RELATOS: La Busaca*

Personaje secundario

**Por Lourdes Márquez Barrios

Viajando en el metro, caminando por la calle, comiendo o incluso haciendo el amor, me asalta a menudo la duda de si no seré simplemente el personaje secundario, ese ser paralelo que nació en una de mis erróneas decisiones del pasado. Reciente o lejano.

Durante todos estos años he creído que era la protagonista de una existencia, pero resulta que es posible que no. Porque todo es posible. Puede ser, entonces, que la dueña de esta vida esté en su país y haya tenido una carrera exitosa. Ahora es directora de algo, de un periódico, por ejemplo. O de un departamento. O de un museo.

Tiene una casa con sus puertas y ventanas, sus cortinas, su garaje, su patio y su jardín. Y su gato. Es escritora, es la actriz principal de una obra de teatro, no solo de la vida.

Está casada desde hace años. Sus hijos son ya unos adultos. Ha lidiado con la depresión posparto, la maternidad, las fiebres, las rebeldías. Con una familia política.

O es deportista, atleta de élite. Ha recorrido el mundo y se ha lesionado. Es flaca. Y musculosa. Ha estado en Asia.

Ella no sabe que yo existo, viviendo una vida absurda. Yo y otras mujeres paralelas en países y continentes y trabajos y casas. O sin casas. Ni trabajos. No imaginará que yo (y quizás las otras) nos preguntamos si somos esos caracteres alternativos, esos bancos de prueba fallidos.

¿Y si ese día cuando tenía 20 años y a Gabo y a mí nos dio por cruzar la calle con los ojos cerrados nos hubiese atropellado un bus de Noroeste? ¿Un carrito por puesto, uno de esos Malibús enormes y durísimos? Y nos hubiesen llevado al Hospital Universitario, donde no habría insumos para curarnos. Yo entonces estoy en una silla de ruedas o ciega o con una prótesis en el brazo izquierdo. O el derecho.

Me pregunto qué habría pasado si hubiese aceptado acostarme con ese director de cine famoso, en Caracas, cuando tenía 22. Soy quizás una guionista, actriz o productora reconocida. Una total fracasada.

Y si, en vez de Madrid, hubiese ido a Bogotá, Montevideo o Lima. A Noruega o a Dublín.

Mis sospechas nacieron cuando en mi familia empezaron a hablarme de cosas que yo no recuerdo. Lo que dije en tal ocasión, cuando salía con nosequién. Nunca dije eso, no conozco a nadie con ese nombre. Pero callé aterrorizada. La locura podría estar acechando. Más o menos en esa época mis sueños mutaron a algo ajeno, imágenes de otros mundos, imposibles de reconocer.

Puede que me desdoblara la noche en que un hombre me besó sin mi consentimiento y me vieron. Y fui culpable sin derecho a réplica. Con culpa para siempre a pesar de ser la víctima. Porque nadie me creyó. O cuando el que era mi amor dejó de amarme y se escribía con una veterinaria experta en perros. Soy la amante de un tipo que no me gusta y en el que me refugié cuando quedé abandonada. Sola. Quizás hasta le tengo cariño, tras quince años de convivencia y besos no consentidos.

Cada mes, una vez al mes, me pierdo. No soy yo, no soy ésta. Vienen a mi mente imágenes inconcebibles que chocan como olas contra mi consciencia. Entonces me pregunto si es la verdadera protagonista viniendo a reclamar lo que es suyo, este cuerpo y esta vida. Exigiendo a esta usurpadora que soy yo, que deje de retorcerle la existencia, que deje de hacerle pasar vergüenza. Que ya basta.

Luego se pasa y voy a la oficina, bebo café, saludo a los amigos, salgo a correr. Hago la compra y, de repente, veo un objeto en el anaquel que nunca he visto, pero que recuerdo nítidamente. Es quizás de esa otra que, a los 30 años, decidió seguir escribiendo reportajes de zapatos para una revista que tenía dos dueñas. Dos locas que me explotaban. Que me mandaban a recorrer las zapaterías de Madrid buscando entrevistas, y contactos para venderles publicidad y que me echaran de sus tiendas. Esa otra yo igual sigue deambulando o es la tercera loca, socia de la revista. Y la revista ya no es de zapatos, sino del corazón, porque no superó la crisis de 2009.

No. No. Yo canto en un coro y escribo relatos porque me da la gana. Escribo poesía porque se me sale sola del pecho. No soy la esposa del fanático empedernido que llora cuando se muere un famoso. No tengo sus hijos que se llamarían Víctor y Lara. Y, sin embargo, a veces sueño con la cena que les preparo. Con sus deberes. Con “Star Wars”.

Soy, quizás, alguna de ellas. No esta actriz de reparto con ínfulas de estrella.

*“Busaca” en Maracaibo -Venezuela- (donde yo nací y me crie) significa bolsa, del material que sea. Y “bolsa” también se usa en Venezuela como insulto. Significa tonto, muy pasivo, que se deja engañar fácilmente.

Yo soy una perfecta “bolsa” y aquí les doy mi ejemplo más reciente…

**Escritora venezolana de microrrelatos radicada en Madrid, España.

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