el diario certero de un hombre seducido por un demonio?

Breve y sugestiva, El señor Ligotti eleva aún más las cumbres del terror que Bernardo Esquinca erigió en Toda la sangre, Carne de ataúd e Inframundo, y vuelve a recordarnos que en nuestro interior hay un lugar de primera fila para lo sobrenatural.

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