Por Rogelio Camarillo Carrillo
En 1987, cuando cursaba el tercer semestre del Bachillerato 1 en Colima, tuve la oportunidad de ser becario en el Consejo Nacional de Recursos para la Atención de la Juventud (CREA). Aquellas tardes en el CREA no solo fueron un complemento a mi formación académica, sino un punto de inflexión en mi vida como joven. Este organismo, creado en 1977 para atender las necesidades integrales de la juventud mexicana, se convirtió en un espacio donde descubrí mi pasión por la cultura, el liderazgo y la comunidad, dejando en mí lecciones que aún resuenan en mi vida adulta.
El CREA de Colima era un hervidero de creatividad y entusiasmo, liderado por figuras que dejaron una huella imborrable. Recuerdo al maestro Zenén Campos Beas, delegado del CREA y exdirigente de la Federación de Estudiantes Colimenses (FEC), cuya visión guiaba el rumbo de la institución. A su lado, Gris, su secretaria, era el alma del lugar. Su eficiencia, amabilidad y sonrisa constante nos levantaban el ánimo en los días más grises. Gris no solo organizaba eventos con maestría, sino que también inspiraba con su calidez, demostrando que el liderazgo trasciende los cargos formales. Su entusiasmo era contagioso, y su capacidad para tomar decisiones fortalecía el espíritu colectivo del CREA.
Un semillero de talentos y amistades
El CREA era mucho más que un centro juvenil; era un cruce de caminos para jóvenes soñadores y talentosos. Ahí conocí a figuras como Rubén Martínez, un escritor que poco tiempo después fue pionero en el programa estatal de salas de lectura en la SEP, cuya pasión por la literatura me abrió los ojos a nuevas formas de expresión. También compartí momentos con Alberto Flores, un joven y carismático promotor cultural que colaboraba en la radio de la Universidad de Colima. Su partida prematura en 1995 dejó un vacío, pero su legado como impulsor de la cultura local permanece vivo en mi memoria. Otros compañeros, como Armando Manzo, Roberto Moreno, Alfonso Yepis, Juan Carlos Ávalos, Jesús Figueroa, Sergio Wong y otros, representaban la diversidad de talentos que convergían en el CREA, desde artistas como la pintora Reina Michel, hasta líderes en ciernes. Estas conexiones me enseñaron el valor de la colaboración y el respeto por las ideas de otros, lecciones que han guiado mis relaciones personales y profesionales hasta hoy.
El CREA era un epicentro de actividad cultural. Exposiciones, proyectos artísticos, sociales y eventos diversos llenaban el espacio de vida y creatividad. Participar en estas iniciativas me permitió explorar mi lado creativo y aprender a trabajar en equipo bajo presión. Además, la tienda Plan Joven, gestionada por Barraquiel, ofrecía ropa y artículos a precios accesibles, especialmente para quienes teníamos la tarjeta Plan Joven, brindaba descuentos en comercios locales y nacionales. Este programa no solo facilitaba el acceso a productos, sino que también nos hacía sentir incluidos y valorados como jóvenes, en aquellos tiempos que éramos casi invisibles para el sistema. La dimensión nacional del CREA, con sus albergues y centros turísticos, me abrió los ojos a la posibilidad de viajar por México a bajo costo, una oportunidad que, aunque no aproveché plenamente en ese momento, me inspiró a soñar en grande y a valorar la riqueza cultural de mi país.
Lecciones que perduran en la adultez
Mi paso por el CREA no solo fue una experiencia juvenil, sino un cimiento para mi vida adulta. Como joven, aprendí a valorar la importancia de la comunidad, el trabajo en equipo y el poder de la cultura para transformar vidas. El CREA me enseñó que los espacios dedicados a los jóvenes pueden ser motores de cambio, donde las ideas florecen y los sueños toman forma. Como adulto, llevo conmigo la resiliencia que Gris nos transmitía con su sonrisa, el compromiso del Maestro Zenén por liderar con propósito y la inspiración de compañeros como Alberto, cuya pasión sigue siendo un recordatorio de vivir con autenticidad. Estas lecciones me han ayudado a enfrentar desafíos, a construir relaciones significativas y a mantener viva mi curiosidad por aprender y contribuir a mi entorno.
El CREA, que operó de 1977 a 1988 antes de transformarse en la Conade, fue mucho más que un organismo gubernamental; fue un refugio para la juventud, un lugar donde los sueños encontraban eco. Mi experiencia como becario en 1987 me marcó profundamente, no solo por los eventos y las personas, sino por el sentido de pertenencia y propósito que me inculcó. Hoy, al mirar atrás, siento gratitud por haber sido parte de ese semillero de líderes y talentos. Sin pretensión alguna puedo decir que el CREA no solo formó al joven que fui, sino que moldeó al adulto que soy, comprometido con la comunidad, la cultura y los valores que hacen de México un país vibrante.
Las opiniones expresadas en este texto periodístico de opinión son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a El Comentario.

