“Plagio”, de Héctor Aguilar Camín, una aproximación crítica al mundo literario

Para Héctor Aguilar Camín, Plagio (Literatura Random House, 2020) le ha proporcionado la libertad de reírse, una libertad que no encuentra en otros ámbitos. Sobre esta novela, el poder cultural y el papel que juegan los escritores en el México contemporáneo, platicamos con él.

—¿Cómo ubicaría a Plagio en el contexto de sus búsquedas narrativas?

Encontré la libertad de reírme. Es una enorme libertad, que no sé cómo ejercer en otros ámbitos.

—Poco más de ocho años han transcurrido de esta historia real que, desde aquel momento, parecía un tanto desaforada, ¿Por qué volver a ella?

No vuelvo a ningún lado. Más bien me fugo hacia adelante. Escribí esta novela para ponerme en un mundo aparte del opresivo momento en que empecé a escribirla, a principios de 2019. La escribí como un divertimento, y me divertí mucho escribiéndola. Espero que los lectores se diviertan también. Con eso me doy por bien servido.

— Escritores reconocidos han sido acusados de plagio, Saramago o Bryce Echenique. ¿Cómo observa sus historias a la distancia?

El plagiario de Plagio no tiene que ver con esas denuncias de plagio, ni con el plagio vulgar.

—Si no es una historia con nombres propios, como el caso del escritor Sealtiel Alatriste, ¿en qué pensaba al momento de ir escribiendo la novela?

Sealtiel Alatriste fue un referente, pero no me propuse escribir sobre él. Sealtiel escribió una novela con su experiencia: Cicatrices de la memoria. Yo escribí Plagio.

—¿Cuál era su intención, si acaso existía, al momento de hacer esta recuperación?

Si los lectores se ríen con Plagio tanto como yo me reí al escribirla, mi intención está cumplida. Quería hacer un juguete literario en torno al plagio y a los celos, las dos pasiones que recorren el libro. El juguete está claro en el hecho de que la primera página de la novela dice lo que va a suceder en ella y cada línea de esa primera página es el tema de cada uno de los capítulos que siguen.

—¿Y más allá de ser un divertimento, no había una preocupación o una obsesión que acompañara la escritura de Plagio?

Genuinamente, lo que buscaba era un espacio para respirar libremente y compartirlo. Me acuerdo que estábamos de viaje con unos amigos que duró 14 días. Les fui enviando un capítulo cada día para poder conversarlo al día siguiente. Me bastaba que dijeran: “Está divertido. ¿Qué sigue?”

—En el epígrafe escribe: “todo lo que aquí se cuenta es verdad, salvo los nombres propios, que también son falsos”. ¿La realidad supera a la ficción?

El epígrafe es una declaración de principios. Todo es verdad y todo es ficción en la literatura. Pero la verdad de la ficción tiene que ser creíble, mientras que la realidad no: simplemente sucede. Verbigracia: Trump. Así que, en la literatura, la verdad tiene que ser una forma de la ficción, y viceversa: la ficción, una forma de la realidad.

—Plagio puede ser leída también como una novela crítica o una aproximación al “mundillo literario” y hasta al poder…

Plagio puede ser leída como una aproximación crítica al mundillo literario, desde luego, y al poder cultural, como tal: puro y duro.

—Un poder que parece difuminarse en nuestros días, frente a la disminución del presupuesto al sector cultural… ¿Qué piensa al respecto?

El poder cultural es un subpoder. Siempre lo ha sido. A diferencia del poder de las ideas y de la literatura, que juegan en otra liga y en otros tiempos, por fuera del control de lo que normalmente llamamos poder. ¿Quién ganó: Stalin o Solzhenitsyn?

—Convertirla en una trama policial le da un contexto diferente a la historia, ¿cuál era su objetivo con ello?

Con la trama policial de Plagio quería salirme de lo previsible en una novela de corazón literario. Quería jugar, reírme. Inventé un homicidio y un detective que sólo pueden existir en una novela, pero que son verosímiles (espero) y hasta divertidos (espero), dentro de la novela. Al revés de los detectives reales y los asesinatos de verdad.

—La forma, la estructura de la novela, parece fundamental dentro de su propuesta narrativa…

Siempre he escrito ficción sabiendo lo que viene adelante. Esta vez escribí desde la primera página lo que iba a suceder y me obligué a que sucediera en el resto del texto. Mi desafío fue lograr que todo cuadrara, según yo (espero que haya cuadrado).

—Hay mucho humor, a veces hasta involuntario, sobre un tema muy serio…

El humor ilumina lo que la gravedad puede ocultar. Cuando una realidad es impermeable al humor, estamos en graves problemas. Por cierto: es el problema en el que estamos.

—¿En verdad “el plagio es la forma más sincera de la admiración”, como recupera del gran “Jorge Luis Conrad”, don Héctor?

Sí, absolutamente: el plagio es una forma de la admiración, al menos en su primer deslumbramiento. El que plagia empieza por admirar lo que lee. Esa es la pasión inicial hermosa, inteligente. Luego viene la pasión torcida: robárselo, quitarle las comillas.

—Después de años de hablar de mafias intelectuales, ¿cuál es el peso que tienen los escritores en el México contemporáneo?

Los escritores tienen poco peso en el México contemporáneo, si se les compara con el poder de los medios, por ejemplo, O con los otros poderes. La opinión pública prescinde de lo que opinan sus escritores, salvo que estos participen como opinadores activos en ella. Pero tampoco pesan mucho. La apuesta de los escritores es más larga. Cuando ya nadie sabe la historia que está detrás de La sombra del caudillo, de Martín Luis Guzmán, podemos leer esa novela como más verdadera que la historia realmente sucedida. El Quijote es más real que la España real en que fue escrito.

—¿Cuál es el papel de los escritores en nuestro tiempo?

Los escritores deben escribir lo mejor que puedan. Todo lo demás está fuera de su alcance.

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