Cultura

Xavier Velasco al desnudo: secretos de un narrador

Editado por Alfaguara, el nuevo libro de Xavier Velasco se llama El último en morir. Es una crónica, testimonio, ensayo, tal vez novela, en la que el también autor de Diablo guardián explica el germen de su oficio, “sus misterios e intríngulis”. Al mismo tiempo, narra pasajes de su vida que resultan divertidos, algo que se agradece en tiempos tan aciagos como los de la actual y atroz pandemia.

Gracias a la sana distancia de los celulares, Velasco responde las preguntas con su habitual esgrima verbal, más algunas risas y carcajadas cuyo sonido conocen sus fans.

—Ernest Hemingway dice que una novela publicada es un león muerto, y tú comentas que los manuscritos en proceso “son fuego vivo”. Entonces, ¿por qué mejor no me dices de qué trata lo que tienes en el horno?

De eso no se habla. Hay una metáfora muy trillada: si tú te trepas a un árbol y ves el nido de un pájaro, los huevos son abandonados. Mi abuela tenía canarios y me decía lo mismo, que no viera a las crías porque iban a ser despreciadas.

—Está bien, hablemos de El último en morir. ¿Acaso pudo haber llevado como subtítulo “Desnudo integral”?

Había pensado como subtítulo “Oficio: narrador”, que implica el desnudo integral que tú mencionas. Si quieres escribir sobre tu vida, tienes que encuerarte. Cuando lo haces, te enfrentas a nuevas aristas y ángulos en los que no habías pensado, y cuando llegas a algo que vale la pena de ser contado no te importa si acabas con la reputación de alguien o incluso con la tuya.

—A tus amigos roqueros sí los cuidas.

También solapo a otras personas, pero si la historia necesita llevarse entre las patas a alguien, pues con la pena. Tampoco soy un soplón y no voy a contar lo que hacían los roqueros cuando andaba con ellos. Finalmente, creo que no tuve que roñar a nadie para contar todo lo que quería.

—En ese mismo sentido, dices: “Los aspectos sagrados del oficio son cosa tan privada y personal que no encuentro sentido en ventilarlos”.

Los trucos, las trampas, eso es tuyo, no tienes por qué decirlo. Aunque parezca un desnudo integral, no lo es. No tiene ningún caso decir quién es tal o cual personaje porque ya está modificado según lo requiere la historia.

—Con permiso de Walt Whitman, ¿el novelista contiene multitudes?—

No caben tantos al mismo tiempo. Es como un elevador: entran unos y salen otros. No puedo contener multitudes porque me vuelvo loco, únicamente con los que puedo lidiar. Tengo cinco perros en mi casa porque no podría con quince.

—Como diría Borges en el poema “Ajedrez”, tú mueves al muñeco Enedino Godínez o Anodino Jodínez, pero ¿quién te mueve a ti?

Pues las mujeres, empezando por mi esposa. Me mueve el fantasma de mi madre, me mueve mi abuela. Si quieres que alguien me mueva, ponle faldas.

—Sé que Marcel Proust no es santo de tu devoción, pero creo que si él hubiera leído a José Agustín y visto programas de Los polivoces, hubiera escrito como tú.

Eso es un muy alto honor, aunque no sé si por Marcel Proust o por Los polivoces.

—Yo diría que la trilogía que conforman Este que ves, La edad de la punzada y El último en morir son tu recherche.

Sí, la recherche, sobre todo del tiempo perdido. Nadie me había dicho que es una trilogía pero, en efecto, cuando terminé El último en morir le dije a mi esposa: “ya se armó la trilogía”.

—En El último en morir no mencionas la originalidad.

No creo mucho en ella. Octavio Paz se burlaba de la originalidad. Yo creo en lo genuino. Es muy difícil saber quién fue el primero en hacer o decir algo.

—¿Y la originalidad en el estilo? Cuando eres genuino, encuentras una voz. Yo mismo no sé si soy original, eso lo deben decir otros.

Cuando terminé Diablo guardián, mi papá me preguntó: “¿cómo sientes el libro?” Yo le dije que nunca había visto otro así, pero eso no significa que no exista. En el mundo puede haber varios parecidos. La palabra original me produce sospecha porque vivimos en un mundo muy pirata.

—Dices que no eres muy religioso, pero al leer El último en morir es obvio que eres metodista.

No tanto. Para empezar, nunca he usado las jeringas, excepto para la vitamina B12. Las drogas duras me dan miedo porque no quiero matar al narrador, pero también te dices a ti mismo que necesitas ciertas experiencias. Cuando hacía las crónicas nocturnas, que luego aparecieron en Luna llena en las rocas, iba a esos lugares y me embriagaba, pero salía con la satisfacción del deber cumplido y llegaba a mi casa vivito y coleando. Cuando estoy de visita en la cárcel y sale la oportunidad de meterme un Repnhoil mientras platico con un reo, pienso que necesito conocer eso.

—También hay champiñones en tu historia.

Sí: hongos, ácido, tachas, coca… pura experimentación. No lo había dicho en los otros libros, pero en este sí porque había que contarlo. La coca me aburrió muy pronto, a los champiñones les tengo mucho respeto y hace años que no consumo. Con la mariguana sí me clavé un tiempo muy fuerte y me costó trabajo botarla. Finalmente, son como un resorte, pero vuelves a tu forma original.

—¿Es auténtica la pintura de Frans Hals que está en casa de tu amigo o es parte de la ficción? 

Es auténtica, ¡tampoco invento tanto! Durante muchos años se pensó que era un Rembrandt, pero la estudiaron a fondo y dijeron: “es un Frans Hals”. El papá de mi amigo era oficialmente el inventor del bolígrafo, tenía mucho dinero y un castillo en Francia; cuando tumbaron un muro la encontraron ahí. Luego la tenían en medio de muchos cuadros de muy mal gusto.

—Dices que cubrir un concierto de Julio Iglesias fue un parteaguas en tu carrera como cronista. ¿Qué tal estuvo el show

Cubrirlo era una forma de luchar contra mis prejuicios, al tiempo que mostraba mi profunda corrupción. Cuando me propone José Luis Martínez S. el concierto, respondo que no, pero cuando dice que es en Las Vegas, digo que sí. Lo que me dolió de ese concierto es que, a la misma hora, enfrente estaba Engelbert Humperdinck y yo tuve que entrar a ver a Julio Iglesias. El show estuvo entretenido, conoce muy bien su oficio; no te diré que me emocioné, pero entrar al camerino y platicar y reír con él es dar un paso adelante en tu adolescencia roquera. Es refrescante saber que hay algo más que Peter Gabriel. Esa vez le pregunté qué tipo de música escuchaba. Pensé que me diría Los conciertos de Brandenburgo y cosas parecidas, pero dijo que lo que hubiera en la radio, en cualquier estación. Con esa sinceridad, salí de ahí respetándolo contra todo pronóstico.

—¿El autoescarnio que utilizas en el libro es liberador?

Sobre todo, curativo. Es echarle limoncito a la herida para que cauterice. Aprender a aceptar las cosas. Y tienes razón, es liberador, además de divertido. También es justo, porque si haces chascarrillos a costillas de otros, por qué no también contigo.

—Alguna vez, Edward Albee me dijo que conocía a muchos artistas a quienes las visitas al psiquiatra les habían mermado la creatividad. ¿No es tu caso?

Espero que no. Para empezar, mi psiquiatra escribe y tiene libros publicados. Tengo pláticas con él como de cantina; hablas seis o siete minutos de cualquier cosa y de pronto mete la cuña: “¿qué pasó con la mujer que te dejó?”. ¡Ay, güey! Lo que yo he encontrado es que el psiquiatra es como el manual del usurario de mi cerebro; la actualización de mi sistema operativo me la da él. También es como un coach literario, le cuento de mis personajes y si no los ve creíbles, los modifico.

—Cuentas que de joven querías ser presidente de la República. Si lo fueras, a qué hora y en dónde darías tus conferencias de prensa.

Si fuera presidente y me lo tomara tan en serio como la escritura, me pondría a trabajar y no a dar conferencias de prensa.

—Para escribir has tenido que imponerte una disciplina como de atleta de alto rendimiento. ¿El escritor y el maratonista son similares?

Totalmente. A Pérez-Reverte le admiro muchas cosas, pero en especial que es un soldado de la escritura. Él fue corresponsal de guerra durante veinte años, y cuando lo eres entonces vives como soldado. Yo soy un flojonazo. A diario lucho contra mí mismo para estar a la altura del maratón.

—Dices que los escritores conforman un gremio poco generoso. ¿No son así todos los gremios? 

Yo creo que en especial éste. Juan Cruz dice que los escritores desayunan egos revueltos. Sucede que tienes aquí gente con un proyecto que desarrolla durante años, que no se lo consulta a nadie; engendra un hijo y entonces surgen muchos celos sobre esa criatura. También hay muchos farsantes, que son los que más ruido hacen. Aunque así es el gremio, no lo cambiaría por otro, mucho menos por el de los políticos. Conviví con ventrílocuos y me decían que los magos no le enseñan nada a nadie. Los ventrílocuos sí nos compartimos cosas.

—¿Cuántos ejemplares de Diablo guardián se han vendido?

En mis cuentas, andan pasando los 400 mil. A mí la cifra que me gusta imaginar es la del número de lectores, y se sabe que Diablo guardián ha sido leído por muchos jóvenes, quienes suelen prestarse los libros.

—El amigo de tu papá que te prestó dinero para que escribieras Diablo guardián debió exigir un porcentaje por ejemplar vendido.

Cuando salió Diablo guardián, él me propuso otro préstamo y yo le dije “¡no, no, no!”. Pude pagarle de un jalón con lo del Premio Alfaguara. La verdad es que él se portó como un padrino, un segundo padre. Dios lo tenga en su gloria.

—¿Te gustó la serie basada en Diablo guardián?

La primera parte, sí. De la segunda me gustaría saber en qué libro se basaron.

—¿Cuántos acetatos conservas de los mil que tenías?

Como doce o trece que no quise tirar porque tienen un valor estimativo, aunque ahorita ya no sé dónde andan. ¿Para qué quiero mil si no tengo tocadiscos?

—Finalmente, dime algo de Jeremías, Samantha, Perseo, Magdalena y Nepomuceno (personajes de su novela en proceso que son mencionados de pasada en El último en morir).

¡Qué cabrón eres! Ya vas, te voy a decir algo. En 2011 se me ocurrió ver en vivo los cuatro grand slam del tenis, y generosamente Milenio me dio esa chamba. Al regresar de esos torneos, me di cuenta que no quería ser crítico de tenis, igual que nunca quise ser crítico de rock. Soy un músico del asco y peor tenista. Lo que quería era escribir una historia donde hubiera una lógica de duelo entre gladiadores, como en ese deporte. Llevaba 70 u 80 cuartillas, lo paré y me puse a hacer Los años sabandijas. Ahora tengo 250 cuartillas, pero tengo que reformular el asunto y volver a narrar algunas cosas. Eso pasa cuando tú impones un tema y no sale naturalmente. Llevo nueve años pensándolo. Cuando tienes que hacer una crónica, la haces el mismo día, pero en el caso de una novela tiene que fermentarse, madurar. No robo las cosas de la realidad tal como las veo. Las tengo que procesar. No voy a contar lo que vi en esas canchas, tengo que inventar toda la historia. En todo este tiempo he leído 20 o 25 biografías de tenistas. Me puse a tejer una colcha king size y todavía estoy pagando el precio.

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