El tiempo que sea necesario…

Por Gustavo Quezada (especial para El Comentario desde Italia)

La primavera llegó a Italia. Esta mañana me levanté y tomé una foto de mi jardín lleno de flores, para compartirla en redes sociales. Lo único que se puede oír es el canto de los pájaros que anidaron en los parques que rodean mi cuadra y que pasan toda la mañana buscando gusanos para llevarlos a sus crías.

Hace mucho que no saludo como se debe a mis vecinos; a veces los veo pasar cargando bolsas del súper, pero cuando alcanzo a llegar a la ventana, ya pasaron. Hoy mis hijos no tienen tarea y les dejo que pasen horas jugando con el Nintendo o viendo videos en la tableta. De algún modo tienen que pasar el tiempo en un domingo tan aburrido, como el que nos espera.

Qué suerte que una buena parte de mi niñez fui criado en casa de mi abuela. Entre mi madre y ella me enseñaron a hacer todo lo que se necesita hacer en una casa. Hoy me toca cocinar. Mi esposa no va a estar en casa hasta después de las 4:15 de la tarde. Le toca doblar turno en el hospital donde trabaja, el cual ha sido destinado a atender a los enfermos contagiados de coronavirus Covid-19 que no encontraron lugar en hospitales más grandes que están ubicados en la región del Veneto, una de las 20 regiones que conforman la República italiana, ubicada al nororiente del país y cuya capital es Venecia.

Es curioso: en este país la gente está informada sobre ese virus y tiene miedo, algunos en exceso, como una colega de mi esposa que en estos días aseguró estar enferma para no ir a trabajar. Es por ello que hoy mi esposa estará en el hospital casi todo el día.

Recuerdo bien cuando veíamos las noticias y se hablaba de un virus que mataba gente en un lugar lejano. Las víctimas no tenían nombre ni cara, para nosotros eran solo cifras que no memorizábamos, no necesitábamos hacerlo, pero pasó algo que no esperábamos: el carnaval de Venecia estaba iniciando cuando se empezaron a difundir noticias que confirman que ese virus había llegado a Italia, que nos había alcanzado.

La gente comenzó a hacer muchas preguntas, porque mientras no nos afectaba, no nos interesaba. Ahora teníamos que saber más sobre cómo el virus ataca, cómo infecta, cuáles son los síntomas, las probabilidades de sanar. Y mientras los italianos se hacían esas preguntas, los noticieros daban cuenta de más y más contagios, de muertes.

En las primeras semanas de la expansión del contagio por Italia, las víctimas eran solo ancianos con enfermedades respiratorias crónicas. Mal día morían por centenares. Parecía una enfermedad que al resto de la población no le podía hacer nada, hasta el día que supimos que un hombre joven y sano, murió, y murió de coronavirus. Todos comenzamos a temer y respetar a ese virus.

Fue hasta entonces cuando la gente dejó de salir a la calle. Los bares y restaurantes por decreto estaban cerrados, pero la gente no se tomaba en serio la amenaza. Con las primeras víctimas jóvenes y sanas se comenzó a tener conciencia del peligro. Los incrédulos que no querían cambiar sus hábitos, comprendieron que al hacerlo no solo se protegían a ellos, sino a sus familiares, a los ancianos, a los enfermos.

En unos días cumpliré tres semanas de encierro. En estos días he salido solo tres veces, una de ellas al supermercado que está cerca de mi casa. Una vez, cuando el hermano de mi esposa vino a casa a dejarnos el módulo de autocertificación que mi esposa necesita para salir a trabajar, solo lo dejo en la ventana y esto para evitar cualquier contacto. Es así como se comporta la gente responsable.

Creo que nadie ignora que nuestro país, México, está lejos de alcanzar los niveles de desarrollo de un país como Italia, el cual cuenta con un sistema sanitario eficiente, de alto nivel, con hospitales a la vanguardia, médicos muy preparados, instalaciones funcionales que reciben mantenimiento periódicamente.

Están, en México, llegando al punto en el que todo podría comenzar a colapsar. En Italia, hasta ahora, 51 médicos habían muerto a causa del Covid-19. Se contagiaron mientras luchaban por salvar las vidas de las personas que llegan con fuertes problemas respiratorios. En algunos casos, el virus inflama las vías respiratorias y hace que en los pulmones se acumule agua, causando fuertes dolores a los pacientes que finalmente mueren.

Yo veo un lado muy dramático de la pandemia y no olvido el sentimental: desde que un enfermo entra a cuidados intensivos, pierde todo  contacto con su familia. Los pacientes que fallecen son llevados directamente al crematorio, sin dar a las familias la oportunidad de despedirse, sin poder acompañar al ser querido al lugar donde reposarán sus restos. Todo ellos agrega dolor al drama.

En un conteo reciente hay casi mil nuevas muertes y más y más contagios entre el personal sanitario. Aquí, doctores y enfermeros siguen doblando turnos. Llegaron médicos cubanos, enfermeros de Albania, material médico desde Rusia. Estamos llegando a la mitad de esto y ya hay claras señales de que el capital humano sanitario, los profesionales de la salud, están por quebrarse; son muchos días trabajando tanto.

Italia les llama héroes: médicos, enfermeras y operadores sanitarios están dando todo por los infectados, por los miles de muertos, entre ellos una víctima de solo 16 años, que es la misma prueba que para el virus no hay excepciones.

Son tres semanas en casa sumergido en una necesaria rutina, aburrido la mitad del tiempo, de mal humor la otra mitad, pero pienso en mis tres hijos y en mi esposa, en mi suegra anciana, en mis cuñados y sobrinos, en todo ellos que desde hace varias generaciones han vivido en este país; pienso en los amigos que he conocido en un país que me adoptó. Quisiera verlos a todos cuando todo esto pase, también a mi familia y amigos en México.

Hoy estoy preocupado por lo que se vive en Italia y en general, en Europa, pero también veo con gran preocupación la superficialidad con la que tantos mexicanos se están tomando la emergencia. No comparto la información que contradice la gravedad de la pandemia, pero espero que cada quien saque sus propias conclusiones. La mía es simple, y decidí que por mi seguridad y la de mi familia, estaré encerrado el tiempo que sea necesario.

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