Vie. Mar 13th, 2026

COLUMNA: Ciencia y futuro

Por Redacción Mar13,2026

Cultura de paz en la universidad: entre el debate y la práctica cotidiana

Por Vanessa Cárdenas Novoa*

Entre el profesorado universitario conviven, al menos, dos posturas sobre la responsabilidad de educar para la paz. La primera sostiene que valores como el respeto, la empatía o la responsabilidad se aprenden en el hogar y que la universidad no debería asumir esa tarea. Desde esta perspectiva, la educación superior tiene como función central la formación académica y profesional; la formación ética correspondería principalmente a la familia.

La segunda postura reconoce que, aunque la socialización primaria ocurre en el ámbito familiar, la universidad no puede desvincularse de la dimensión relacional y ética de la formación. Enseñar no es solo transmitir conocimientos: implica modelar formas de diálogo, de ejercicio de la autoridad, de resolución de conflictos y de relación con la diversidad.

Si nos decantamos por esta segunda postura, la que asume un llamado ético y profesional, la pregunta ya no es si debemos contribuir a una cultura de paz, sino cómo lo estamos haciendo. Organismos internacionales como la Organización de las Naciones Unidas (ONU) han señalado que la cultura de paz es un conjunto de valores, actitudes y comportamientos que rechazan la violencia y buscan prevenir los conflictos atendiendo sus causas, privilegiando el diálogo, la negociación y la participación democrática. En el ámbito universitario, esto se traduce en prácticas concretas que favorecen el respeto, la equidad y la gestión pacífica de las diferencias.

Con el interés de comprender cómo se construye la paz en la universidad, se realizó una investigación con profesorado universitario de distintas disciplinas. La intención no fue evaluar programas institucionales, sino escuchar cómo las y los docentes conciben y viven la cultura de paz en su quehacer diario. Las respuestas permiten matizar el debate.

En primer lugar, muchas prácticas vinculadas con la paz emergen en la docencia cotidiana. En el aula, la cultura de paz se manifiesta en decisiones concretas: el trato igualitario, la justicia en la evaluación, la apertura al diálogo, la atención a la diversidad y la gestión no punitiva del conflicto. No siempre se nombran así, pero configuran climas de respeto y confianza.

En segundo lugar, aparece la dimensión socioemocional. Varias y varios docentes describieron estrategias para acompañar procesos de frustración, fomentar la escucha activa, promover la empatía o abrir espacios de reflexión sobre experiencias personales. Estas acciones no suelen figurar explícitamente en los programas, aparecen con más frecuencia en las actividades de tutoría e inciden directamente en la convivencia y en la forma en que el estudiantado aprende a relacionarse.

En tercer lugar, la investigación y la vinculación con sentido social también fueron señaladas como espacios donde se construye paz. El trabajo con comunidades, la sensibilización frente a la desigualdad y el contacto con realidades diversas permiten desarrollar una mirada ética que trasciende el aula. En estos escenarios, la paz se vincula con la justicia social y el reconocimiento de la alteridad.

Sin embargo, la investigación reveló algo más: muchas de estas prácticas no son reconocidas por el propio profesorado como parte de una cultura de paz. Varias y varios participantes señalaron no tener claridad sobre el concepto; incluso una docente comentó que tuvo que buscar su significado antes de la entrevista. Esta situación no refleja desinterés, sino una brecha entre el lenguaje institucional y la experiencia cotidiana.

Cuando las prácticas no se nombran, se fragmentan. Lo que podría convertirse en aprendizaje colectivo queda reducido a esfuerzos individuales. Además, si el concepto se percibe como abstracto o distante de los dilemas reales del aula, difícilmente se integra de manera consciente en la práctica docente.

En las entrevistas, varias y varios docentes señalaron que la institución podría desempeñar un papel más activo en este proceso. Desde su perspectiva, no basta con declarar la importancia de la cultura de paz en documentos oficiales; es necesario ofrecer espacios formativos situados y vinculados a los retos concretos que enfrenta el profesorado en el aula. Lejos de entender la formación como imposición, plantearon la necesidad de procesos reflexivos y continuos que permitan reconocer, sistematizar y fortalecer las prácticas que ya existen.

Tal vez el debate no deba centrarse únicamente en si la universidad es responsable de educar para la paz, sino en reconocer que, querámoslo o no, nuestras prácticas ya transmiten modelos de convivencia. Y si contáramos con mayor claridad conceptual sobre qué es la cultura de paz y cómo se construye en lo cotidiano, es posible que las posturas frente a esta responsabilidad también evolucionaran. Reconocer lo que hacemos es el primer paso para hacerlo con mayor conciencia y coherencia.

Este trabajo se desprende de un proyecto beneficiado por el programa de Fortalecimiento a la Investigación de la Universidad de Colima, que fue presentado en el Tercer Congreso Internacional de Divulgación de la Investigación Educativa y la Intervención Pedagógica el 20 de enero de 2026.

Para más información sobre el tema del presente texto, pueden consultarse el siguiente enlace https://www.cidieipdocencia.mx/programa/. 

Como capítulo de libro, se encuentra en proceso de edición.

*Coordinadora y profesora de la Maestría en Profesionalización e la Docencia de Lenguas Extranjeras de la Universidad de Colima.

Las opiniones expresadas en este texto periodístico de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a El Comentario.

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