“La literatura con nombre propio empieza con una mujer”: Irene Vallejo

Como dice la escritora española Irene Vallejo, en diferentes épocas el ser humano ha ensayado libros de humo, de piedra, de tierra, de hojas, de juncos, de seda, de piel, de harapos, de árboles y, más recientemente, de luz, casi siempre con el propósito de arrancar el conocimiento, la belleza, los sentimientos y el asombro ante el mundo y nuestros semejantes de las garras del olvido.

Esa épica del conocimiento, de la transmisión del saber, la gran aventura para salvar nuestras mejores historias y hacerlas perdurar a lo largo del tiempo y todo el recorrido por las diferentes formas que ha adquirido el libro desde que fue concebido, es lo que Vallejo ha plasmado en su libro El infinito en un junco (Siruela, 2020) con un éxito de lectores arrollador, alcanzando en apenas un año su vigésimo sexta edición.

Para la autora española, el libro ha superado la prueba del tiempo y ha demostrado ser un corredor de fondo. “Cada vez que hemos despertado del sueño de nuestras revoluciones o de la pesadilla de nuestras catástrofes humanas, el libro seguía ahí”.

Es por esa razón, agrega, que Umberto Eco situó al libro en la categoría de inventos como la cuchara, el martillo, la rueda o las tijeras, pues “una vez inventados, no se puede hacer nada mejor”.

Nacida en Zaragoza en 1979, filóloga de formación y autora de obras como las novelas La luz sepultada (2011) y El silbido del arquero (2015), y de las antologías de artículos periodísticos Alguien habló de nosotros (2017) y El futuro recordado (2020), Vallejo expone en entrevista con Laberinto algunas de las claves de El infinito en un junco, cuya columna vertebral es mostrar esa épica cultural oculta, paralela a la épica de la guerra, del poder, del conflicto y del dinero, que refleja la historia del libro y que se ha contado muy por debajo de esos otros relatos, conjugando el amor al conocimiento como uno de los principales resortes de nuestras vidas, porque el conocimiento, como dice Vallejo, es algo maravilloso, emancipador, y tiene una larga historia milenaria de aventuras, riesgos y búsquedas que encierran una de las grandes historias de la humanidad.

—Esta obra, al igual que hicieran los bibliotecarios de Alejandría, es una historia sobre los esfuerzos por preservar esa maravillosa creación técnica, espiritual y sobre todo cultural llamada libro.

Sí. Tengo la impresión de que la historia de la literatura generalmente se ha enfocado desde el punto de vista de los creadores, quienes cobran todo el protagonismo y, sin embargo, han eclipsado la historia de la transmisión, que es importantísima. Porque todas esas obras literarias no habrían llegado hasta nosotros sin esa cadena de personas que hicieron esfuerzos, mejoras técnicas, hallazgos, que fundaron bibliotecas, viajaron con los libros, los escondieron cuando eran perseguidos por la censura o los fanatismos, personas en su mayoría anónimas que han hecho posible la comunicación entre los siglos y las generaciones. Así que de alguna forma quería enfocar e iluminar esa tarea silenciosa sin la cual las grandes obras, los clásicos que hoy todavía seguimos leyendo, no habrían llegado hasta nosotros.

—Usted señala que la invención del libro ha sido tal vez el mayor triunfo en nuestra lucha contra la destrucción. ¿Qué implican ese triunfo y esa lucha? 

Yo reflexiono sobre nuestra condición humana, pues somos la única especie que guarda memoria del pasado; los animales no saben cómo era el mundo antes que ellos nacieran; no saben las peripecias, cuáles fueron sus hábitats originales, cómo fueron trasladados, cómo se reprodujeron, cómo se aclimataron a nuevos continentes; no saben nada de eso, sólo saben lo que ha sucedido en el espacio de sus vidas. En cambio, los seres humanos sí estamos en contacto con nuestro pasado, con generaciones previas; somos capaces de hablar con los muertos, que dicho así suena un poco fantasmagórico, pero es el milagro que nos permiten los libros: escuchamos voces directamente desde el pasado con sus propias palabras. El olvido lo engulle todo: lo que hemos creado, sentido, pensado, descubierto, nuestros hallazgos y todos los rastros de nuestra vida si no luchamos contra él, si no le ponemos un dique. Y el dique contra el olvido ha sido primero el lenguaje, después la escritura y finalmente los libros, que se han proyectado a las actuales revoluciones tecnológicas. Creo que todos esos avances nos han permitido desafiar con algo tan aparentemente frágil como son las palabras, la soberanía absoluta de la destrucción, que gana la partida salvo que hagamos un gran esfuerzo para frenarla.

El infinito en un junco aborda esa historia de los avances hacia la simplificación de la lectura, los cuales, según apunta usted, han sido lentos, indecisos y graduales. Sin embargo, tengo entendido que tuvo que reducir la idea original que tenía de contar esa historia y en este libro solo se centra en el mundo griego y romano. ¿Por qué?

Es lo que pasa cuando uno investiga en una cuestión de tan largo alcance como esta. Yo me di cuenta de que todo tenía derivaciones en otros asuntos y cuestiones. Y vi que estaba escribiendo un libro interminable. Así que mi editor, con buen criterio, me propuso centrarme todo lo posible en la antigüedad grecolatina y en los orígenes, en las culturas antiguas, de la escritura, el tránsito de la oralidad al libro, y cómo se pusieron los cimientos de todas estas revoluciones progresivas y cómo se fueron mejorando los formatos en esos primeros balbuceos. Y a través de saltos y conexiones entre el presente y el pasado, pude extender el alcance de esos primeros momentos y decisiones. Por otra parte, me centré en la cultura europea y sus conexiones con el mundo oriental antiguo, con las primeras civilizaciones, Egipto o Mesopotamia, y dejé fuera toda la enorme aportación oriental (China, Japón, la India), y al moverme en la época antigua también quedó fuera América y los territorios que en aquel momento no formaban parte de la visión del mundo que tenían los griegos y los romanos. En ese sentido, creo que la función de los ensayos es sobre todo fomentar el interés sobre una cuestión, y quizá el esfuerzo porque ahora miremos los libros de otra manera después de haber leído El infinito en un junco, porque tenemos los libros como objetos cotidianos, rutinarios, y no pensamos la fascinante aventura que hay detrás de estos inventos; no los miramos como tecnologías, como destinatarios de tantas pasiones, esfuerzos, búsquedas, expediciones, viajes y creaciones, y la intención de este ensayo es precisamente que la visión de ese objeto cambie y contemplemos todo el trayecto que han recorrido y lo asombroso que es en el fondo que esos objetos tan frágiles y cotidianos hayan podido protagonizar una historia de supervivencia milenaria como la que tienen a los lomos.

—En esa larga historia, que es un apasionado compendio de anécdotas e hitos, ¿cuál es el hecho que más le ha impactado de todo este universo que ha sacado a flote?

Es cierto que el libro está concebido casi como una serie de cuentos, que salta de una historia a la otra con un interés muy claro por darle rostro humano al relato que estoy contando y todas las aventuras y peripecias que hay detrás del invento. Tengo la sensación de que quizá una de las mayores aportaciones de El infinito en un junco, que en otros aspectos es un compendio o una síntesis de conocimientos, es incorporar a las mujeres. El papel que las mujeres han tenido en toda esta historia, el cual es difícil de rastrear porque quedan muchas menos huellas de su paso o son más borrosas. Para mí, el descubrimiento de que el primer texto firmado con nombre propio de la historia lo escribió mil quinientos años antes de Homero una mujer, Enheduanna (hija del rey Sargón I de Aacad), quien toma la palabra y dice “yo” y firma un texto con su nombre, me pareció un hecho de incalculable importancia y me pareció asombroso que no se hablara apenas de este personaje, que sea casi un desconocido para la mayoría del público e incluso para mí misma que estudié una especialidad en literatura antigua y que atravesé esa formación sin que nadie me hubiera siquiera mencionado el hecho de que la literatura con nombre propio empieza con esta mujer, Enheduanna. Esto me pareció un hallazgo que había que modular y poner en el lugar de importancia y consideración que merecía. Y a través de eso empecé a replantearme la posición de las mujeres, porque normalmente se dice que en aquella época las mujeres tenían más dificultad para escribir, para acceder a la educación, y por eso no hubo mujeres o no se puede rescatar su legado. Pero el hecho es que las que hubo han caído en el olvido y a día de hoy siguen estando arrinconadas. Así que acometí el intento de reivindicar el papel de las mujeres y buscar al menos los nombres, las huellas, las menciones, aunque fuesen tangenciales, de esas mujeres, y allí donde había una referencia intenté recogerla e incorporarla. Al final terminé descubriendo que eran muchas más de las que había pensado, aunque muchas menos que sus colegas varones. Y ellas, las que fueron capaces de desafiar las prohibiciones, las dificultades y la censura, esas mujeres son reivindicadas y reconocidas en este ensayo, de Enheduanna y Safo a Aspasia, las mujeres filósofas de la Antigüedad, Sulpicia o Hipatia, entre otras, para que no vuelvan a caer en el olvido, pues para ellas conseguir dejar huella de su labor y pensamiento fue mucho más difícil.

—Usted menciona, además de la historia de la gran Biblioteca de Alejandría, a un grupo de bibliotecarias estadunidenses que llevaban libros y bibliotecas ambulantes por distintos territorios permitiendo que la gente estuviese cerca de los libros. ¿Cree que en la actualidad las bibliotecas se han convertido en mausoleos del libro y necesitan mayor apoyo e impulso?

Tengo una gran experiencia de visitar bibliotecas en el mundo rural, bibliotecas de barrio, y mi impresión es que están haciendo un gran trabajo, que se convierten en núcleos culturales allá donde no hay muchos estímulos para practicar la palabra y entrar en contacto con el arte, y creo que tienen un impacto enorme en la comunidad y ofrecen posibilidades de conocimiento, superación y descubrimiento enormes. Lamento que muchas veces las bibliotecas no tengan suficiente respaldo institucional y presupuesto para desarrollar esas actividades, porque los bibliotecarios suelen ser personas muy comprometidas y están intentando renovar su oficio y convertirlo en algo más que ser centinelas de los libros. He visto cómo las bibliotecas se han convertido en algo más que lugares de préstamo de libros o lugares donde estudiar, y celebran clubes de lectura, actividades de cuentacuentos para niños y bebés, donde organizan talleres, premios literarios y acuden ilustradores, y son lugares de acogida en un sentido muy amplio, pues la gente que no tiene equipos informáticos pueden ir a las bibliotecas a consultar y trabajar, hay audiovisuales, música, y se han convertido en lugares de encuentro de gente muy diversa. En este sentido, creo que las bibliotecas están evolucionando muy bien hacia convertirse en lugares dinámicos donde suceden acontecimientos y muchas personas pueden ser ayudadas. Pero para cumplir esas funciones necesitan tener recursos humanos y materiales. Y hay que reivindicar todo esto en un momento en el que hay recortes a la cultura como si fuera algo superfluo. Porque las bibliotecas son lugares de igualación y compensan carencias; son lugares profundamente democráticos.

—En su libro hace una serie de observaciones sobre el fenómeno literario y expone asuntos como el de los clásicos o el canon, y en un momento determinado aborda el tema de la tradición, la norma y la originalidad. ¿Cuál es su perspectiva al respecto?

Es muy interesante. Es un debate que desde una perspectiva histórica gana en profundidad. Creo que el acto creativo siempre tiene algo de memoria y deuda con el pasado, y en ese sentido los griegos consideraban que Mnemósine, la diosa de la memoria, era la madre de las Musas, y siempre había que leer, que conocer, que haberse iniciado con las palabras de otros escritores antes de encontrar tu propio lenguaje. En definitiva, somos deudores de todo lo que nos ha precedido, de los libros leídos, del impacto estético que nos han producido los antepasados. En sus formulaciones más radicales se puede decir que no hay nada absolutamente nuevo bajo el sol y que muchas veces lo que no se reconoce como tradición es muchas veces olvido. En realidad, uno vuelve a planteamientos, temas e imaginarios que vienen de la literatura anterior o incluso de la época de la oralidad. Eso forma parte de la creación, pero también lo que cada escritor o cada artista ofrece como propio y diferente, la forma en la que lo contempla, el punto de vista, el léxico, la gramática, las adaptaciones que hace a su propia época y sensibilidad. Creo que los dos ingredientes están presentes, lo que ocurre es que en ciertas épocas, como sucedía en la Antigüedad, todo había que presentarlo como parte de una tradición y casi como emanación de las obras anteriores, ocultando lo que tenía de innovador. Nosotros ahora, desde el romanticismo, estamos en el otro extremo y ponemos el acento en lo innovador, diferente, rompedor, y ocultamos que constantemente estamos reinterpretando otras obras y períodos. Son posturas que van cambiando según las mentalidades, los gustos y la época. Pero no es posible crear de la nada ni puede haber una obra literaria que sea mera repetición u homenaje. En este ensayo, donde homenajeo toda la tradición y lo que ha significado para mí formar parte y ser consciente de que soy un eslabón de esa cadena de lectores entusiastas y enamoradas de los libros, en un libro que es homenaje a la tradición he intentado utilizar estructuras innovadoras dentro del género del ensayo, pues he tratado de que sea muy narrativo, con una voz muy peculiar que intenta ser cercana y cálida, con una estructura constante de viajes en el pasado y el presente. Por otro lado, me digo que esta forma de contar la historia como una sucesión de pequeños relatos y aventuras tiene mucho que ver con Heródoto y el mundo antiguo, donde consideraban que la historia era un género literario y se elaboraba con criterios de la creación y acogía relatos que eran fantasiosos o novelescos. Y he querido volver a los orígenes del ensayo, como Montaigne, quien intercala frases de los clásicos.

—Hay otro tema importante que toca en su ensayo: el del revisionismo y la censura. Usted afirma que tratándose de los libros lo importante es enfrentarse a ellos. ¿Qué le parece el actual momento de revisionismo del pasado y censura que vive el mundo?

Vivimos esa tendencia a edulcorar los relatos, algo que empezó con la literatura infantil alegando que los relatos tradicionales eran demasiado duros y que podían afectar a la sensibilidad de los niños. Luego eso ha saltado a los libros que se utilizan en la educación y ha llegado hasta la universidad. En este tema mi posición es que debemos aprender a leer con perspectiva crítica los textos tal y como fueron escritos. Tenemos que aprender que cuando leemos no tenemos por qué estar de acuerdo con todo ni mirarlo con admiración por el mero hecho de que un autor sea un clásico. Dicho esto, es muy importante que los leamos y aprovechemos el testimonio de barbarie que nos ofrecen, porque si la historia nos puede enseñar algo es precisamente cuando tenemos una imagen real y no falsificada de nuestro pasado. Incluso los acontecimientos más terribles nos pueden ayudar a conocerlos, porque de esa manera podemos anticipar o prevenir nuevos brotes de prejuicios o discriminaciones porque ya los conocemos, ya sabemos cómo funcionaron esas mentalidades en el pasado. La idea de que tenemos que preservar una especie de sociedad intacta donde a los niños y jóvenes no hay que ponerles en contacto con ninguna mala idea no sea que se les contagie, es absurda, porque el mundo es violento, hay peligros y la historia está llena de barbarie. Así que no podemos pretender que negando la barbarie va a desaparecer de nuestro escenario, y en cambio debemos ser capaces de reconocerla y reconocer las ideas peligrosas para oponerse a ellas. Todos los intentos de censura lo que provocan es que esos niños y jóvenes se refugien en los videojuegos, donde ahí sí la violencia no tiene restricción ni tiene ninguna relación con la realidad, porque es una violencia impune y sin consecuencias. La literatura es un lugar donde nos tenemos que enfrentar con los desafíos del mundo y de la historia. Y aprendemos gracias a eso. Si intentas que la literatura sólo hable de buenos sentimientos, si quieres borrar de la historia la existencia de los colonialismos, el racismo, el machismo y todas las tragedias y genocidios, entonces estás pixelando totalmente la imagen y no puede haber conocimiento que nazca de las imágenes falseadas y maquilladas.

—Me parece que es George Steiner quien hacía la diferencia entre instrucción y educación. ¿Qué elementos considera que hacen falta para una buena pedagogía de la lectura?, ¿por qué parece que los jóvenes se alejan de los libros?

Hay un pesimismo general en todo lo que se refiere a la lectura. Muchas veces cuando se afirma que cada vez se lee menos, yo pregunto: ¿menos que cuándo?. A lo largo de la historia leía muy poca gente, aunque sólo fuera porque el acceso a la educación, a la alfabetización y a los libros era muy reducida. La generalización de la lectura es un fenómeno muy reciente, de finales del siglo XX en términos globales, y tampoco hemos tenido tiempo de hacer una comparativa y anunciar constantemente este hundimiento y apocalipsis de los libros. Por otro lado, en distintos momentos de la historia la gente ha pronosticado que los libros se acaban, y que estos seres con mala salud de hierro se están muriendo, pero quizá por eso resucitan mejor que nadie. Así que lo pongo en cuestión: ¿cuándo hemos leído mejor que ahora, cuando tenemos más alternativas para el ocio y hay más gente que nunca capaz de leer? Me llama la atención que lleva tantos años diciendo que se acaba el mundo de los libros, que están obsoletos, que pertenecen a otra época y son un anacronismo, y sin embargo, cuando llega de verdad una catástrofe como la pandemia, han aumentado los índices de lectura. Por otro lado, es cierto que el ritmo que vivimos en la sociedad y las pantallas, los móviles, etcétera, de alguna manera conspiran contra la tranquilidad, la serenidad, el ritmo lento y la concentración que necesitan y cultivan los libros. En ese sentido, hay que ser conscientes de lo importantes que son los libros para equilibrar o compensar esas tendencias. Hoy existe un problema con los niños y los jóvenes en cuanto a su capacidad para concentrarse durante mucho tiempo en lo mismo, y la lectura nos adiestra para eso, nos enseña a vivir de una manera más libre nuestra soledad, nos ayuda a reflexionar y frenar un poco este ritmo vertiginoso y a concentrarnos en un discurso sin las distracciones de las imágenes, de los anuncios, de las notificaciones y esa especie de constante invitación de saltar de una cosa a otra. En cuanto a la pedagogía de la lectura, como lectora precoz que he sido, creo que tiene mucha importancia el respetar la libertad e insistir en el placer de la lectura. Los beneficios prácticos de la lectura, que son muchos, sólo se producen si llegamos a la lectura desde el placer. El reflexionar, el ponernos en la piel de los personajes y desarrollar la empatía, aprender nuevas palabras, todo eso sucede si estamos abiertos al libro con deseos de seguir adelante y no lo estamos haciendo como una imposición. Hay que estar dispuesto a dejarse deslumbrar por los libros. Si se hace por cumplir un trámite, eso ya no sucede. Por eso me parece importante dejar elegir a los niños los libros que leen, que se les den opciones distintas. Y compartir con ellos las emociones que acompañan una lectura. Es como decirle a los niños que su mundo interior nos importa, que queremos formar parte de él y acercarnos a sus sensaciones, reírnos con ellos, conversar y jugar en torno a los libros. Pero también hay que ser conscientes de que no todos los niños quieren leer y hay que respetarlos y buscar en otras formas muy valiosas de emplear el tiempo, como la música o el deporte. La lectura nos gusta a cierto tipo de personas y no deberíamos imponerlos ni sentirnos superiores a los que no leen, porque eso crea rechazo. Y lo bueno de los libros es que en todas las edades se puede uno convertir en lector, porque los libros siempre están y estarán ahí esperando.

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