Por Ruth Holtz*
La psicoterapia es una disciplina dentro del área de la psicología que nos ofrece múltiples alternativas para la confrontación de conflictos psíquicos difíciles de abordar dentro del núcleo de nuestros allegados, para el reconocimiento, la vivencia y la asimilación de emociones negativas o que por sus connotaciones es complicado comunicar o expresar a los que nos rodean.
Ahora bien, a pesar de que cada vez es más familiar para las personas “ir al psicoterapeuta”, sigue habiendo muchas confusiones acerca de lo que es una psicoterapia, de las necesidades que pueden hacer necesario un tratamiento, del tiempo que requiere dado que es un proceso, del papel del psicoterapeuta y del consultante dentro del espacio psicoterapéutico y de qué se puede lograr en nuestra persona al asistir a consultas de este tipo.
Con frecuencia asociamos la psicoterapia con la búsqueda de la salud, pues en sus inicios la psicoterapia atendía más exclusivamente a los enfermos mentales. De esta manera creemos que al asistir vamos a “ser curados” de algo que no sabemos bien qué es, pero que el psicoterapeuta nos lo va a decir. El problema de enfocar las cosas de esta perspectiva, aún en el área médica donde se originó, es que la persona que consulta no se hace responsable de su proceso, sino que se recarga pasivamente en el profesional para que le devele mágicamente su mal y con medios externos “nos cure”. Cuando en realidad la participación y el compromiso de la persona en su atención es crucial.
La psicoterapia guía al consultante para adquirir herramientas para enfrentar situaciones críticas de la vida, para atendernos en nuestros colapsos emocionales, para encontrar la manera de canalizar nuestro estrés, para resignar el pasado doloroso y para cambiar lo que se puede cambiar de nuestra vida, de nuestra expresión emocional, de nuestra forma de pensar y de creer.
También, y por sobre todo, la psicoterapia nos brinda “un espacio de contención emocional”. ¿Qué queremos decir con esto? A lo largo de nuestra vida vivimos y enfrentamos situaciones que con mucha frecuencia son desafíos para nuestras emociones, para nuestra cordura, para nuestra fe, para nuestra forma de pensar, para nuestros deseos de amor y cuidado, para nuestra vida en general. En esos momentos que pueden ser crisis como la de la adolescencia en la que queremos encontrar nuestra identidad independientemente de lo que nos quieran imponer nuestros padres, como el de la madre soltera que se enfrenta al hombre abandonador, como el de la persona que se pierde en la, a veces, abrumadora unión familiar en la que nada se puede hacer fuera de ella, como en la pérdida de un ser querido, de la salud o de la fe en la vida, en ambientes de violencia, como frente a una violación o la vivencia de una injusticia, en fin, frente a todas esas circunstancias que nos mueven los cimientos de la vida cotidiana y nos producen sufrimiento mental, emocional y/o físico. Pues bien, frente a estas situaciones difíciles, cargadas de emociones, de estrés y de dolor, la psicoterapia se vuelve el lugar en el que puedo desahogarme “sin que lo que diga se use en mi contra”, es decir, sin que repercuta en mis relaciones cercanas de manera negativa por “hacer confesiones “ en las que los demás se puedan sentir lastimados, comprometidos, señalados, y en efecto, a veces puede que sea realmente así. Podemos tener resentimientos, deseos de venganza, odio reprimido, miedo y hasta ganas de acercarnos amorosamente hacia alguna de las personas de nuestro entorno y si los tomamos como “el hombro en el que recargarme” y llorar o confesar nuestros sentimientos pudiera resultar negativo para nuestra relación. Y ciertamente en ocasiones traemos mucha carga negativa, que es como “basura psíquica” y los demás no son siempre ni en todos los momentos los receptáculos donde “vaciarnos” y desahogarnos, pues con el tiempo eso puede perjudicar los términos en los que se desenvuelven nuestras relaciones y nos puede llevar a incapacitarnos para poder asimilar las cosas por nosotros mismos sin estar “tirando la sopa” en todos lados. Seguramente nos hemos enfrentado a esa gente que todo el tiempo se queja y habla de lo mal que le va, de lo triste que está o de lo mal que está el trabajo, el clima, la economía y son personas que a la larga se les suele evitar. Tampoco esto quiere decir que nos tengamos que aguantar y padecer todo en silencio. Espacios como el que brinda el psicoterapeuta (hay otros como los que dan el sacerdote, el pastor, la comunidad religiosa, los grupos de ayuda) son esenciales para poder enfrentar la carga emocional que llevamos a cuestas en la inevitable experiencia de vivir con sus subidas y sus bajadas. Porque la vida no es estable todo el tiempo, necesitamos aprender como enfrentar los distintos momentos sin perder nuestro bienestar emocional y sin dejar de crecer como personas.
La psicoterapia es un espacio de contención porque es un lugar que en el que el psicoterapeuta participa para contener, retener, domar, guardar, abrazar, sostener todo aquello que sentimos y que nos abruma. Y poco a poco “irlo digiriendo”, ir comprendiendo lo que nos pasa, ir percatándonos de nuestra participación en dicha situación para poder cambiarla, y para aprender de la experiencia, conocer nuestra forma de ser, nuestros recursos y mejorar, crear nuevas alternativas de reacción, buscar otra forma de lograr lo que deseamos, enfocar nuestros puntos débiles y hacerlos crecer. Necesitamos quién nos contenga, para luego ser capaces de contenernos a nosotros mismos, de poder atender lo que sentimos y darle alivio y solución a los problemas que nos afectan, para encontrar alternativas y procurarnos el bienestar anhelado en la convicción de ir creciendo al mismo tiempo como personas. Un espacio de contención es un grupo de amigos, pero no siempre es sana la manera en que nos hacen sentir o las reglas que se imponen en él para pertenecer. En la psicoterapia estas reglas están fundadas en principios del desarrollo humano y de la generosidad que es cualidad indispensable de todo psicoterapeuta, quien “siempre tiene fe en que podemos cambiar”.
*Psicoterapeuta. Teléfonos: 312 330 72 54 / 312 154 19 40
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