Lun. Mar 16th, 2026

Del estigma de hablar de minería a pensar en un día sin minería

Una de las cosas más difíciles de ser periodista especializado en temas de minería no es entender los procesos técnicos, ni descifrar permisos, concesiones o estudios de impacto ambiental. Lo verdaderamente complicado es cargar con el estigma. Decir que escribes sobre minería y sentir cómo, de inmediato, el gesto del otro se endurece: devastación, saqueo, corrupción, despojo. Un negocio oscuro, poco comprendido, fácil de condenar y difícil de explicar.

Durante años yo mismo dudé. Dudé del lugar desde el cual narraba, del filo ético de contar una historia que, para muchos, no admite matices. Pero con el tiempo -y con la observación cotidiana- me di cuenta de algo incómodo y contundente: la vida como la conocemos no puede existir sin la explotación de los minerales. El verdadero reto no es negar la minería, sino exigir que se haga de manera responsable, ética y legal.

Para entenderlo, basta con intentar un ejercicio sencillo -y brutal-: imaginar mi día sin minería.

Empiezo por la mañana. Suena la alarma del celular. Bueno, no: no suena nada. El teléfono desaparece antes de existir. El litio de la batería, el cobre de los circuitos, el silicio de los chips, el oro microscópico que permite la conducción eléctrica… todo eso viene de la tierra. Sin minería, no hay pantalla que ilumine la habitación.

Me levanto a oscuras. Literalmente. Los cables eléctricos que recorren las paredes de la casa llevan cobre. Sin él, no hay corriente, no hay foco, no hay café. El interruptor es apenas un gesto inútil.

Camino al baño y el siguiente golpe es seco: no hay agua. Las tuberías que la conducen -de cobre, acero o aleaciones– también dependen de minerales. Tampoco hay gas para calentarla. La ducha se convierte en una idea abstracta.

Miro alrededor. Las paredes que me rodean ya no están ahí como las conocía. Las estructuras de la casa, las varillas, las vigas, los clavos: hierro. El concreto mismo, sostenido por arena sílica y minerales triturados, empieza a desmoronarse en mi imaginación. El hogar deja de ser refugio y se vuelve una intemperie.

Salgo -o intento salir- y me topo con las ventanas. O más bien, con el vacío donde deberían estar. El vidrio necesita cuarzo, sílice, minerales procesados a altas temperaturas. Sin minería, no hay transparencia, no hay protección contra el viento, no hay ciudad mirando hacia afuera.

Quiero trabajar. Abro la laptop. Error: la laptop nunca existió. Los microchips llevan oro, plata, cobre; las pantallas dependen de tierras raras; las baterías vuelven al litio. Mi oficio, el Periodismo Digital, se queda sin herramientas. No hay notas, no hay investigación, no hay publicación.

Sigo quitando cosas. El automóvil: acero, aluminio, cobre. El transporte público: rieles, cables, motores. La señal de internet: kilómetros de cableado, centros de datos sostenidos por metales. Incluso el papel en el que podría escribir a mano depende de procesos industriales alimentados por energía, infraestructura y minerales.

Al final del ejercicio, no queda casi nada. Ni ciudad, ni tecnología, ni casa, ni rutina. Apenas un cuerpo parado sobre la tierra, sin mediaciones, sin prótesis materiales. Una vida que ya no es la nuestra.

Ahí entiendo -con una claridad incómoda- que el debate no puede ser minería sí o no. Esa es una trampa simplista. El verdadero dilema es cómo. Cómo se extrae, bajo qué reglas, con qué límites, con qué responsabilidades sociales, ambientales y laborales. Cómo se vigila, quién rinde cuentas, quién se beneficia y quién paga los costos.

Como periodista, cargar con el estigma sigue siendo parte del trabajo. Pero también lo es incomodar las certezas fáciles. La minería no es un fantasma lejano: está en mis manos, en mis palabras, en el dispositivo desde el que escribo este texto. Negarla no la hace desaparecer. Exigir que se haga bien, quizá sí nos permita seguir viviendo -y contando- el Mundo que habitamos.

Autor

Related Post

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *