“Enola Gay”: la disyuntiva del amor y el olvido

El lunes 6 de agosto de 1945, a las ocho y cuarto de la mañana, Hiroshima tenía 255 mil habitantes. Ese mismo día, entre 50 mil y 70 mil personas murieron como consecuencia de la explosión de la bomba atómica Little Boy. Durante las semanas y meses siguientes fallecieron varias decenas de miles más. Los oficiales al mando del avión Enola Gay estaban convencidos de que “hicieron del mundo un sitio más seguro”.

En Hiroshima, mon amour, el libro de Marguerite Duras, un intercambio de dos líneas entre los protagonistas, resume ese sentimiento desgarrador y desolado:

– ¿Qué era para ti Hiroshima?          

– El final de la guerra. El inicio de un miedo desconocido.

Ese “inicio de un miedo desconocido” es lo que recoge Luis Armenta Malpica en los versos de Enola Gay (Vaso Roto Ediciones, 2019), repaso personal en tres amplios apartados: “Liber inferni”, “Liber purgatorii” y “Liber paradisi”, estructura que nos remite a la Divina Comedia de Dante.

En el tenor de los alcances de la poesía que se funde en la prosa y la prosa transformándose en poesía —como propone Clayton Eshleman en Mecha de enebros—, de autores como John Ashbery, Inger Christensen, Anne Carson, James Merrill o Paul Celan, Armenta Malpica nos presenta su obra más personal y consigue su más alta expresión, convirtiéndolo en un autor imprescindible en la poesía mexicana.

Armenta Malpica parte de la pregunta: “¿Se puede hacer un mundo mejor a partir del estallido de una bomba de hidrógeno?”; así desarrolla su Enola Gay en dos líneas paralelas: la destrucción y el amor.

Sin embargo, tengo un miedo

terrible de amar a ese soldado

en cuya cara brillan los átomos que cargo

en mis costillas. Qué espesura tan púbica

lo esconde, y cuánta inmediatez me lleva a no

decir su nombre a la manera

de antes…

[Viento divino sobre Hiroshima (Secreto de Estado)]

Al igual que un caleidoscopio que permite descomponer la luz para crear infinitas combinaciones, Enola gay abarca de la destrucción de Hiroshima al ánimo de los tripulantes que la ejecutaron en el bombardero B-29, de la pensada y simbólica insurrección de Yukio Mishima al “estoy agotado” que perpetró con el seppuku, concluyendo con la caída del Muro de Berlín acompañado de los acordes de Pink Floyd:

No existo más sino en estas palabras que se curvan

y que relampaguean en un réquiem de guerra.

Toda esta confesión (confusión o plegaria) para dar con mi sangre.

Para decir amor, hoy me celebro y canto

Desde una soledad que me mostraste

al filo de una aguja con la que ahora me guías.

Una aguja que pinchará

el poema para hacerlo nevar…

[Corte final (La versión de Berlín)]

Armenta Malpica propone una compleja escritura desde el otro: es el soldado y el habitante de una ciudad cegada por la luz expansiva, es el oficial en mando y es Mishima, es Hirohito y quien escucha por primera vez en la radio su voz, es la venganza y el olvido, es el sueño pero también Kurosawa creando el sueño, es la visión de Oriente y de Occidente, es el ascenso y la caída. Porque, como versa: “Yo tengo una ventaja:/ el amor/ y / el olvido/ surcan las mismas aguas”.

 

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