El precio de las cosas vs el costo de tenerlas
Por Mariela Manzo Carrillo y Mariana Ceballos Dueñas*
En estos tiempos, para comprar un producto o servicio ya no basta conocer cuánto cuesta. Cada vez es más evidente que una cosa es el precio y otra muy distinta el costo real de poseerla. El problema es que, en una sociedad donde todo se mueve tan rápido, muchas veces nos dejamos llevar por el momento y no pensamos en lo que cualquier gasto significará después en nuestra vida.
Esta situación es más común de lo que podemos imaginar. Luis, por ejemplo, se endeudó para comprar un sillón que vio en una tienda de muebles. Estaba “rebajado” a $8,500 y lo podía pagar en 12 mensualidades. Lo compró pensando que duraría años, pero a los seis meses el tapizado empezó a desgastarse y tuvo que mandar a repararlo. Entre los intereses, la reparación y el transporte, terminó pagando casi el doble. Lo más irónico es que, para cuando cubrió la deuda por completo, el sillón ya ni siquiera le gustaba tanto.
El consumismo juega con eso: nos vende la idea de que tener lo último, lo más nuevo y lo más caro, es sinónimo de éxito, estatus e incluso felicidad. Lo hace a través de la publicidad, las redes sociales y la presión social de no quedarse atrás. Con solo abrir Instagram, nos vemos expuestos a una infinidad de influencers que presumen viajes, ropa o tecnología y aunque sabemos que muchas veces es publicidad, de alguna manera se nos queda la sensación de “yo también quiero eso”. Y como consumidores, muchas veces entramos en ese juego sin pensarlo demasiado.
Y no todo es dinero directo. Tener algo también implica tiempo, mantenimiento, espacio y energía mental. Compras un coche nuevo y pagas gasolina, seguro, servicios y placas. Compras ropa que no necesitas y ocupas espacio, se desgasta y muchas veces ni la usas. Esos costos invisibles escapan a nuestro razonamiento cuando estamos frente a una oferta tentadora.
El gran problema es que nos hemos acostumbrado a vivir para pagar. Todo nuestro esfuerzo, tiempo y energía se van en cubrir deudas de productos que ya ni siquiera disfrutamos. Lo peor es que este ciclo no concluye: cuando terminas de pagar algo, ya estás pensando en lo siguiente que quieres comprar. En cambio, pagar para vivir implica usar tu dinero en cosas que realmente mejoran tu vida, que puedes costear sin quedar ahogado en deudas, y que generen más satisfacción que estrés.
La cultura del “lo quiero ahora” nos ha hecho olvidar que antes la gente ahorraba para comprar algo. Sí, tardaban más en tenerlo, pero lo disfrutaban sin la presión de deberlo. Hoy, las tiendas facilitan tanto el crédito que parece que no hay razón para esperar. Y es cierto, puedes tener lo que deseas de inmediato, pero a cambio de vivir con la presión constante de las deudas. El consumismo no solo nos vacía el bolsillo, también nos roba la tranquilidad. Porque mientras más debemos, más trabajamos para pagar, y menos disfrutamos lo comprado.
Lo que asusta es que este modo de vida se normalizó. Escuchamos frases como “la tarjeta es para usarse”, “todos deben algo” o “ya luego ves cómo lo pagas”. Es casi como si estar endeudado fuera parte de ser adulto, cuando en realidad debería ser una alerta de que algo anda mal. La deuda puede ser una herramienta si se usa con responsabilidad, pero al caer en la lógica del consumismo se convierte en una trampa que nos empuja a trabajar más, a estresarnos y a tener una menor calidad de vida.
La próxima vez que veas algo en oferta, no pienses únicamente en su precio, sino en lo que te costará realmente tenerlo. Pregúntate si de verdad lo necesitas, si podrás mantenerlo y si vale la pena el sacrificio para pagarlo. Porque a veces lo que sale más caro es precisamente lo que compramos “barato”. Y aunque parezca un consejo viejo, el mejor truco contra el consumismo no es una tarjeta con límite de crédito más alto, ni más meses para pagar: es aprender a esperar, a ahorrar y a preguntarte si de verdad vale la pena cualquier compra.
*“Pedagogía en voz alta” es una columna de la Facultad de Pedagogía. Las autoras son alumnas del séptimo semestre de la carrera de Pedagogía.
Las opiniones expresadas en este texto periodístico de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a El Comentario.

