Misoginia, pedofilia y adicciones de Marcial Maciel en “Ave negra”

La novela Ave negra, de Elena Sada (Monterrey, 1964), publicada por Madre Editorial, comienza con éxito su distribución en España, donde ha sido comentada en algunos de los principales periódicos, entre ellos El Faro de Vigo, decano de la prensa española.

En entrevista con la reportera Natalia Vaquero para El Faro de Vigo, la escritora mexicana recuerda su estancia de 18 años en la congregación Regnum Christi (RC), que lideraba Marcial Maciel, habla de su huida en 2001 y no duda en reconocer su papel como reclutadora de la orden ni en señalar los defectos y vicios de su fundador, entre otros la misoginia, la pedofilia y la adicción al poder, al dinero y a las drogas.

¿Cómo recuerda a Marcial Maciel, al que conoció durante su infancia cuando entró en la RC de la mano de su devota familia?, le pregunta la reportera. Elena responde sin tapujos: “Como me lo presentaron mis padres, como un supuesto santo. A través de otro sacerdote, llegó a mi casa y a la primera que captó fue a mi madre. Logró lavar el cerebro a mi padre y también a mis otros seis hermanos, aunque yo fui la única que me consagré. Mi padre falleció, a mi madre la he perdonado y mis hermanos ya están fuera de la orden”.

Elena Sada señala que se dio cuenta de que Maciel era un “ave negra” cuando el Vaticano hizo pública su sanción y lo jubilaron. “Maciel dijo que era una prueba de Dios. Después de salir de la orden tuve acceso a los periódicos que nos prohibían y fue cuando confirmé todas mis sospechas”. Sin apenas un respiro, continúa: “Cuando se me cayeron las vendas respecto a Maciel, busqué explicaciones y encontré varios escritos que explican su patología. Luego me enteré que habían puesto al cardenal Velasio de Paolis para reformar el grupo, pero no hizo nada. La madre de una víctima de Milán grabó a De Paolis justificando una extorsión y pidiendo a los miembros que mintieran a la policía. Cuando el ahora director general llamó trasgresión de límites a un abuso sexual cometido contra una niña de 12 años me di cuenta de todo”.

Al rememorar cómo convencía a las jóvenes para ingresar al RC, Sada dice: “Les presentaba la orden como yo la veía, una obra eficacísima de evangelización, con un fundador santo y total apoyo del papa”. Advierte que les ha pedido perdón a las mujeres que reclutó y que ninguna le ha reprochado nada, y explica cómo era el proceso de reclutamiento: “A todos los miembros, incluyendo a los no consagrados, una vez a la semana nos juntaban y teníamos que decir en voz alta si habíamos cumplido con la meta de captación que tenía cada uno. Maciel llamaba parásitos a quienes no conseguían atraer a nuevos miembros”. 

Elena confiesa que durante muchos años no se dio cuenta de lo que sucedía realmente dentro de la orden. Por ejemplo, afirma que nunca vio drogarse a Marcia Maciel; sin embargo supo que “fue hospitalizado con sobredosis de morfina en dos ocasiones. Una de ellas en Roma en los años 50”.

Asegura que nunca la invitó a alguna de sus orgías, “pero sí a otros compañeros y a seminaristas que callaron durante años porque había una relación de codependencia con el abusador. Te hacían creer que eras un elegido de Dios por estar con Maciel”. ¿Cómo les convencían de semejante aberración?, pregunta la periodista y la escritora responde: “Maciel, como muchos narcisistas abusivos, nos explicaba el privilegio que era para nosotros estar con él y servirlo incluso con el sexo. Él mentía a los niños y les decía que la Santa Sede le había dado permiso para aprovecharse de miembros de la orden”.

Reconoce que no fue fácil librarse de las ideas que le fueron implantadas dentro de la orden: “Es sumamente difícil librarte de un lavado de cerebro. Me llevó diez años poder pensar con libertad”. Dice también que al Vaticano llegaron pruebas suficientes sobre los desmanes de los legionarios que no fueron atendidas: “Tuvieron muchas pruebas, incluidas las que recibió quien sería Benedicto XVI, pero fueron archivadas o desaparecieron. El cardenal Sodano detuvo varias investigaciones. Al morir Juan Pablo II, y ser elegido Benedicto, este abrió la investigación y al año ordenó el supuesto castigo (la jubilación dorada de Maciel). La iglesia da prioridad a salvaguardar la reputación de la Legión”.

Por último, Elena Sada dice que después de una experiencia tan traumática como la que relata en Ave negra, le quedaron secuelas, “pero no necesariamente me dominan. Aprendí a vivir con ellas, como quien aprende a vivir con una cicatriz, el recuerdo de una herida que ha sanado”.

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