Luis Argudín, un pirata en el desierto

En más de treinta años de conocerlo, no recuerdo haber visto a Luis Argudín cejar en su carrera. Tampoco flaquear, hasta en momentos difíciles como aquel accidente doméstico que lo obligó a atarse un pañuelo de pirata que ocultara su cicatriz en el cráneo. Para completar la valerosa estampa, sólo le faltaron el parche en el ojo y el tricornio con pluma de avestruz y gemas cosidas, accesorios que popularizaron los navegantes del siglo XVII y La isla del tesoro de R. L. Stevenson. Las botas rodilleras negras, creo que sí las usaba…

Argudín siempre demostró la pertinencia contemporánea de la gran tradición de la naturaleza muerta. Además del métier, le sobra destreza técnica en la “cocina” pictórica que preside al buen cuadro. Hacia los años 1990 se demoró en el género de las Vanitas, canónico desde el Barroco, y del que retomó el “microcosmos lleno de connotaciones simbólicas (a través) del espejo, del cráneo humano, del reloj de arena (y) la advertencia de que las cosas existen sólo porque la muerte es verdad universal y absoluta”.*

Aves disecadas, frondosos desnudos femeninos, extremidades desmembradas proyectaban sus sombras en telas rojinegras y cortinajes de fondo que enmarcaban la escena con suma teatralidad. Son consuetudinarios en la producción de Argudín el arsenal de objetos, el énfasis dramático, la preeminencia de la metáfora sobre la anécdota, la luz que producen las regias escalas cromáticas y que “se dispersa con impetuosidad de adentro hacia fuera”**, la especulación sobre la historia de la pintura y el acto mismo de pintar…

Provisto de erudita formación en el Hammersmith College of Art y el Hornsey College of Art de Londres, él mismo docente de ética y estética en la UNAM, ha seguido una irreprochable trayectoria. No alardea al asimilar a los maestros italianos del siglo XV, al barroco español, a vanguardistas como Braque, Saura y Tàpies. Ni cede a la propensión postmoderna al pastiche. Bien plantado en su tiempo, persigue con jubiloso rigor un saber vivencial y estético con el fin de “abrir la caja de Pandora del sentido secreto de las cosas”, como dice él, de modo a soltar los destellos subconscientes del proceso de creación. “La función esencial al arte, y también a la filosofía, es una labor de ascesis, de limpieza y de terapia frente al consumismo material y mental del paisaje actual”, sostiene Argudín***.

Expuso recientemente en Xalapa sus nuevas series: “Estratos” y “Topografías”. La primera, que mantiene la lógica figurativa, trata de la concatenación entre tierra y cielo. En la cultura prehispánica, la vida cotidiana transcurría bajo la temerosa intuición de un mundo subterráneo, el Mictlán; en la novohispana, en la aspiración a acceder a la dimensión superior que prometía el paraíso. Se imaginaba una eternidad de beatitud, más feliz y compensatoria, por impotencia en concebir la muerte como cesación de la existencia y destrucción general de las cosas —la antítesis del Seol del judaísmo, que es todo tinieblas—.

“Topografías” constituye el núcleo de la exposición visitable hasta el 24 de enero 2021 en el Seminario de Cultura Mexicana (Mazaryk 526, Polanco). Argudín culmina aquí la exploración que sostuvo en ciclos anteriores, pues confiere al marco una calidad protagónica en términos compositivos: por cuenta propia, los pliegues de la tela rayada establecen o grafican espacios (topos); se construye el cuadro como la trama y la urdimbre de los tapices y gobelinos antiguos.

En julio de 2019 Argudín viajó al desierto de San Luis Potosí, abajo de Real de Catorce, donde caminó y acampó durante 25 días. A tal grado lo marcó esta experiencia que lo incitó a transformar sus “Topografías” en el conjunto titulado «Wirikuta» (el nombre huichol de esa zona sagrada salpicada de peyotes), que lo ocupa hasta el día de hoy. Las líneas de las “Topografías” se tornan ahora rayos de luz, campos de fuerza, conexiones entre cielo y tierra; de las yucas surgen guardianes que vinieron de esferas desconocidas a poblar el territorio yermo.

En julio de 2019 Argudín viajó al desierto de San Luis Potosí, abajo de Real de Catorce, donde caminó y acampó durante 25 días. A tal grado lo marcó esta experiencia que lo incitó a transformar sus “Topografías” en el conjunto titulado «Wirikuta» (el nombre huichol de esa zona sagrada salpicada de peyotes), que lo ocupa hasta el día de hoy. Las líneas de las “Topografías” se tornan ahora rayos de luz, campos de fuerza, conexiones entre cielo y tierra; de las yucas surgen guardianes que vinieron de esferas desconocidas a poblar el territorio yermo.

En el intervalo, invité a Argudín a participar en una exposición-subasta sobre el tema de las manos como arquetipo universal, herramienta de trabajo tanto utilitario como creativo, y símbolo de unión, en apoyo a la Fundación Vicente Ferrara que crea escuelas de oficios para jóvenes de bajos recursos en Monterrey y Ciudad de México. ¡Y he allí que empezaron a aparecer las manos en “Wirikuta”! En el páramo del Norte lo habían intrigado algunas formaciones de rocas, muchas de ellas dispuestas en círculos con fines ceremoniales, y otras de las que sigue sin explicarse la función. Las manos, al igual que esas piedras, cobran en sus pinturas una presencia simpática y a la vez inquietante, fantasmagórica, que trasciende sin contradecirla la mera justificación de orden plástico. Dicho motivo espectral, como casi todos sus pares en la iconografía de Argudín, perpetúa los valores poéticos, pero no por ello menos arbitrarios y enigmáticos, de este gallardo veterano de la pintura.

* T. del Conde, “Luis Argudín: Vanitas”, México, La Jornada, 6 de abril de 1991.

**Raquel Tibol, “Ensayos pictóricos de Luis Argudín”, México, Proceso, núm. 773, 26 de agosto de 1991.

***  L. Argudín, “El arte como profesión”, Conferencia, México, Universidad Pedagógica Nacional, 8 de septiembre 2004 (archivo personal).

Print Friendly, PDF & Email
Sin Comentarios

Deje su Comentarios