Cuando la historia genética se convierte en destino
Por Laura L. Valdez Velázquez
Cada individuo posee en su ADN un conjunto único de genes, que corresponde a una memoria ancestral silenciosa que no solo determina nuestras características físicas, sino también cómo respondemos a enfermedades. Este código es un registro de la historia de sus antepasados que abarca sus costumbres, migraciones y las luchas que libraron para adaptarse a su entorno. La herencia genética, que recibimos de nuestros padres, nos confiere características singulares y, a su vez, puede influir, de manera a veces inadvertida, en nuestras fortalezas y vulnerabilidades ante ciertas enfermedades.
En ciertas comunidades indígenas del sur de México, como los pueblos mayas tzeltales y tzotziles asentados en las montañas de Chiapas, este legado genético ha permanecido relativamente inalterado. A lo largo de los siglos, estas poblaciones han mantenido escasa mezcla genética y han vivido en relativo aislamiento geográfico y cultural. Esta situación ha contribuido a la preservación de una identidad arraigada, pero al mismo tiempo ha moldeado su respuesta biológica ante diversas amenazas a la salud.
Una de estas amenazas es el tracoma, una enfermedad ocular infecciosa que puede conducir a la ceguera irreversible si no se detecta y trata oportunamente. A pesar de que esta enfermedad ha sido casi erradicada en muchas partes del Mundo, persiste en ciertas regiones de Chiapas, afectando principalmente a los grupos más vulnerables: niños y adultos mayores que viven en condiciones de pobreza, con acceso limitado a agua limpia o servicios médicos. A pesar de los avances médicos y campañas de prevención, el tracoma sigue afectando a personas de estas comunidades.
Pero, ¿por qué algunas, expuestas a un mismo entorno, desarrollan tracoma grave mientras que otras no? La respuesta, al menos en parte, podría residir en sus genes.
Un grupo de investigadores de la Universidad de Colima y del Colegio de la Frontera Sur en Chiapas se propusieron explorar esta interrogante y analizó exhaustivamente el ADN de individuos de estas comunidades que padecían tracoma avanzado, comparándolo con el de personas sanas del mismo entorno. Los resultados fueron reveladores: ciertas variantes genéticas aparecían con mayor frecuencia en aquellos que habían desarrollado la forma más severa de la enfermedad.
Estas variantes, que podemos entender como pequeñas alteraciones en un manual de instrucciones, están asociadas con la forma en que el organismo regula la inflamación. En el tracoma, la inflamación es una respuesta a la invasión de una bacteria; sin embargo, cuando es excesiva o descontrolada, daña los ojos. Las personas portadoras de estas variantes podrían ser más susceptibles a que esta inflamación persista sin control.
Es importante destacar que estas mismas variantes genéticas ya habían sido vinculadas en estudios previos con enfermedades como el cáncer o algunos trastornos hormonales, lo cual, sugiere que existen elementos en nuestra genética que no se limitan a una única condición, sino que modulan la respuesta de nuestro organismo ante diversas situaciones.
Dicho hallazgo no solo contribuye a una mejor comprensión de por qué el tracoma sigue afectando a ciertos grupos, sino que también invita a replantear la forma en que abordamos la salud de los pueblos originarios. Su historia genética, construida a lo largo de generaciones, puede representar una valiosa fuente de información para prevenir, diagnosticar y tratar enfermedades con mayor precisión.
Más allá del ámbito médico, los resultados nos recuerdan una verdad esencial: el destino de una comunidad no está determinado únicamente por sus condiciones materiales, sino también por su historia biológica. Esta historia no debe ser vista como una fatalidad, sino como una guía para actuar con conocimiento, respeto, equidad y prevención.
En un Mundo donde la medicina avanza hacia la personalización, reconocer la diversidad genética de las poblaciones se torna fundamental. En este contexto, las comunidades mayas no solo representan una parte del patrimonio cultural de México, sino también actores clave en una ciencia que busca desentrañar cómo nuestros orígenes influyen en nuestro presente, y cómo el cuidado de la salud debe considerar tanto el entorno como la herencia genética.
Porque a veces, lo que heredamos de nuestros antepasados no son solo costumbres o lenguas, sino también la forma en que enfrentamos las enfermedades. Y en esa memoria invisible llamada ADN, puede estar escrita una parte de nuestro destino.
Para conocer más del tema relacionado con el presente texto, puede consultarse el siguiente enlace: https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/39049478/
*Profesora e investigadora de la Facultad de Ciencias Químicas, de la materia de seminario de Investigación en el Doctorado en Ciencias Químicas (Facultad de Ciencias Químicas) y de la materia de Trabajo de Tesis en el Doctorado en Ciencias Médicas de la Facultad de Medicina de la Universidad de Colima
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