Mar. Mar 17th, 2026

ARTÍCULO: Sumar páginas, divagaciones sobre la lectura y reseña para una iniciativa universitaria

Por Redacción Mar17,2026 #Opinión

Por Rubén Carrillo Ruiz

Martes con mi viejo profesor, de Mitch Albom, 120 pp.

La iniciativa de sumar páginas de la Universidad de Colima es ideal para practicar un género poco explorado: la reseña de libros en todas sus vertientes (descriptiva, informativa, académica, crítica, ensayística o comparada), sin otra intención que poner a circular sugerencias de un lector anárquico, que hojea volúmenes por hábito desordenado, elige muchos a la vez y abandona si no lo estremecen o aportan, con una expectativa secreta: coincidirán alguna vez y desparramarán sus sentidos. No he dejado olores, subrayados con lápiz y plumones fluorescentes, mis mojoneras impresas, pero de un tiempo a esta parte (como dice un viejo y bellísimo tango de los años 30 y que cantó Gardel) mi obsesión desbordada por la tecnología integró la pasión por los ejemplares digitales. A escondidas de la fiscalización doméstica, visité la tienda de Apple y compré unos Ipads de diferentes tamaños para contrargumentar hogareñamente que estos artilugios fortalecen mi costumbre lectora. Ya en serio, también tengo adquisiciones en las plataformas Ibooks y Google Books, más suscripciones abiertas en Scribd y Everand, donde el infinito es asequible.

Muchos lectores somos neciamente prejuiciosos, y esta discriminación impide desbrozar los obstáculos. Por ejemplo, en mi adolescencia y juventud experimenté el furor de leer a toda hora libros de autoayuda porque la biblioteca de mi tío José, en Coquimatlán, tuvo la obra completa de Dale Carnegie, Og Mandino y Juan Salvador Gaviota, que me volvieron valiente para tener 3 novias simultáneas, pero más inseguro por la inaplicabilidad en mi vida de sus liviandades de bestseller. Claro, esta conclusión es tardía, no de aquel tiempo convulso, de búsqueda. Pero también hubo más autores, que devoré, como Pablo Neruda, Alfonso Reyes, poesía uruguaya, argentina. Esos cimientos siguen siendo de utilidad debido a que en la insistencia, proximidad lectora, durante décadas, se perfilan filiaciones, afinidades electivas (diría Goethe)y, creo, definen estéticas.

Debí encontrarme con los escritos del filósofo argentino Alejandro Rozitchner, que iluminaron mi ignorancia de vincular nula calidad con un libro multivendido. Por esa estulticia (grado superlativo de la estupidez humana) evité autores que hoy, adulto mayor nada respetable, leo con fruición.

Es el caso reciente de Martes con mi viejo profesor, crónica íntima de las conversaciones que el periodista y escritor Mitch Albom mantiene con su antiguo profesor universitario de sociología, Morrie Schwartz, a quien vuelve a frecuentar luego de verlo en un programa televisivo donde anuncia que padece ELA (esclerosis lateral amiotrófica). Este librito, de apenas un centenar de páginas, me conmovió. Tal sacudimiento quizá provenga de mi proclividad a la nostalgia y melancolía, ventanas desde las cuales observo mi condición que envejece y añora. Este volumen vendió 15 millones de ejemplares y catapultó al periodista deportivo más premiado de EU a la fama global.

La historia inicia como una visita que se convierte en ritual cada semana, suerte de seminario final sobre el sentido de la vida, mientras Morrie se va apagando físicamente, pero se mantiene intelectualmente lúcido y afectuoso.

Estructurado en capítulos breves, alternados con evocaciones de la etapa universitaria de los años 60 y 70 (el libro fue publicado en 1997, en Estados Unidos, y traducido a una treintena de idiomas) y las lecciones de cada martes. Los temas —la muerte, el miedo, el envejecimiento, la familia, el dinero, el amor, el perdón, el trabajo— se abordan desde la experiencia concreta de Morrie y la mirada curiosa, a veces culpable, de Mitch, que enfrenta su propio ritmo frenético y su definición del éxito. La sencillez formal y el tono conversacional vuelven ágil y próxima a la lectura: escuchamos cómo 2 personas estimadas viven un tratado filosófico.

Mi lectura ya desprejuciada, fluida, indica que lo mejor del libro está en su honestidad emocional. Morrie evita el sermón distante: reconoce sus contradicciones, nombra sus miedos y propone prácticas cotidianas (aprender a desapegarse, cultivar la ternura, priorizar los vínculos sobre las cosas), sin consejos vacuos, ligeros, que pretendan redimir al lector de un plumazo, pero, lo más importante dialécticamente sustentado, invitarlo a plantearse preguntas. Mitch, por su parte, nunca fue discípulo perfecto; exhibe resistencias e incomodidad ante la progresividad fatal de la enfermedad misteriosa, que aún no tiene cura.

La efectividad narrativa, valoro, no se cae de los andamios, camina por el filo, pero depende del grado de tolerancia del lector al tono sentimental. Hay momentos en que la propuesta parezca demasiado directa o didáctica, y algunas formulaciones sobre la “cultura” y el “éxito”, generales o simplificadas. Quizá quien busque un análisis sociológico profundo o una prosa literaria experimental quede en medio de los turbiones. Pero es un libro que, ante todo, acompaña y consuela ante el advenimiento de la muerte.

Más allá de su fama —ha sido adaptado al teatro, cine y televisión—, la vigencia del libro se sostiene en su capacidad de provocar conversaciones. Es recomendable para lectores de todas las edades, especialmente a quienes atraviesan duelos, replanteos vitales o quieren una lectura breve, que deje huella.

Las opiniones expresadas en este texto periodístico de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a El Comentario.

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