Lun. Mar 16th, 2026

COLUMNA: Ciencia y futuro

Por Redacción Ene12,2026

Tu retiro, tu accidente, tu problema: la solidaridad perdida

Por José Armando Ramírez Hernández*

Imagina por un momento que estás en una comida familiar. Todos ponen algo en la mesa: unos traen el guisado, otros los refrescos y alguien más el postre. Si a alguien se le cae su plato o no le alcanzó para traer algo ese día, entre todos lo ayudan para que nadie se quede sin comer. Eso, en palabras sencillas, es la solidaridad. Durante mucho tiempo, así funcionaba la seguridad social en el mundo y en México: como una gran mesa compartida donde, si te pasaba algo, el grupo te respaldaba.

Sin embargo, en las últimas décadas, nos cambiaron la jugada. De esa mesa compartida pasamos a un restaurante donde cada uno paga su cuenta. Si te alcanza, comes; y si se te cae el plato, es tu problema. Este cambio no es solo una metáfora; es la realidad que vivimos millones de trabajadoras y trabajadores mexicanos desde que el sistema de pensiones cambió radicalmente en 1997, pasando de un modelo solidario a uno de cuentas individuales.

Un análisis reciente sobre nuestras leyes nos invita a abrir los ojos sobre algo que damos por hecho: ¿qué pasa realmente cuando sufrimos un accidente en el trabajo? La respuesta corta es que, bajo el sistema actual, el costo de tu desgracia podría estar saliendo, en parte, de tu propio bolsillo futuro.

Para entender esto, hay que desempolvar un poco la historia. Hace más de cien años, cuando las fábricas empezaban a llenarse de máquinas peligrosas y personal obrero sin experiencia, el mundo entendió que los accidentes no eran “mala suerte”, sino una consecuencia natural del trabajo. Se decidió entonces que las personas patronas, quienes se beneficiaban de ese trabajo, debían pagar por los riesgos. A esto se le llamó “responsabilidad patronal”. Era un trato justo: yo pongo mi fuerza de trabajo, tú me proteges si me lastimo.

En México, durante gran parte del siglo XX, la Ley del Seguro Social funcionó bajo un principio de solidaridad. Las personas patronas pagaban cuotas que iban a un fondo común. Si una persona obrera se lastimaba, el dinero salía de ese fondo, no de los ahorros de sus compañeras o compañeros, ni de los suyos propios. Era la sociedad y las empresas cuidando a las personas. Pero cuando copiamos el modelo económico de otros países, específicamente el de Chile en los años 80’s del siglo pasado, la lógica cambió.

Hoy en día, vivimos bajo el esquema de “capitalización individual”. Tienes tu cuenta, tu Afore, y lo que logres juntar allí es lo que tendrás para tu vejez. El problema surge cuando mezclamos esto con los riesgos de trabajo. La investigación señala una injusticia técnica, pero dolorosa: para financiar ciertas pensiones por accidente, se toma en cuenta el saldo que tú personalmente has ahorrado. Es decir, se pierde esa protección colectiva y se le carga la mano a la persona trabajadora, obligándola a financiar su propia “reparación” con los ahorros de toda su vida.

Esto nos lleva a una reflexión profunda sobre qué tipo de sociedad queremos ser. Las personas expertas sugieren que aferrarnos a la vieja idea de que “la persona patrona paga porque es la responsable del riesgo” ya no es suficiente; incluso, puede ser perjudicial si se combina con cuentas individuales. La propuesta es migrar hacia una responsabilidad social. Esto significa reconocer que, si alguien se rompe la espalda trabajando, no es solo un problema entre la persona trabajadora y la persona patrona; es un tema que nos incumbe a todas y todos como sociedad.

La seguridad social no debería ser un lujo ni una cuenta de banco. Es un derecho humano que garantiza algo llamado “mínimo vital”. Este concepto es bellísimo: significa que, pase lo que pase, nadie debería vivir con el miedo a la miseria. Significa tener un piso firme bajo los pies que nos permita vivir con dignidad, tengamos salud o no, seamos personas jóvenes o adultas o adultas mayores.

Es curioso que incluso en Chile, el país que inventó el sistema de cuentas individuales que hoy usamos, ya se dieron cuenta de que el modelo puro no funciona. Allá intentan regresar a esquemas mixtos, donde la solidaridad vuelva a ser protagonista para mejorar las pensiones de la gente. Mientras tanto, en México parecemos seguir atoradas y atorados en un esquema que nos aísla.

Recuperar la solidaridad en nuestras leyes no es un capricho nostálgico. Es una necesidad urgente para humanizar el trabajo. Necesitamos que las pensiones por riesgo de trabajo se financien de nuevo mediante fondos comunes reales, donde las aportaciones de las empresas sirvan para proteger a cualquiera que lo necesite, sin tocar los ahorros individuales que tanto esfuerzo costó reunir.

Al final del día, el trabajo debería ser la fuente de nuestro bienestar, no el origen de nuestra desprotección. Volver a mirarnos como una colectividad, y no como millones de islas individuales luchando por sobrevivir, es el primer paso para construir un futuro donde envejecer o accidentarse no sea una condena, sino una etapa de la vida respaldada por la fuerza de todas y todos. Porque en una sociedad verdaderamente justa, cuando una persona cae, todas las demás ayudan a levantarla. Parte de este trabajo fue presentado en las Jornadas de Estudios Latinoamericanos del Colectivo de Estudios Latinoamericanos de Barcelona. Para saber más consultar publicación en el siguiente link:

https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=10363909

*Estudiante del Doctorado Interinstitucional en Derecho de la Universidad de Colima.

Las opiniones expresadas en este texto periodístico de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a El Comentario.

Autor

Related Post

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *