Los mil naufragios de Paul Celan

Es posible que Paul Pésaj Antschel, más tarde convertido en Paul Celan, “el Hölderlin de nuestro tiempo”, como lo bautizó la poeta alemana y Premio Nobel de Literatura Nelly Sachs, haya nacido en el lugar y tiempo equivocados, como dice el profesor y crítico literario John Felstiner. En su poesía resplandece, vivo y poderoso, el mundo de un hombre que intentó escribir poemas para orientarse, para averiguar dónde se encontraba y adónde ir, para proyectarse una realidad.

La biografía de Celan, cuyo centenario de natalicio se cumple el 23 de noviembre, refleja una vida cargada de desgracias a las que su poesía no fue inmune. En los 800 poemas que publicó hasta el momento en que decidió saltar a la muerte a los 49 años, más los 476 que dejó sin publicar, están condensados, como indica el poeta, crítico literario, editor, ensayista y traductor Carlos Ortega, su vida y su pensamiento, “el cual integra un buen manojo de tradiciones literarias y de datos, no sólo personales, sino teológicos, filosóficos, científicos e históricos, junto con un afán manifiesto de dirigirse a un interlocutor, de encontrarse con un tú, que puede ser él mismo, su madre, su mujer, sus hijos, o bien una simple piedra o la letra bet del alfabeto hebreo y otro sinfín de cosas, sólo presentes porque el poeta las identifica en su obra con ese tú”.

Porque esa es, destaca Ortega, la palabra que más repite el poeta: tú, casi 1400 veces a lo largo de 30 años de escritura, toda una poética cuya lectura exige conocer determinados hechos y lugares de su biografía.

En el prólogo a sus Obras completas —reeditadas el verano pasado por la editorial Trotta tras siete ediciones y una reimpresión—, Ortega recuerda que Paul Celan fue parco en proporcionar noticias de su juventud y fue mudo respecto de su infancia. Nacido en Czernowitz, la capital de la Bucovina, una región al borde de los Cárpatos constituida en un gozne entre el Oriente y el Occidente europeos, tanto su padre, Leo Antschel-Teitler, un ingeniero a quien la crisis posterior a la Primera Guerra Mundial le obligó a ganarse el sustento como vendedor de leña, como su madre, Friederike Schrager, una apasionada lectora cuya afición inculcó a su hijo, procedían de familias judías. Alumno aventajado en las materias lingüísticas y literarias, durante la década de 1930, años de formación, Celan se impregnó de las obras de Goethe, Schiller, Heine, Trakl, Rilke, Hölderlin, Nietzsche, Verlaine, Rimbaud, Hofmannsthal y Kafka. Más tarde ayudaría a recaudar fondos para los combatientes republicanos españoles debido a su afinidad con los movimientos anarquistas y socialistas, que no perdió nunca, y con el ascenso del nazismo se vio empujado a un gueto judío rumano entre 1941-42. En un gueto semejante, su padre moriría de tifus y su madre de un tiro en la nuca a manos de un agente de las SS, hechos que lo marcarían personal y literariamente de forma definitiva.

Quienes llegaron a conocerle, recordaban que si había algo que llamaba la atención de su personalidad era la dulzura de su trato, su delicada cortesía, pero también su tristeza. Jean-Dominique Rey menciona su “porte lento, ligeramente oscilante”, su encanto y amabilidad y su sonrisa, ligeramente retraída, que marcaba una especie de distancia infranqueable entre él y el mundo, pues no dejaba ver de ella más que el velo con que la cubría, una sonrisa que, como señaló Henri Michaux tras conocerle, era la de un hombre “que había padecido mil naufragios”.

Ortega dice que un motivo recurrente en sus primeros poemas es la tragedia de los judíos, pero, sobre todo, la tragedia de sus padres y, en buena medida, la suya propia como superviviente, y que en esas obras concentra “todo su hacer poético, el pulimento de una piedra dura, de un pedernal para el último brillo humano: el frío de la nieve arropando unos cuerpos despojados de todo”.

En 1944, mientras trabajaba como ayudante en una clínica psiquiátrica en Czernowitz, Celan reunió 93 poemas en un mecanoscrito y entregó otra colección escrita a mano a su amiga Ruth Lackner para que se la hiciera llegar al poeta Alfred Margul-Sperber, quien residía en Bucarest. Fue durante aquellos meses que escribió la primera versión de su célebre Fuga de la muerte, tal vez el poema al que la crítica ha dedicado más atención, y cuyas metáforas, compuestas contra la inhumanidad, remiten a la matanza de Auschwitz.

Antes de finalizar la década de 1940, en Bucarest, Celan escribe la mayoría de los poemas que componen La arena de las urnas, una obra cuya línea retomaría en Amapola y memoria, “con el sentimiento de que estaba escribiendo cada vez mi último poema”, según le confesó a un editor en 1946.

Fue en esos años cuando cambió de nombre, un hecho que recordaba en un poema donde escribe: “Una tarde que el sol, y no sólo él, había tenido su ocaso, se fue, salió de su casita, y se fue el judío, el judío e hijo de judío, y con él se fue su nombre, el impronunciable, se fue y se vino, se vino tranquilamente, se hizo oír, se vino con bastón, se vino salvando la piedra, ¿me oyes?, tú me oyes, soy yo, yo, yo y él, el que tú oyes, el que crees oír, yo y el otro”.

Ya en los primeros años cincuenta, la viuda del poeta Yvan Goll (pseudónimo de Isaac Lang) le acusó de plagio, un hecho que Ortega califica de grotesco, pues Celan siempre había defendido que “sólo las manos verdaderas escriben poemas verdaderos”. Pero lo peor, agrega Ortega, fue que Claire Goll se permitió calificar de leyenda el hecho de que los padres de Celan hubieran sido víctimas de los nazis, y el poeta vio en esa maniobra una maquinación del neonazismo alemán. No obstante, la comunidad literaria en Alemania rechazó casi unánimemente la denuncia y la Academia de Lengua y Literatura de Alemania, como si se tratara de un desagravio, le concedió el Premio Büchner de 1961, una especie de rehabilitación del poeta.

A finales de 1967, ya en París, su amigo rumano Petre Solomon le visitó encontrando a un hombre “profundamente alterado, prematuramente envejecido, taciturno y hosco”. Y aunque no estaba todo el tiempo deprimido, porque a veces tenía momentos de gran alegría salpicados por una risa nerviosa, estridente y quebrada, Celan seguía refugiándose en una zona oscura y profunda de su alma, recogiendo notas con las que llenó más de 300 cuartillas para a continuación escribir El meridiano en tres días, un texto capital en su obra en el que habla del proceso de creación poética como el misterio de un encuentro.

Quizá por esa forma de entender la poesía le contestó un día a un desconocido que le había pedido que le explicara un poema: “Basta con leer y releer, y el sentido aparecerá por sí solo”, pues siempre había insistido, recuerda Ortega, en que sus versos no podían estar sellados como por arte de magia, porque eso era como relevar a los lectores de su tarea y su responsabilidad de comprender.

En 1970, con ocasión de una visita que no realizó a Samuel Beckett en París, Celan dijo: “Es quizá el único hombre con quien yo podría entenderme aquí”.

Eso marca la tesitura de su estado de ánimo aquella mañana del lunes 20 de abril de 1970, cuando saltó desde el puente Mirabeau, bajo el cual discurre el Sena. Nadie lo vio, como precisa Ortega, y no fue sino hasta el 1 de mayo cuando un pescador descubrió su cuerpo diez kilómetros río abajo. “Sobre la mesa del poeta se encontró una biografía de Hölderlin abierta en un pasaje subrayado: A veces el genio se oscurece y se hunde en lo más amargo de su corazón”.

Como explica José Luis Reina Palazón, traductor de Obras completas de Celan —entre los que destaca el poemario La rosa de nadie y la prosa imprescindible de Microlitos, anotaciones sobre su vida, su modo de creación y su obra—, “la vigencia de su poesía —caracterizada por la creación de un lenguaje que recoge la tradición moderna del alemán (Hölderlin, Rilke, Geotge, Benn) y la francesa del surrealismo, más la influencia del gran poeta ruso Mandelstam— es total”, y en ella queda reflejado, de una forma sublime, “un destino trágico, consecuencia de una mezcla de desavenencias, debilidad física y crisis nerviosas, todo unido al recuerdo de sus pérdidas en la vida” que, en palabras del filólogo Manuel García Pérez, nos enfrenta al “amargo trago de resistir cada día en el mundo”.

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