NOVELA: El Benigno de Minán

Por Alfonso Martínez Mayorga

El reencuentro

Parte IV

Después de dejar sus provisiones dentro de la enorme cueva, en el sitio que había sido señalado por la Chanta, se quedaron maravillados observando la distribución de los espacios; en el centro se encontraba una mesa de piedra con forma irregular de unos 20 centímetros de espesor, suficiente para que el Benigno se posara, a veces sentado, en ocasiones de pié, y con algunas implementaciones para colocar en la periferia unas bases para incienso, tenía una altura de 90 centímetros y estaba sostenida por una columna de roca de más de un metro de diámetro.

De alguna manera el interior se veía iluminado por la luz solar, a partir de un juego de espejos colocados justo para que sucediera el fenómeno esperado. El centro del Visiario se situaba en bajo relieve, semejando un teatro en el cual los concurrentes se podían aposentar alrededor en una pendiente tal, que ninguna hilera circular de escalones impedía la visibilidad hacia el foco central. En total, se trataba de un área suficiente como para albergar a medio millar de feligreses.

Lo sorprendente era que en los extremos, la superficie de las paredes no eran lisas, se podía imaginar una serie de configuraciones que semejaban distintas formas o locaciones, con algo de imaginación, parecían representar algún templo, mezquita o sinagoga, en algunos puntos semejaban columnas que invitaban a entrar al Partenón, se podía apreciar algunas semiconstrucciones de fachadas, ya sea de casas o edificios, y cada una estaba adornada con algunas plantas y velas encendidas que lanzaban sus destellos haciendo imaginar diferentes formas según la composición de la estructura, se percibía un olor agradable en toda la gruta, no había fetiche alguno, ni imágenes ni esculturas.

Salieron de aquella exuberante media esfera para no interferir con los laboriosos trabajos de ornamentación, que por cierto, corrían a cargo de la Chanta, una mujer de edad avanzada pero con la fuerza de tres jóvenes o más, lúcida y con la habilidad suficiente para asegurar resultados de satisfacción en la gran mayoría. Nadie cuestionaba la pasmosa dedicación y esmero que le ofrendaban a ese lugar, perpetuado por ellos mismos como “Visiario”, pues todos coincidían que tal veneración hacia el protagonista principal, Don Cirilo Tamez, ahora “Benigno de Minán”, era bien merecida.

Llamaban así a Don Cirilo por los hechos sorprendentes que se habían sucedido en diferentes momentos, de los cuales no se tenía explicación que no fuera lo sobrenatural, lo mágico o encantador, actos siempre ceñidos de bondad y una inconmensurable sabiduría.

Para ellos, Visiario era una deformación de la palabra visorio, que significa “instrumento que sirve para ver”, “perteneciente o relativo a la vista”, ya que querían representar algo que va más allá de lo observado por un sentido primario, que si bien empieza con la sensación de ver, luego se convierte en percepción por la acción del cerebro, y que ahora en el Visiario pudiera transformarse en un nivel de consciencia superior, para llegar a experimentar algo que no es físico, funcional ni fisiológico, de tal manera que el Visiario los incitaría a ver con el corazón, a vivir la vida y no interpretarla ni juzgarla, a ser parte de la armonía y conectarse con el todo, en otras palabras; a iniciar el despertar de una consciencia de vida diferente y con más sentido humano.

Seguían su camino de regreso cuando de pronto, a escasos cien metros antes de llegar al pueblo, Naura tuvo un presentimiento, ralentizó su marcha y giró su cabeza para inspeccionar con su mirada el camino dejado atrás, pero no había nada extraño…

Cirito se había resignado a las repentinas gestiones de su madre, seguía observando la extraña y mágica expresión de su rostro, en ese momento observaba la complicidad de sus ojos con cada punto en el espacio, el tono nuevo de su voz, la manera gradual de respirar y hasta la estela dejada por el movimiento de su cuerpo. Sin embargo, aún sin cuestionarla, presentía que tales emociones estaban impregnadas positivamente y sólo podrían acarrear algo bueno…

–Qué agradable atardecer ¡no sienten el aroma del ocaso!–

–Ahora puedo escuchar al escurridizo sol en su desplome–

–Puedo elevarme por encima de mi voz y llegar hasta el origen–

–Puedo gozar el aire y respirarme–

–Incluso puedo ser yo, sin dejar de ser Ustedes–

–Qué maravilloso atardecer ¡no sienten la fragancia de la tierra!–

A la mañana siguiente, los Tamez se encontraban en la tranquilidad de su hogar disfrutando un ligero desayuno, degustaban unos panecillos con nata embelesados con el color dorado de la miel, y una taza llena de sabroso y espesante atole de maíz. La mesa estaba dispuesta con pequeños cántaros de barro, en ligeros canastos de otate de madera tallada se veían relucir algunas flores secas, además de varias carpetitas tejidas a mano con gran colorido que servían de mantelitos donde colocar los enseres.

Sobre una repisa de madera se encontraba un mediano jarrón de loza finamente bordado con piel de chivo, en su centro, sobresalía un largo tallo por el cual se iban desprendiendo multitud de ramitas, de las que colgaban hilos plateados con estrellas incrustadas de diferente tamaño, brillaban conforme giraban al compás del viento, en su ocasional golpeteo emitían sonidos tan placenteros, que daban la impresión de pequeñas luminosidades y destellos acompañados del hechicero eco metálico al chocar unas con otras.

La cocina era agradable y llena de luz, una ventana daba a un pequeño corredor y la otra a la calle principal, donde se podía observar, tan discretamente como se deseara, el ir y venir de la gente en su diario transitar.

–Toc toc toc–, –¡soy el del Correo!– gritó el inoportuno visitante.

Se miraron ambos extrañados.

–¡Señora Naura…! Ha llegado un envío y quisiéramos verificar su remitente, si no es mucha molestia ¿pudiera darse una vuelta a la Central?…–, continuó el mensajero una vez que se le abrió la puerta.

–Mmm, es para mí pero no saben quién lo envió–, pensó gustosa Naura sin demostrar el menor signo de intriga.

–Hijo mío, espérame aquí y por favor… levanta la mesa que yo regreso en un momento–, solicitó a su pequeño alejándose en dirección a las oficinas centrales.

–¡Vamos!–

En la Central de Correos, el encargado le explicó más claramente el asunto.

–En realidad, éste paquete no ha sido enviado de ninguna parte, simplemente apareció aquí y como alguien le ha inscrito su apreciable nombre, hemos considerado prudente hacerle venir para que nos revele si puede ser entregado con propiedad–, refirió ceremoniosamente el dependiente…

–Debe Usted comprender que este es un caso inusitado, lo que nos ha obligado a retenerlo aquí por casi un mes sin que haya sido demandado, así que por lo que a nosotros respecta, ya ha pasado el tiempo para los reclamos…–

–Eso significa…–, puntualizó el mensajero –…justamente que Usted lo puede tomar–

–Así es Señora Naura, sólo debe llenar el formulario de entrega y podrá retirarlo–, concluyó el responsable de la oficina.

Sentada en una de las bancas del parque, no esperó llegar a casa para abrir desmesuradamente aquel sobre. Se encontraba una nota con la siguiente indicación:

Este martes a la seis de la tarde,

 en el café de Palacio…

–¡No puede ser!–

–¡¿Cuál Martes?!–, gritó angustiada sabiendo que el paquete había permanecido un mes ocultando su mensaje…

De pronto, recordó que ese día era Martes…

–¡Debo llegar a casa!–, susurró al tiempo que observaba el gran reloj incrustado en la torre principal de Palacio, se tranquilizó un poco, aún era temprano… sin más, se dirigió apresuradamente a su morada.

La tarde estaba deliberadamente encantadora, el firmamento tenía un matiz azul turquesa tan elegantemente retocado, que se podía percibir una aureola invadiendo la fachada de los edificios, los jardines parecían irreales, el gorgoteo de las palomas imprimía cierta magia de celebración alrededor de la Plaza.

Naura permanecía sentada en una de las terrazas del Café con vista al parque, había llegado una hora antes. La sombrilla que se erguía por el centro de su mesa hacía resaltar una luz incipiente sobre su figura, proyectando un especial haz de luminiscencia sobre ella, iba arreglada con su más sencilla y elegante prenda, se veía insidiosa y a la vez encantadora, lo que hacía inevitable apreciar sus hombros desnudos, su largo y hermoso cuello, se hacía irresistible fijar la vista sobre sus relumbrantes pendientes encuadrando su alisado pelo que hondeaba travieso sobre su espalda, era imposible descifrar su impaciente rostro, aún si fuese plasmado en el lienzo del pintor más surrealista.

Lucía un cinto de seda fulgurante bajo su permisivo escote, dejando mostrar su cintura tan esbelta, que parecía relumbrar atrevidamente sobre sus esculturales glúteos, para luego continuar sobre una serie de contornos a través de sus delineadas piernas, sin embargo, sus movimientos eran tan castos, que daba la impresión de estar en un cuento de hadas, cuyo final estaba predestinado a la felicidad eterna.

Una figura masculina se presentó acercándose por detrás…

–¿Desea algo de tomar?–, le infirió el empleado.

Dando un pequeño salto, quedó instantáneamente de pie frente al mesero.

–¡Oh! disculpe, estoy esperando a mi… a alguien, sea tan amable de aguardar–, refirió Naura en lenguaje algo entrecortado que bien supo el camarero descifrar, al retirarse la observaba de reojo… –Como Usted guste Señora–

Al darse la vuelta para retomar su asiento, se encontró cara a cara con su esperado, su motivo, su amigo, la causa y efecto de su amor. Se miraron a los ojos tan efusivamente que no tardó Naura en impedirlo, volteó su rostro y lo dirigió nuevamente hacia Dorante, sentía su cuerpo desvanecer, informe, sin gravedad. Luego, posó lentamente su mano en la mejilla de su amado y sintiéndola, no pudo retener su aliento, era como una euforia reprimida envuelta en incontables emociones que le cerraban la garganta, aún así, pudo expresar una sonrisa agradable para romper el sosiego que sentía.

Dorante le tomó la mano y la deslizó suavemente, la abrazó tiernamente por un largo rato… reaccionó Naura, tomándolo por los hombros logró opacar un ligero espasmo:

–¡Acaso Usted uniría su corazón a Mis latidos, para palpitar en Mi interior!–

–¡Acaso Usted quiera unificar su alma a Mi Consciencia, para Compartir nuestra Existencia!–

–¡Acaso Usted desearía fusionar Mi cuerpo con el suyo, para hacernos Cómplices en nuestro Viaje !–

–He venido aquí cada Martes a esperarte, a sentirte, a decir que ya estoy de regreso y que he triunfado, amor mío ¡lo hemos logrado! Se terminó la espera, la incertidumbre, mi enojo por abandonarte y dejarte a tu suerte… ¡he pasado las tres semanas más angustiosas de mi vida! pero por fin estamos juntos… ¡tengo la solución! te ruego me des de nuevo la oportunidad… ¡mi alma siempre ha estado unida a la tuya!–, le habló Dorante con entusiasmo, entre abrazos y con tono muy conmovedor.

Naura respondió con su mirada sin decir palabra alguna, inclinó su cabeza en el pecho de Dorante y cerrando lentamente sus ojos, sentía dos pizcas de añoranza deslizarse en sus resplandecientes mejillas, humedecidas por invisibles lágrimas de júbilo…

Después de una reconfortante merienda, abandonaron el Café y se dirigieron a la Plaza, se sentaron en una de las bancas ubicadas alrededor del quiosco para seguir platicando, entre tiernos besos y reconfortantes abrazos, entre risas y emociones tan variadas que parecían unos chiquillos en vísperas de Navidad, para quienes sólo hay celebración, buenos deseos y un porvenir satisfactorio de vida nueva llena de cálidos propósitos.

Para Dorante, sus vidas estaban resueltas, ya no habría inconvenientes ni amenaza alguna, había logrado consolidar una exitosa empresa de distribución de mercancía tan extensa, que aportaba las ganancias considerables para vivir sin el acoso de la escasez, de las carencias y muy por encima de la satisfacción de las necesidades básicas. Comercializaba casi cualquier producto para colocarlo en sus propios puntos de venta, en grandes almacenes y establecimientos a través de varios territorios.

–¡Podemos irnos cuando queramos! en éste momento si lo prefieres–, insinuó Dorante al cabo de un rato.

–¡Sería magnífico!–, contestó impulsivamente Naura…

–Pero, creo que tendría que ser después de las celebraciones del pueblo, después de la visita de tu padre, quiero recibir su gracia para ambos, y no sería prudente partir hasta que nuestro hijo vea a su abuelo ¡te lo suplico!–, reaccionó después.

–¡Nada me haría más feliz!–, asintió Dorante.

Ya en casa, la doble sorpresa para Cirito fue algo explosiva, sin embargo, para el pequeño Dorante fue relativamente fácil hacerse a la idea del regreso de su padre, tal vez por las incontables historias que le platicara su madre, ya sea por su insistencia de conservar su memoria o quizás, se debió a la sencillez aparente con que toman las cosas los niños de su edad, como haya sido, se la estaban pasando muy bien en compañía de su renovado acompañante, Dorante padre.

La sorpresa para el pueblo fue algo similar, aunque les resultaba imposible no seguir con la mirada a esta pareja salida de la nada, inventada como un cuento de hadas, era casi imposible dejar de rumorar cualquier historia, imaginarse lo nunca dicho o simplemente, apegarse a llamarlos sustantivamente esposos, les resultaba forzado creer que habían formaron una pareja desde el inicio, para ellos era algo contrastante, algo tan fascinantemente cierto como asombrosamente falso…

 

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