En el lugar donde durante años construyó trabajo, relaciones y comunidad, Eduardo Edy Ochoa recibió la noche de este miércoles el último adiós. Las instalaciones del Centro de Distribución Ochoa, en la comunidad de Cerro de Ortega, municipio de Tecomán, se convirtieron en el escenario de un homenaje de cuerpo presente que reunió a familiares, amigos, trabajadores y prácticamente a todo el pueblo.
El empaque, que durante años fue espacio de esfuerzo cotidiano y punto de encuentro para muchos trabajadores del campo, se llenó ahora de flores, abrazos y silencios cargados de dolor. La gente llegó vestida de blanco, un color que en muchas tradiciones simboliza paz, esperanza y la confianza en que el alma encuentra descanso.
No hubo discursos formales ni largas intervenciones. Quienes tomaron la palabra lo hicieron para algo sencillo y profundo: entregar a Edy a su gente y ponerlo en las manos de Dios.
Fue entonces cuando una voz de mujer rompió el silencio con una frase que quedó suspendida en el aire:
—“Disfrútenlo ahorita, despídanse de él… en su última fiesta.”
Y así lo hicieron.
Amigos y conocidos lo recordaban como un hombre alegre, relajado y siempre dispuesto a tender la mano. Sus trabajadores lo describían como un patrón justo, cercano, alguien que procuraba apoyar a su gente más allá de la jornada laboral. En la comunidad, muchos lo nombraban simplemente como un buen hombre.
La escena, sin embargo, tenía algo que llamaba la atención. En los velorios suele verse a las mujeres sosteniendo el llanto, pero esa noche también había muchos hombres con los ojos enrojecidos. Hombres de campo, acostumbrados a resistir el sol, el cansancio y la dureza del trabajo, que no pudieron sostener el peso del dolor.





Algunos lloraban en silencio. Otros bajaban la mirada o se abrazaban entre sí.
Era el dolor de una familia, pero también el de toda una comunidad.
Tras el homenaje, el cortejo fúnebre recorrió las calles de Cerro de Ortega, un pueblo que hoy se reconoce herido. La muerte de Eduardo Edy Ochoa —quien fue secuestrado y asesinado— ha provocado indignación y tristeza entre quienes lo conocieron.
Mientras el pueblo le daba el último adiós, también comenzó a levantarse una misma exigencia: justicia para un crimen que ha marcado profundamente a Tecomán y a su gente.

