Roland Barthes o el placer del texto

Por Estefanía Valle Tapia

Escritor fragmentario (o fragmentado), cual Cioran, Virilio o el mismo Bataille, prestidigitador ―como tales personajes malditos de la literatura a los cuales me hizo recordar, no en un sentido estructural o de contenido, sino ese goce característico al leerlos― del aforismo. En efecto, el aforismo encarna el pensamiento paradójico, es la perversión del lenguaje. He dicho en reiteradas ocasiones que sólo siento pasión por los escritores cuyo estilo o arte es el de la explosión. Autores que pecan de academicismo sólo resultan ser una experiencia intelectual. Y para ello basta ir a la academia. En la explosión hay una especie de exceso de vitalidad, desborde y locura. Hay una crepitación eufórica que después desvanece en el agotamiento, en un estado de ya no querer más justamente parecido al momento después del clímax sexual, del venir, del orgasmo total. Entiendo que esto quiere decir Barthes cuando habla sobre el juego placer-goce y la distinción tan adecuada que hace sobre la escritura del placer y la escritura del goce.

El texto que usted escribe debe probarme que me desea. Esa prueba existe: es la escritura. La escritura es esto: la ciencia de los goces del lenguaje, su kamasutra (de esta ciencia no hay más que un tratado: la escritura misma) (Barthes, R. p. 14).

¿Para qué se escribe? ¿Por qué se escribe? Al respecto, Cioran dice que todo aquel que escribe para gustar, en ese mismo instante se convierte en un escritor mediocre. En este sentido me parece hay un punto de intersección cuando Barthes alude a la escritura que al leerla provoca aburrimiento puesto que la intención de quien escribe no es seductiva; es decir, las palabras no apelan al goce sino al simple y llano propósito de escribir para gustar, algo que en sí mismo me parece perverso en el sentido negativo: escribir para provocar una autocomplacencia y no un espacio intersubjetivo de goce. Borges a su vez recomendaba la lectura hedónica, esa que te seduzca a tal grado del goce máximo, de la muerte pequeña como diría Bataille. Aunque bueno, la universalidad de Borges me hace pensar en un goce demencial, sin fondo ni limite.

Este discurso a lo largo de la obra El placer del texto de Barthes me parece sumamente interesante y en definitiva no volveré a leer de la misma manera un texto cuando lo haga simplemente por placer. Me refiero a la incorporación de elementos de una filosofía en cierto sentido hedonista, a saber: el cuerpo, los sentidos, el placer, el goce, la sensualidad, el erotismo. Siempre he sentido cierta molestia o rechazo por la gente que lee satisfaciendo su culto a la intelectualidad. Pienso más bien que un libro es como una herida; debe provocarte, herirte a tal grado de no ser el mismo ya. Pero en esa herida hay una especie de masoquismo, de goce, y eso es quizás lo que Barthes designa como perverso: una fisura y un hundimiento.

“¿El lugar más erótico de un cuerpo no está acaso allí donde la vestimenta se abre?” (Barthes, R. p. 19).

Pregunta a la vez que afirma nuestro autor. En efecto, es la intermitencia lo que erotiza, lo que aparece y luego desaparece. Inevitablemente me hizo pensar en el cuerpo de un libro, no obstante, nunca lo había considerado de tal manera. Por ejemplo, cuando luce envuelto de ese plástico transparente que lo recubre cual sensual y translúcida vestimenta. Luego, ya sea delicada o agresivamente se le desgarra, se le desviste. Se toca, se ve, se huele, se entreabren páginas al azar siempre con esa excitación que motiva a ello, con esa lujuria, con ese deseo ávido y cierto sentido de posesión. Después, lo que antes aparecía ahora desaparece para dar lugar a una nueva aparición y desaparición subsecuentes. Me refiero a la lectura página por página, ya sea continua o con retrocesos, a la envuelta del trama. Entonces el libro deja de ser un simple objeto de lectura: la escisión sujeto-objeto se difumina y desaparece por completo. Leer, ahora que lo veo así, es un orgasmo contenido.

Escribir para mí ha sido un acto terapéutico. Yo escribo por necesidad, ¿el resultado?, he aprendido a tolerarme más, a desahogarme cuando alguien no me quiere escuchar. Muchas veces, sin embargo, me he preguntado por qué escribo, tratando de hallar algo más profundo. Me he contentado diciendo inocentemente que de no hacerlo pondría fin a mi existencia, lo cual responde no a mis verdaderas intenciones, sino a que para mí sencillamente la vida es inconcebible sin ese recurso lingüístico. Alguna vez leí que Sábato reparó ante una carta que preguntaba cuándo uno se da cuenta que es escritor. A lo que él respondió, si sientes que si no lo escribes vas a morir. Esa respuesta rondó mi mente durante varios años y hasta hace poco, siendo más exactos en las vacaciones decembrinas pasadas, lo comprendí con la lectura de Bataille Breve historia del erotismo, cuando relacionaba el erotismo con la muerte; es decir, con ese goce que suspende el ritmo ordinario de la vida, que, en efecto, hace desfallecer a manera de una muerte pequeña. El placer del texto en Barthes es, sin duda, un morir de vivir, la voluntad de goce.

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