Thomas Wolfe, un clásico de la literatura estadunidense

Thomas Wolfe “tuvo el coraje de experimentar, de ser, de escribir tonterías, de ser tonto, de ser sentimental, en el intento de derribar la única instancia conmovedora y apasionada de la lucha del hombre”.

William Faulkner definió así a un escritor que, de acuerdo con Amelia Pérez de Villar, comienza a ser revalorado en la actualidad como “el escritor más químicamente puro que ha dado la literatura estadunidense”.

“Tenemos un autor enorme, clásico y tenemos una obra magnífica, un clásico de la literatura: que su temática verse sobre un momento de la historia relativamente breve y sobre un país –por muy grande que sea, es un país–, no le resta importancia como clásico. Debemos leerlo con ojos nuevos, como leíamos de niños: abrir el libro y esperar qué nos depara, descubrir cosas que no conocemos del todo”.

Así se expresa Pérez de Villar, quien se dio a la tarea de traducir los relatos y las novelas cortas que conforman el volumen Cuentos. Thomas Wolfe (Página de Espuma, 2020): historias que siguen vigentes hasta cierto punto, “muchas espeluznantemente vigentes, porque parece que en algunos sentidos y en algunos ámbitos la problemática del ser humano ha cambiado muy poco, sobre todo en el último siglo”.

“Ha cambiado la manera de ponernos en contacto, de viajar, la manera de relacionarnos en el momento en que entran estas nuevas tecnologías, pero si nos atenemos al factor humano, las cosas no han cambiado tanto. Seguimos naciendo y muriendo de la misma manera y con los mismos sentimientos que teníamos, aunque ahora se nos hayan vuelto un poco más exquisitos o menos llanos, menos simples”.

Tono de intemporalidad

Nacido en 1900, en Carolina del Norte, Thomas Wolfe logró el éxito con su primera novela, El ángel que nos mira, a la que se sumaron Del tiempo y del río No se vuelve a casa, siendo el tema central de todas las obras la búsqueda de valores por parte de un joven, debido a que el escritor estadunidense falleció a los 38 años de edad.

“Hay un tono de intemporalidad y de universalidad, porque casi nunca centra las cosas, ni siquiera cuando las centra en su pueblo –que en la inmensa mayoría de las veces le pone un nombre auténtico–: siempre habla como si ese pueblo suyo, esa plaza que atravesaba de pequeño, fuese la plaza en la que ha pasado su infancia cualquiera de nosotros”.

Por lo demás, las reflexiones que hace sobre las relaciones humanas, ya sea amorosas o familiares, de trabajo, tienen una vigencia absoluta, a decir de Amelia Pérez de Villar, quien pone como ejemplo un relato en el que Wolfe habla sobre los expertos “que es verdaderamente cómico”, porque recuerda a todas las nuevas figuras de los influencers, que parecen tocados por la magia de saber lo que hay que hacer en cada momento y “desenvolverse en todos los ámbitos sociales, no al estilo versallesco, sino como sentando cátedra”.

“Cualquiera que lo lea hoy día, con nuestro mundo y nuestra vida como es, tan diferente a como era la suya hace un siglo, creo que cualquier podría decir ‘¡madre mía, estas cosas ya pasaban entonces!’; además, su escritura lleva una gran musicalidad: los textos son como letanías, como salmodias bíblicas”.

La antología Cuentos. Thomas Wolfe contiene algunas novedades, relatos que no se habían publicado antes, con lo que se apuesta por ofrecer un acercamiento lo más estrecho posible a una obra que apenas empieza a ser revalorada, luego de mantenerse en el olvido, sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial. 

Un adelantado de la autoficcióna

Una de las características de la obra de Wolfe, asegura su traductora, es que su propia vida es el eje, aunque no se limita a contar su vida o su historia: lo hace contando una misma historia desde diferentes puntos de vista, como si fuera otra persona: “Aunque el escenario sea el mismo y sea real, él lo pasa por ese colador de lo ficticio, lo dota de una perspectiva que hace que nos llegue en obra literaria”.

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