Lun. Mar 16th, 2026

COLUMNA: La espiral de Elliot

Por Redacción Ago26,2025 #Opinión

La agenda 2030 y la educación

Por Juan Carlos Recinos

La Agenda 2030, con sus 17 objetivos de desarrollo sostenible, aparece en el horizonte como una promesa de redención global, un pacto planetario que busca la igualdad, la justicia y la dignidad humanas. Sin embargo, en el terreno concreto de la educación mexicana, ese horizonte se parece más a un espejismo que a una utopía alcanzable: un agua prometida que se disuelve en la aridez de la desigualdad histórica, la corrupción institucional y la discontinuidad política. La retórica internacional habla de “educación de calidad para todos”, pero, ¿qué significa esta frase en un país donde las escuelas carecen de electricidad, baños dignos o maestros preparados para enfrentar las exigencias de la contemporaneidad?

México se aferra a los discursos de la ONU como quien recita un credo sin fe, refugiado en estadísticas maquilladas para simular avances, mientras los niños en la sierra aprenden a leer en aulas de madera y las juventudes urbanas, atrapadas en la violencia, ven la escuela más como un territorio de riesgo que como una oportunidad de futuro. Eduardo Andere lo ha señalado con crudeza: en México se piensa la educación desde la coyuntura sexenal, con ocurrencias improvisadas, más que con políticas de estado sostenidas y con base en evidencia.

La Agenda 2030 demanda continuidad y visión de largo plazo, pero México ha hecho de la discontinuidad su cultura política. El problema no es de metas ni de planes, sino de estructuras anquilosadas, de un sistema educativo que mide aprendizajes en pruebas estandarizadas, pero es incapaz de atender la complejidad cultural y social de la nación. Y ahí reside la primera gran deficiencia: la Agenda 2030 es un proyecto global que supone que todos los países parten del mismo punto de arranque, cuando en realidad México carga con siglos de desigualdad, con un federalismo fragmentado y con inercias burocráticas que transforman cualquier ideal en simulacro.

La promesa de una educación inclusiva, equitativa y de calidad para todos, plasmada en el Objetivo de Desarrollo Sostenible número 4, choca con la realidad de un país donde la brecha educativa entre un niño en Monterrey y otro en una comunidad indígena de Chiapas no solo se mide en años de escolaridad, sino en acceso a internet, nutrición, maestros preparados y seguridad. La Agenda, como discurso, invita a imaginar una nivelación; como práctica, corre el riesgo de institucionalizar la simulación: informes bien redactados, metas cumplidas en el papel y un vacío en las aulas.

Uno de los peligros más grandes de la civilización moderna es confundir la retórica del progreso con el progreso real. Y lo que observamos en México es exactamente esa confusión: se adoptan discursos cosmopolitas, se colocan sellos de “ODS” en planes educativos, pero el fondo permanece corroído por la desigualdad y la falta de voluntad política. Octavio Paz escribió que “la modernidad mexicana es una modernidad rota”, fragmentada entre el deseo de alcanzar lo universal y la imposibilidad de superar sus propias sombras. La Agenda 2030 se inserta en esa modernidad quebrada, y la educación se convierte en el espejo donde vemos reflejado el fracaso colectivo: maestros que resisten reformas, pero también sufren la precariedad; autoridades que cambian de modelo educativo como quien cambia de eslogan de campaña; alumnos que enfrentan un futuro digital sin siquiera acceso a una computadora.

Se ha insistido en que la educación del siglo XXI no puede limitarse a transmitir información, pues vivimos en un Mundo donde la información está al alcance de cualquiera; debe formar la capacidad de discernir, de pensar críticamente, de adaptarse a un futuro incierto marcado por la inteligencia artificial, la biotecnología y la automatización. Y aquí la crítica es aún más devastadora: México está atrapado en una discusión sobre libros de texto, ideologías curriculares y batallas políticas, mientras el Mundo redefine qué significa aprender y qué significa ser humano en una era posthumana.

La Agenda 2030 podría tener beneficios si se asume con seriedad: significar financiamiento internacional, presión global para reducir brechas de género y de desigualdad, y la oportunidad de generar políticas de estado que trasciendan gobiernos. Podría, en un país con visión de futuro, servir como brújula ética y política para pensar la educación no como herramienta de control ni de adiestramiento laboral, sino como formación de ciudadanos críticos y creativos. Pero en el contexto mexicano, donde la estadística sustituye a la transformación y la simulación ha sido estrategia permanente, la Agenda 2030 corre el riesgo de convertirse en un cadáver burocrático más, enterrado junto a tantos planes nacionales de educación que nunca llegaron (ni llegarán) a cumplirse.

El juicio de conciencia debe dirigirse directamente a las autoridades educativas: ¿qué significa hablar de inclusión cuando millones de jóvenes abandonan la escuela para unirse a la economía informal o al crimen organizado? ¿Qué significa hablar de educación de calidad cuando los maestros, mal pagados y poco valorados, son arrojados a un sistema incapaz de brindarles formación continua y condiciones dignas? ¿Qué significa hablar de igualdad cuando el acceso al internet, herramienta fundamental del siglo XXI, se distribuye de manera profundamente desigual en un país atravesado por la pobreza?

Lo que está en juego no es solo cumplir con la ONU ni figurar en rankings internacionales, sino el futuro mismo de la nación. México debe preguntarse si quiere una educación que solo sirva para cumplir metas estadísticas o una que forme seres humanos capaces de sobrevivir y reinventarse en el torbellino del futuro. Y la respuesta, por ahora, es desoladora: el estado mexicano ha elegido lo primero, la simulación, el maquillaje, el espejismo.

La Agenda 2030 revela también un trasfondo político: la subordinación de los sistemas nacionales a una lógica global de control y estandarización. La obsesión por medir, por establecer indicadores, por comparar estadísticas internacionales ha llevado a que la educación se reduzca a números que nada dicen de la vida concreta de los estudiantes. No es la evaluación el problema, sino el fetichismo de la evaluación, la creencia ciega de que todo puede reducirse a tablas y porcentajes. Esta lógica, importada desde organismos internacionales, se convierte en un dogma que termina ahogando lo más humano del proceso educativo: la palabra, el pensamiento, la creación. México se ha sumado a ese dogma con entusiasmo burocrático, entregando informes y presentaciones de PowerPoint, mientras en las aulas reales se sigue repitiendo la pedagogía memorística, la disciplina autoritaria y el abandono material.

El problema no es solo la distancia entre el ideal y la realidad, sino la colonización de la imaginación pedagógica. La Agenda 2030 impone un marco conceptual que no necesariamente responde a las necesidades de un país profundamente heterogéneo y marcado por desigualdades históricas. Las modernidades impuestas desde fuera tienden a quebrarse al contacto con nuestra realidad mestiza y contradictoria: “somos contemporáneos de todos y a la vez extraños en todas partes”. La Agenda 2030 se convierte en un lenguaje extranjero que el sistema educativo mexicano repite sin convicción, incapaz de traducirlo en prácticas locales. El resultado es una educación esquizofrénica: global en los discursos, pero atrasada, excluyente y mediocre en los hechos.

Si a esto sumamos la irrupción de nuevas tecnologías, el panorama se torna todavía más inquietante. Yuval Noah Harari ha planteado que, en pocas décadas, la inteligencia artificial y la biotecnología transformarán radicalmente lo que significa ser humano. La educación, en ese contexto, no podrá seguir siendo la misma. Pero México se encuentra atrapado en un presente de carencias básicas que lo condena a discutir problemas del pasado mientras el futuro se despliega sin espera.

Russell advertía que la incapacidad de la humanidad para pensar en términos de largo plazo es la raíz de sus fracasos recurrentes; México encarna esa advertencia: discute la distribución de libros de texto cuando debería estar diseñando modelos educativos capaces de formar ciudadanos para un mundo donde el conocimiento se volverá obsoleto en cuestión de años ante los avances de la inteligencia artificial.

La crítica, sin embargo, no debe confundirse con nihilismo. La Agenda 2030 puede ser una herramienta útil, pero solo si se convierte en un marco flexible, adaptado a las particularidades de cada nación, y no en un dogma inmutable. Para México, los beneficios potenciales son claros: puede convertirse en una brújula que oriente políticas públicas hacia la equidad, la sustentabilidad y la inclusión. Puede ser la presión externa necesaria para que el Estado mexicano se vea obligado a mirar de frente su propia realidad educativa. Pero para que esto ocurra se requiere una honestidad política de la que hasta ahora carecen los gobiernos, atrapados en la lógica de la propaganda y en el cálculo electoral inmediato.

El desafío es mayúsculo: ¿cómo articular un proyecto educativo que no solo cumpla con los indicadores de la ONU, sino que responda a la profundidad cultural, histórica y social de México? ¿Cómo hacer que la educación no sea un simple instrumento de gobernabilidad, sino un acto de liberación? ¿Cómo construir un modelo pedagógico que integre las advertencias sobre el futuro de la humanidad, la lucidez crítica, la exigencia ética y la conciencia histórica del tiempo en que vivimos? Estas preguntas constituyen el verdadero examen que México debe rendir de cara al 2030.

Si la Agenda 2030 se reduce a propaganda, México habrá perdido no solo una oportunidad, sino una generación entera. La educación es el único instrumento real para construir un país distinto; sin ella, todo lo demás es simulacro. La crudeza de la verdad es ineludible: la Agenda 2030, si no se enfrenta con una transformación radical del sistema educativo mexicano, no será más que un monumento al fracaso colectivo.

No se trata de un simple programa incumplido, sino de un síntoma más de la enfermedad profunda que carcome a las instituciones: la adicción a la simulación, el culto a la estadística hueca, la incapacidad de sostener un proyecto de nación más allá del ciclo sexenal. México, en el terreno educativo, ha vivido atrapado en una repetición absurda: reforma tras reforma, promesa tras promesa, mientras los salones siguen vacíos de sentido y los estudiantes abandonados a su suerte.

Esa es la tragedia: la educación mexicana no fracasa por falta de diagnósticos ni de planes, sino por falta de voluntad, por una cobardía estructural que ha hecho de la resignación una política de Estado. En este punto, hablar de los beneficios de la Agenda 2030 sin denunciar la catástrofe es un acto de cinismo. La desigualdad estructural convierte cualquier objetivo en un lujo inalcanzable: ¿de qué sirve hablar de equidad cuando millones de niños padecen hambre? ¿De qué sirve invocar la inclusión cuando las comunidades indígenas son tratadas como un apéndice folclórico, sin voz ni poder en las decisiones? ¿Qué sentido tiene hablar de sostenibilidad cuando el sistema educativo sigue expulsando a jóvenes que se convierten en carne de cañón de la violencia?

La retórica de la ONU, bien intencionada y luminosa en sus ideales, se estrella aquí contra un muro de hierro: la corrupción, la violencia, la desigualdad, la indiferencia. He dicho que en las próximas décadas se producirá la mayor disrupción en la historia de la humanidad: los empleos desaparecerán, las identidades se redefinirán, la inteligencia artificial y la biotecnología pondrán en cuestión lo que significa ser humano. Frente a esa tormenta, México está entrando al campo de batalla con palos y piedras. Se necesita un pensamiento riguroso, racional, libre de supersticiones y dogmas; sin embargo, nuestro sistema educativo sigue alimentando el autoritarismo, la repetición mecánica, la obediencia ciega.

La brutalidad de este diagnóstico es necesaria: México no cumplirá con la Agenda 2030 en materia educativa. Y lo más devastador es que las autoridades lo saben y, aun así, insisten en el simulacro. La historia recordará estos años como un tiempo de discursos grandilocuentes y de generaciones sacrificadas. Porque cada día que una escuela permanece sin agua, sin maestros formados, sin seguridad, es un crimen contra el futuro. Cada niño que abandona la escuela para trabajar o sobrevivir en la violencia es una derrota que no se mide en cifras, sino en vidas truncadas. Y ese crimen no lo comete la pobreza sola, sino un Estado que ha preferido sostener la simulación antes que enfrentar con valentía su propia responsabilidad.

El verdadero desafío no es cumplir con la ONU, sino rescatar la dignidad misma de la educación en México. Y esa dignidad no se logrará con reformas cosméticas ni con programas importados, sino con un giro radical: un compromiso con el humanismo, con la formación de seres libres, críticos y creativos, capaces de habitar un futuro incierto. Si no se asume esta transformación, la Agenda 2030 quedará como una lápida más en el panteón de las utopías incumplidas, y la educación mexicana como el espejo roto de una nación que, habiendo tenido la oportunidad de reinventarse, prefirió hundirse en la comodidad del simulacro.

El porvenir no será piadoso: lo que se siembra hoy en las aulas se recogerá mañana en la sociedad. Y si seguimos sembrando abandono, violencia y simulación, lo que México recogerá será un país devastado, incapaz de sostenerse frente al mundo y frente a sí mismo. El futuro de México depende de si decidimos inventarnos como un pueblo que elige la verdad y la dignidad sobre la mentira y la resignación. De esa elección nacerá, inexorablemente, la luz o la ruina.

Bibliografía

Andere, E. (2018). El aprendizaje en tiempos de la era digital. Fondo de Cultura Económica.

Díaz Barriga, Á. (2009). Currículum: entre utopía y realidad. Universidad Nacional Autónoma de México.

Harari, Y. N. (2018). 21 lecciones para el siglo XXI. Debate.

Latapí, P. (2008). La educación que México necesita. Fondo de Cultura Económica.

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Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura [UNESCO]. (2021). Reimaginar juntos nuestros futuros: un nuevo contrato social para la educación. UNESCO. https://unesdoc.unesco.org/ark:/48223/pf0000379707

Paz, O. (1993). El laberinto de la soledad. Fondo de Cultura Económica.

Russell, B. (2001). La conquista de la felicidad. Paidós. (Trabajo original publicado en 1930).

Russell, B. (2010). Por qué no soy cristiano y otros ensayos sobre religión y temas afines. Laetoli. (Trabajo original publicado en 1957).

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