El derecho a ser uno mismo en el lugar de trabajo
Por José Armando Ramírez Hernández*
Todos hemos experimentado alguna vez una ligera ansiedad ante el “primer día de trabajo”. Queremos agradar, demostrar que somos profesionales y hacernos un hueco. Pero para millones de personas en México la ansiedad no desaparece a la primera semana. Para ellos ir a trabajar es ponerse una “máscara”, medir lo que se dice y, muchas veces, ocultar a quién aman, quiénes son, para evitar ser despedidos o recibir burlas crueles en el trabajo.
Hablamos de la comunidad LGBTI+ en México, una comunidad colorida que ya cuenta con cinco millones de personas; es decir, que una de cada veinte personas con edad superior a los quince años en nuestro país forma parte -de manera consciente- de esa diversidad. Son nuestros compañeros de oficio, nuestros jefes, quienes nos atienden en los bancos o enseñan a nuestros hijos e hijas. Sin embargo, a pesar de ser tantos (aunque reconoce que el orden de magnitud de su cifra es estimado), la estadística nos cuenta una historia triste: su satisfacción de una situación laboral es notablemente más baja (como mínimo un 25% inferior a la del resto de la población). El por qué, porque ya lo sabemos: miedo y discriminación.
A veces pensamos que la discriminación es cosa del pasado, pero los datos son fríos: casi el 30% de las personas de la diversidad sexual ha sufrido algún trato desigual en su trabajo. Ejemplos de ello son que uno reciba menos beneficios o que uno tenga que soportar comentarios ofensivos. Revisando cifras, nos damos cuenta de que la realidad es mucho más dura para las personas trans. De hecho, pueden encontrarse con las barreras más altas que hay: desde no poder encontrar trabajo a tener que soportar la violencia directa en sus centros de trabajo.
Una vez aquí, basta hablar claro sobre lo que dice la ley, pues ella nos acompaña, aun cuando algunas veces no nos acompañe. La Constitución prohíbe claramente que lo hagamos por la opción sexual de cada uno o por su género. La Ley Federal de Trabajo también nos habla de uno de los conceptos más bellos que hemos encontrado, el trabajo digno. El trabajo digno no es solo el de buena paga, sino el que respeta la dignidad de cada uno de sí; el que no discrimina por dejar ser en la vida quien se es.
Los especialistas se refieren a ello con el término “vulnerabilidad interseccional”. Puede parecer complejo, pero es sencillo: piensa que, si la etiqueta de “empleado” ya te hace vulnerable frente un jefe con poder, si a dicha etiqueta le añades una etiqueta de pertenencia a una minoría sexual, entonces incrementas tu vulnerabilidad.
La buena noticia es que el sistema legal mexicano está tomando nota. Hace poco surgieron herramientas de protección a la voz que se atreve a manifestarse. Imagina que te despiden sin justificación alguna debido a tu orientación sexual. La cuestión que te angustia en relación con su inminencia es: “¿Y si me da un infarto durante el proceso de la litis?”. Bueno, pues ahora los jueces tienen la facultad (y la obligación) de ordenar “medidas cautelares”. Este concepto alude a que, durante la tramitación de la litis, el juez ordenará al IMSS que siga prestando su servicio médico. Eso es importante porque garantiza que la lucha de tus derechos no te cueste tu salud.
Este cambio es enorme. Significa que el Estado reconoce que la salud y la seguridad social son derechos humanos que no se pueden apagar como un interruptor solo porque un patrón decidió discriminar. Es un paso hacia una justicia integral, donde los jueces ya no son solo espectadores, sino garantes activos de que nadie se quede desamparado por ser quien es.
Entonces, ¿qué nos toca a nosotros como sociedad? Nos toca entender que un ambiente laboral sano no es solo aquel que tiene aire acondicionado y café gratis, sino aquel donde cada persona puede llevar su “yo” completo a la oficina sin miedo. La ley ya pone los cimientos para un futuro más justo, donde el talento se mida por la capacidad y no por la identidad. Nos toca a nosotros construir esa cultura día a día, para que el momento de checar tarjeta sea el inicio de una jornada productiva, y no el momento de volver al clóset. Porque al final, el trabajo dignifica, pero solo si nos permite ser libres.
Para más información puede consultarse el siguiente enlace: https://doi.org/10.5281/zenodo.14632472
*Estudiante del Doctorado Interinstitucional en Derecho de la Universidad de Colima.
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