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ARTÍCULO: Los perros, compañeros de vida y muerte

Por Redacción Oct29,2025

Por arqueóloga Maritza Cuevas Sagardi y arqueólogo Rafael Platas Ruiz*

Para las civilizaciones mesoamericanas, la muerte no se concebía como un final absoluto, sino como una transición natural dentro de un ciclo continuo de transformación en el que todo ser viviente, incluida la naturaleza, estaba inmerso. En esta visión del Mundo, la muerte representaba un cambio de estado, un paso más en un proceso cósmico regido por la dualidad y el equilibrio de las fuerzas vitales. Este pensamiento dialéctico, que integraba vida y muerte como partes inseparables de un todo armónico, dio origen a un sistema de creencias que confería sentido mismo a la existencia.

Los rituales mortuorios eran una expresión tangible de dicha concepción. Las ofrendas funerarias, meticulosamente preparadas, no solo respondían a motivos simbólicos y espirituales, sino que cumplían una función práctica: facilitar el tránsito del alma hacia el inframundo o Mictlán. Este viaje se concebía como una travesía larga y peligrosa, repleta de obstáculos que el alma debía superar para alcanzar el descanso final. Para lograrlo, se le proporcionaban alimentos, objetos personales y, en muchos casos, representaciones animales que tenían por misión acompañarla y protegerla.

Entre esos animales, el perro ocupaba un lugar central. Diversas fuentes etnohistóricas, como las crónicas de Bernardino de Sahagún y Bernal Díaz del Castillo, documentan que los pueblos mesoamericanos creían que el alma del difunto debía cruzar un río en el inframundo con la ayuda de un perro. Esta criatura, capaz de ver en la oscuridad, fungía como guía y protector del espíritu. Por ello, era común que los perros fueran sacrificados y enterrados junto a sus dueños o que se colocaran esculturas de perros como ofrendas.

En el Occidente de México, particularmente en la región de Colima, este simbolismo está profundamente arraigado desde épocas tempranas. Las investigaciones arqueológicas han documentado esta práctica desde el Preclásico Medio (fase Ortices, aproximadamente 500 a.C.) hasta el periodo Clásico (fase Comala, aproximadamente 500 d.C.). Las esculturas cerámicas de perros halladas en contextos funerarios, muchas de ellas representadas en actitud vigilante o descansando, atestiguan la importancia de este animal tanto en la vida cotidiana como en el imaginario religioso.

Estos hallazgos, anteriores incluso a la hegemonía mexica y a la documentación colonial, confirman que la creencia en el perro como guía del alma no era exclusiva de un solo grupo, sino parte de un legado cultural común en Mesoamérica. Colima, con su rica tradición alfarera, se destaca como una de las regiones donde estas ideas se expresaron de forma más elocuente y temprana.

En suma, para los pueblos mesoamericanos, el perro no era simplemente un compañero de vida, sino un ser dotado de cualidades sagradas, capaz de transitar entre los mundos. Su papel como psicópompo1, como guía en el más allá, fue esencial en la ritualidad funeraria y en la concepción del ciclo vida-muerte-renacimiento.

Tal es el caso de los trabajos de salvamento arqueológico realizados por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) en los terrenos que hoy ocupa el fraccionamiento Real de Kanha, al norte de la mancha urbana del municipio de Villa de Álvarez. Allí se exploró un área de enterramiento situada sobre la ladera de un montículo de figura circular, característico de la topografía del valle de Colima. En ese espacio se recuperaron los restos de doce individuos, 5 de ellos presentaban ofrendas elaboradas en cerámica que materializaban, de manera muy realista, unos caninos. Los perros que fueron colocados para acompañar a personas adultas ejemplifican esculturas en posición sedente y vigilante, elaboradas mediante la técnica del modelado, usando una arcilla naranja a la cual se dio un acabado de superficie pulido, para posteriormente pintarlas en color rojo. Esta tonalidad era fundamental, ya que se creía que los perros de pelaje bermejo eran los únicos que podían desempeñar esta tarea.

Los rasgos de estos animales fueron representados por medio de líneas esgrafiadas e incisiones. Muestran en la parte superior de su cabeza un ahuecamiento muy ligado a su función, pues al parecer este tipo de esculturas también fueron empleadas dentro del ritual funerario como recipientes donde se vertían algunas bebidas que asistían al difunto durante su procesión por el inframundo.

Imágenes 1-3. En la primera ilustración vemos un contexto funerario donde la ofrenda estaba integrada por una escultura que representa un canino. En el segundo gráfico vemos la pieza tras su paso por laboratorio. En la tercera imagen se muestra una representación esquemática de un personaje acostado en una capilla con un perro abrazado y otro en sus pies. (Imágenes de Maritza Cuevas S.)

Díaz del Castillo, B. (1982). Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. Madrid: Instituto Gonzalo Fernández de Oviedo, C.S.I.C.

De la Garza, M. (2016). El perro como guía al inframundo. Arqueología Mexicana (ed. especial 125). (Artículo web). Recuperado de Arqueología Mexicana.

Sahagún, B. de (1970). Historia general de las cosas de Nueva España (Códice Florentino). Santa Fe / Salt Lake City: The School of American Research / University of Utah.

Valadez Azúa, A., & Rodríguez, M. J. (2010). El perro en el registro arqueozoológico mexicano. En V. L. Adams & C. A. R. Sewall (Eds.), Del animal al creyente: perros, religión y América nativa (pp. 45-68). Boulder: University Press of Colorado.

Wien, J. B. (2025). Xólotl: el dios perro de los mexicas. World History Encyclopedia. Recuperado de https://www.worldhistory.org/Xolotl/

*Investigadores del Centro INAH Colima


1 Un psicopompo es un ser, figura o deidad cuya función es guiar las almas de los muertos al más allá.

Las opiniones expresadas en este texto periodístico de opinión son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a El Comentario.

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