El futuro del confort térmico en la vivienda mexicana
Por Mario Filomeno Cabrera Sandoval*
En México, millones de familias habitan viviendas construidas bajo un mismo prototipo, repetido a lo largo del país sin considerar que cada región enfrenta condiciones climáticas diferentes. En los climas cálido-subhúmedos —como los que predominan en el occidente y sur del territorio— esta práctica tiene un impacto directo en el bienestar de las personas, que conviven diariamente con altas temperaturas, humedad constante y la necesidad permanente de refrescar los espacios interiores. La pregunta es inevitable: ¿cómo lograr hogares más frescos sin depender exclusivamente del aire acondicionado?
La respuesta se encuentra en algo que parece sencillo, pero que durante décadas se pasó por alto: diseñar tomando en cuenta el clima. Hasta los años noventa, la idea dominante era que cualquier edificio podía resolver sus necesidades ambientales utilizando sistemas mecánicos, como ventiladores o aires acondicionados. Pero hoy enfrentamos un escenario distinto. El aumento de las temperaturas extremas, los episodios de calor prolongado y los costos crecientes de la energía exigen soluciones más inteligentes y sostenibles.
Las olas de calor —periodos de más de 2 días con temperaturas muy elevadas— ya no son fenómenos excepcionales. Son cada vez más frecuentes y afectan con mayor fuerza a quienes viven en viviendas mal diseñadas o construidas con materiales que no ofrecen protección ante el calor. Esto vuelve especialmente vulnerable a la vivienda social, que suele fabricarse con rapidez, bajo costos estrictos y sin atender las particularidades ambientales del sitio donde se construye.
En este contexto, la investigación científica juega un papel esencial. Uno de los temas que se ha estudiado con mayor profundidad es la resiliencia térmica, es decir, la capacidad de una vivienda para mantener condiciones confortables aun en eventos extremos como olas de calor o fallas eléctricas. La clave está en las llamadas estrategias pasivas, que no requieren energía y funcionan gracias al diseño mismo del edificio: la orientación adecuada, la ventilación natural, los sombreados y la elección de materiales.
Para comprender cómo pueden aplicarse estas estrategias en la vivienda mexicana, tomemos como ejemplo un estudio realizado con un prototipo típico de vivienda de interés social de 57 metros cuadrados. Este tipo de casa, ampliamente construido en el país, tiene muros de tabique, losa de concreto y vanos que reciben grandes cantidades de radiación solar durante el día. Bajo las condiciones cálido-subhúmedas, estas características provocan que el interior se caliente rápidamente y se mantenga así prácticamente todo el día y la noche.
El experimento consistió en simular diferentes configuraciones de diseño para evaluar cómo cambiaba la temperatura interior de la vivienda. Primero se analizó la influencia de la orientación. Aunque parezca un detalle menor, girar ligeramente la casa respecto al norte puede reducir la cantidad de radiación solar que llega al interior. De hecho, una rotación de apenas 22.5 grados mejoró de manera notable las horas dentro de la zona de confort térmico.
Después se evaluaron distintos modelos de sombras en las ventanas, esenciales en climas donde el sol incide con fuerza durante la mayor parte del año. No se trata solo de bloquear la radiación: la sombra debe permitir el paso del viento, ya que la ventilación natural es uno de los mecanismos más eficaces para refrescar el hogar. Las simulaciones mostraron que un volado con un ángulo de protección de 40 grados fue el que mejor desempeño tuvo, aumentando considerablemente las horas de confort y reduciendo el ingreso de calor.
Los resultados son claros: las decisiones de diseño pueden marcar la diferencia entre una vivienda sofocante y una vivienda confortable. Reducir las ganancias solares, permitir y dirigir la ventilación, y planear desde el inicio la orientación adecuada no solo mejora el bienestar de quienes habitan los espacios, sino que también reduce el consumo energético. Y esto es crucial en un país donde muchas familias dependen de equipos de aire acondicionado cada vez más necesarios pero costosos, tanto en términos económicos como ambientales.
Además, estas soluciones pueden implementarse tanto en viviendas nuevas como en procesos de rehabilitación. Algo tan simple como agregar sombras, plantar vegetación estratégica o revisarlo todo desde la etapa de proyecto tiene un impacto directo en la salud y calidad de vida de las personas.
Frente al cambio climático, la arquitectura no puede continuar construyendo como si todas las regiones fueran iguales. Cada sitio tiene su propio clima, y cada comunidad necesita soluciones adaptadas. Las estrategias pasivas representan una oportunidad accesible y efectiva para que las viviendas masivas tengan un mejor desempeño térmico y, al mismo tiempo, contribuyan a disminuir el consumo energético.
Hoy más que nunca, la ciencia aplicada a la vivienda puede ofrecer respuestas concretas a los desafíos ambientales. Y el camino hacia hogares más frescos, eficientes y resilientes comienza con una simple idea: construir entendiendo al clima, no ignorándolo.
Para más información sobre el presente tema puede consultarse entre las páginas 328-333 del siguiente enlace:
https://doi.org/10.37190/PLEA_2024
*Profesor por horas de la Facultad de Ingeniería Civil de la Universidad de Colima.
Las opiniones expresadas en este texto periodístico de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a El Comentario.

