El yo colectivo. La poética desde el desierto de Dana Gelinas

Por Nadia Contreras

En la poesía de la monclovense Dana Gelinas el paisaje es seco, desolado. En el desierto, bajo ese sol iracundo que vuelca la vida a la penuria, a la dolencia, a la sed, surge el milagro de un lenguaje directo, preciso, con el que Gelinas configurará el escenario ideal para el verso. Este paisaje se verá reflejado en la terminología que encontraremos a lo largo de su obra, tal como lo hace notar Luis David Palacios, en su texto “Hábitat”, publicado en Circulo de Poesía. No obstante, esta característica, que además, se aleja de la poesía solemne, ornamental, colmada de reflexiones existenciales y metáforas del siglo XIX y XX, se combina con otro elemento que la poeta trabaja perfectamente: el “yo personal” transformado en un “yo colectivo”. La poesía de Gelinas, es en primer momento, personal, íntima, para posteriormente, desplegarse hacia el otro, los otros, valiéndose de una segunda o tercera voz gramatical y de diversos tonos; su invitación es que miremos desde diversos ángulos, el “hecho narrado”. Estamos ante una poesía, que en un escenario “infértil” como lo es el desierto, encuentra vitalidad; su voz personal, se multiplica en voces infinitas que manifiestan y reclaman ante la injusticia, las muertes, los dolores acumulados, no solo de la época actual y no exclusivas del norte del país, de México, sino de otros tantos. De ahí, que hablemos de una poeta actual y universal. Hecho, por supuesto, que la llevó a obtener, con su libro Boxers, el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes, 2006.

Dana Gelinas apuesta por los sentimientos; su cercanía con la poesía de Jaime Sabines es grande. La emoción, los sentimientos, ese volcarse y desgarrarse, sin embargo, no dejan de lado la rigurosidad del verso. El verso preciso, exacto, como el que encontramos en Octavio Paz; el verso punzante de Rosario Castellanos, Enriqueta Ochoa, Sara Uribe; el verso descarnado de Pita Amor, Amparo Dávila, Esther M. García. El verso a partir del dolor, así lo enmarca la poeta, así lo concibe. Leamos: “Volví al hogar, / a la ciudad que funde los rieles de los trenes, / y perdí el apetito. // Yo, este Yo que devoraba rib-eyes por costumbre, / mi Yo con apetito de beber coca-colas, / y cien diferentes tipos de ensaladas […] En mi casa vacía, / -un terrón de azúcar y una pisca de sal disueltos en agua de la llave-, / hidrataron un mínimo mi sangre / durante los tres días que tardé en recuperar mi automóvil” (Altos hornos, 2006): La terminología sobre el desierto es definitoria: azul óxido, púrpura violento, ondas expansivas, creación de acero, vagones abandonados, sudor ácido, moléculas de azufre, canícula rigurosa, mineros, infierno, fundición, corrientes subterráneas, carbón, vapor asfixiante.

El dolor tuvo que incubar, echar raíz y quebrar justo por el medio. El dolor, reconfigurado en la escritura nombrará las cosas del mundo con cada una de sus letras. El referente inmediato del “yo”, es el de Walt Whitman (no olvidemos el “yo” de un poeta muy cercano a nosotros: León Felipe), que aturde si no se lee con cuidado. Abrir el grueso de la obra de Whitman, es entender la relación de ese “yo” a partir de la relación que el poeta establece con el alma y la naturaleza. En la poesía de Dana Gelinas, el “yo personal” se transforma en un “yo colectivo”. Es mecanismo de introspección, de diálogo consigo misma, con la naturaleza, con la historia, como lo será para Walt Whitman (el autor de Canto a mí mismo y Hojas de hierba, no olvidará, además el diálogo con Dios y el mundo). A partir del yo, como ocurre con Gelinas, el mundo es absorbido por la poeta y se convierte en portavoz de éste.

Revisemos el tránsito entre los “yo” a partir de dos poemas: el primero, tomado de Altos hornos; el segundo, de Los trajes nuevos del emperador (2011): “El primer día, en los minutos próximos a las seis de la tarde, / mis pupilas se subordinaron al horizonte. // Del azul óxido / al púrpura violento. // Mis ojos volvieron a perderse en la gimnasia compleja / de las ondas expansivas / que golpean la retina y el cerebro / para ser testigos mudos de la creación del acero. // Todo esto es real, estallé, / ¿cómo demonios me piden / que escriba sobre cosas que no existen? (Yo-personal); “Augusto, el nene Pinochet, sólo podía llamarse Augusto. // No obstante, ¿qué es incluso el apelativo César / sin la armada de un pequeño país? / Y qué es un pobre país, / su presidente y su moneda, / y qué son las urnas / de una democracia / sino cenizas, / sin las insignias de un gran ejército” (las preguntas exponen la presencia de un yo-colectivo).

El poema correspondiente a su libro Altos hornos, es potente. La memoria lo reproduce y escuchamos sus ecos: “El primer día, en los minutos próximos a las seis de la tarde, / mis pupilas se subordinaron al horizonte. // Del azul óxido / al púrpura violento”. El efecto de la sinestesia se cumple cabalmente, primero, al recrear el escenario, ese horizonte de púrpura violento donde se hace el acero, la ola expansiva de calor, el ruido atronador; luego, sobre la piel expuesta, la quemadura. El final del poema es una bofetada si creemos en un mundo pintado de rosa solo porque no nos corresponde, en este instante, la tragedia. Y ¿de qué más se puede hablar en México? ¿De qué más en América Latina? El bienestar, el gozo, la felicidad parecen un exceso.

Otro momento importante en la poesía de Dana Gelinas es el aspecto testimonial que guardan algunos de sus libros. Mantiene una relación directa con la historia de la humanidad, pero se deshace de elementos duros. En esa ambigüedad (sin cifras, sin años, sin lugares determinados), los hechos cobran relevancia y se vuelven actuales. Lo lejano, lo que correspondió a otras generaciones, se vivifica. El universo se gestó y la sed (el desierto, una vez más), aprisionó un fragmento de mar. La historia se retoma en este poema titulado “La poza de La Becerra”: “En medio del desierto salobre / bajo el peso del sol, / hace millones de años / fue atrapado un fragmento de mar, / y formas de vida que no existen en Groenlandia / ni en Tíbet. / La taxonomía tradicional se resquebrajó / como los maderos de las arcas antiquísimas / al ser libradas del musgo lodoso del lecho de los ríos. / Nuestros cíclidos sobreviven a las eras”. Pero la historia se dobla, se descarrila, por ello, la poesía se torna denuncia social. El poema “Los niños de Hamelin”, es ejemplo singular de lo antes dicho: “Es, llanamente, un problema de números. / Los trasplantes exitosos, / los órganos que padecen necrosis después del injerto, / los órganos descartados por virus y antivirus / exceden las cifras de donantes muertos / en accidentes de tránsito / y, es claro, al raro universo / de los donadores saludables. // Cada hora que pasa desaparece un niño / para siempre / en Latinoamérica. / Sin embargo, no hay alcalde que ofrezca / un rescate por los niños de Hamelin. / No hay alcalde que escuche / a las madres de Hamelin. / Llenarían, entre todas, / la plaza mayor de esta república. / Los alcaldes las evitan, / esconden al responsable / del equipo de médicos cirujanos / de cierta unidad de trasplantes”.

La habilidad de la poeta reside en amalgamar la leyenda documentada por los Hermanos Grimm, titulada “El flautista de Hamelín” (originalmente “El cazador de ratas de Hamelín”), con la historia acaecida en la ciudad del mismo nombre, Alemania, ocurrida el 26 de junio de 1284 y nuestra historia, donde el flautista (que en el pasado se le llamó “El coco” o “El señor del costal”), se torna sombra de miedo. A partir de esta metáfora saltan las preguntas: ¿qué ha pasado con los niños? Cada hora desaparecen en Latinoamérica, cada hora, mientras también cada hora, se duplica la cantidad de donantes. El flautista mágico no es quien se llevó a los niños (preguntemos ¿hay niños en los parques? ¿en las plazas? ¿jugando, riendo, inventando historias? ¿se los han llevado? ¿quién? ¿la tecnología, en su uso adverso, también toma el lugar del verdugo?). En el poema la denuncia es clara y el nombre de la corrupción: “No hay alcalde que escuche / a las madres de Hamelin. / Llenarían, entre todas, / la plaza mayor de esta república. / Los alcaldes las evitan, / esconden al responsable / del equipo de médicos cirujanos / de cierta unidad de trasplantes”. Junto con la desaparición de los niños, también debemos referirnos a la desaparición de las mujeres, la violencia, los crímenes; efectivamente, son los alcaldes, los gobernantes, quienes desde su responsabilidad política deben rendir cuentas a la sociedad, tal como la sociedad misma.

La poesía es una forma de denuncia social. Dana Gelinas corresponde a ésta de una manera punzante, irónica. Con esta tajadura están escritos dos de sus libros: Los trajes del emperador y Boxers (2006). En tercera persona, esa distancia relativa, nos toma de la nuca y nos coloca de frente al espectáculo televisivo; el espectáculo frente a los espejos o detrás de los escaparates. Un espectáculo cómico, para unos; para otros, hiriente, absurdo, y de fatales consecuencias. El poema “Donald Boy”, es ejemplo de lo aquí expuesto: “Ciertos genios me dan envidia: / Trump, más que nadie, / el arcángel Trump frente al espejo. // No es fácil entrecerrar los ojos / (peinarse antes con gel) / y hacer un puchero con el labio superior / para decir, como un niño mimado: / “You are fired”. // Cada vez que escucho a Donald decir “You are fired”, / son las mismas veces en que me siento incapaz de escribir / un solo verso / y entonces me siento absurdamente sola / frente a un niño-de-negocios de dos años / que menea la cabeza, / censurando esto o aquello que escribo”.

Podemos suponer, que para Gelinas, la vida de las sociedades es una sucesión de espectáculos, una representación, en donde la saturación de imágenes, ruidos, efectos, artilugios, nos alejan cada vez más de la realidad. No obstante, vivir bajo los reflectores del espectáculo no es cosa sencilla porque el escenario ha sido bien plantado. En el otro extremo, este mismo espectáculo, normaliza la violencia. Gelinas, lo hace evidente desde el primer momento. Irónicamente dice: “Ciertos genios me dan envidia: / Trump, más que nadie, / el arcángel Trump frente al espejo”. No obstante, al final del poema, revela la farsa, el engaño. Un engaño, que ahora sabemos, lleva las riendas de un país: “Cada vez que escucho a Donald decir “You are fired”, / son las mismas veces en que me siento incapaz de escribir / un solo verso / y entonces me siento absurdamente sola / frente a un niño-de-negocios de dos años / que menea la cabeza, / censurando esto o aquello que escribo”. Lo que queda es emanciparse; será nuestra próxima misión histórica para volver a la verdad.

La poesía de Dana Gelinas es una veta infinita para el estudio. Para trabajos posteriores queda pendiente un acercamiento lingüístico y fonético, así como la revisión más extensa a cada uno de sus libros. Su mirada, sobresale en la poesía mexicana; una mirada que enfrenta los temas del desierto, la ciudad metalúrgica, el pasado y el presente en un mismo espacio, como afirma Gloria Vergara en el libro Historia crítica de la poesía mexicana, Tomo II (2015), con la finalidad de incomodar, abrir más la herida de las adversidades. Finalmente, éstas no han cambiado. En el pasado, las adversidades se cometían con la fuerza bruta; hoy, se disfrazan.

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