El sonido de la chirimía rompe el silencio de la mañana y anuncia que es martes de Carnaval en Suchitlán. En esa comunidad indígena del municipio de Comala, el Carnaval Indígena de Los Paspaques no es solo una fiesta: es una ceremonia ancestral que enlaza religión, tierra y memoria colectiva.
La celebración, que antecede al Miércoles de Ceniza, marca el paso hacia la Cuaresma y simboliza la esperanza de un buen temporal de lluvias. Desde hace 424 años, ese ritual se ha mantenido vigente gracias al compromiso de las familias que, generación tras generación, resguardan su esencia.
Diego Candelario, prioste y actual guardián de la tradición, explica que los paspaques -niños y niñas vestidos de blanco- recorren las calles cantando alabanzas al Señor San José, a la Virgen y al patrón San Sebastián.
“En los paspaques, personas vestidas de blanco salen por las calles cantando alabanzas al Señor San José, a la Virgen y al patrón San Sebastián. En este carnaval nuestro objetivo es dar paso a la Cuaresma y dar un buen temporal de lluvias. Como último acto nos purificamos en el río para cargarnos de buena energía”, señala.
Uno de los elementos más distintivos del ritual es el pinole, mezcla derivada del maíz que los participantes utilizan para cubrir su rostro. El gesto remite a la tierra, al sustento ancestral y al vínculo con el ciclo agrícola. Más tarde, los paspaques son “coronados” con pan ceremonial y con un rosario de suales, elaborado por la alguacila con el apoyo de estudiantes de la comunidad.






María Pascual, alguacila, detalla el significado de esa pieza simbólica: “Son 3 bolas de pinole formadas en un collar. Representa un rosario que va a ser enrosado con el enrozo tradicional de aquí de Suchitlán”.
El momento más esperado llega con “la jugada”. En esa dinámica lúdica y ritual, los paspaques persiguen un torito de cartón que recorre las calles del pueblo. El torito simboliza la fertilidad, la abundancia y la renovación de los ciclos. La escena combina risas infantiles, música tradicional y polvo de pinole que se eleva en el aire.
Jorge, uno de los niños participantes, lo resume con sencillez: “Está chido, consiste en jugar con un torito, el pinole y eso”.
La jornada culmina con un acto de purificación en el río, reforzando el carácter espiritual de la celebración y cerrando el ciclo previo a la Cuaresma.
En Suchitlán, cada martes de Carnaval no solo se celebra una tradición: se reafirma la identidad de un pueblo que preserva con orgullo su herencia indígena, entre cantos, maíz y memoria.

