¿Y si no soy el docente ideal? Confesiones desde el aula
Por Joel Nino Jr.
Pocas profesiones cargan con una expectativa tan implícita como la docencia: la de presentarse ante otros y otras como una figura sin dudas. En el imaginario colectivo, la persona docente suele ser vista como alguien que siempre sabe qué hacer, que no duda y domina su materia y aula sin fisuras. Sin embargo, en la intimidad del aula, esa idea de perfección suele convertirse en un peso silencioso.
Detrás de la cátedra y las lecciones preparadas, muchos de nosotros llevamos preguntas que rara vez verbalizamos, precisamente por el temor a romper la imagen de seguridad absoluta. Esas reflexiones son las que hoy quiero poner sobre la mesa, como un ejercicio de honestidad profesional y en búsqueda de una práctica docente que se permita dudar sin culpa, reconocerse inacabada para seguir construyéndose en el encuentro con las y los estudiantes.
1. ¿Estoy guiando el proceso de enseñanza-aprendizaje de la manera adecuada? Aparece en lo cotidiano, en una mirada que se pierde, en una clase que no termina de fluir o incluso cuando todo “sale bien”, pero algo inquieta. Dudamos porque sabemos que nuestro papel no es transmitir contenidos, sino facilitar que el aprendizaje tenga sentido para otras y otros, y nos preguntamos si realmente estamos acompañando como hoy se necesita.
2. ¿Mis estudiantes están aprendiendo o solo están cumpliendo? Surge al revisar trabajos o evaluaciones que, aunque correctas, no siempre reflejan comprensión real. Nos confronta con los límites de la evaluación y nos obliga a preguntarnos qué entendemos, de verdad, por aprender.
3. ¿Estoy siendo justo al evaluar? Aparece cuando asignamos una calificación sabiendo que detrás de un número hay trayectorias, contextos y esfuerzos distintos. No debilita nuestra labor; nos recuerda que cada calificación tiene consecuencias y que, por ello, evaluar es siempre un acto ético situado.
4. ¿Lo que acompaño en el aula realmente les servirá en el futuro? Esta duda nos lleva más allá del semestre y del programa. Nos enfrenta a la tensión entre cumplir contenidos y formar para la vida, y nos obliga a revisar qué aprendizajes vale la pena propiciar.
5. ¿Mi preparación está a la altura de lo que hoy se requiere? Aparece cuando el contexto cambia más rápido que nuestras certezas. Esta reflexión nace del reconocimiento de que quien acompaña procesos de aprendizaje también sigue aprendiendo.
6. ¿Estoy sabiendo leer a mis estudiantes más allá de lo académico? Surge cuando intuimos que algo no está bien, aunque el rendimiento no lo diga. Nos recuerda que enseñar implica mirar personas completas, no solo resultados, y que en ese ejercicio a veces se nos requiere escuchar, orientar o contener, aun cuando esas funciones no siempre estén claramente definidas dentro de nuestro rol docente.
7. ¿Mi forma de enseñar motiva o desgasta? Aparece frente a la apatía, los silencios o la participación que se apaga. Es una pregunta incómoda, pero necesaria para revisar ritmos, exigencias y vínculos.
8. ¿Sigo disfrutando enseñar o solo estoy resistiendo el ritmo? Surge cuando el cansancio pesa más que el entusiasmo. No siempre habla de vocación, sino de sobrecarga. Reconocerla es una forma de cuidado profesional.
9. ¿Estoy dejando huella o solo cumpliendo una función? Aparece, casi siempre, al final de un ciclo. No busca protagonismo, sino sentido. Es el deseo de que nuestra presencia en el aula signifique algo para alguien más.
10. ¿Qué pasaría si admito que no tengo todas las respuestas? Quizá sea la más difícil de decir en voz alta. Tal vez asumir el límite sea el gesto más ético de la docencia, no para renunciar al saber, sino para abrir el aula a la pregunta, al diálogo y a una pedagogía que se sostiene en la honestidad.
Tal vez el problema no sea no encajar en la visión del docente ideal, sino haber creído que esa figura existe. Enseñar no es un ejercicio de perfección, sino de acompañamiento; no de certezas absolutas, sino de atención constante. En un aula viva, atravesada por historias, ritmos y contextos diversos, la duda es una forma de cuidado, porque quien se pregunta, quien se revisa y se permite aprender junto a otras y otros, no enseña menos, enseña mejor. Y quizá ahí, en esa pedagogía inacabada y honesta, se encuentre la forma más digna de habitar la docencia.
*Pedagogía en voz alta es una columna de la Facultad de Pedagogía. El autor de esta colaboración es secretario general de la Universidad de Colima y profesor en esta facultad.
Las opiniones expresadas en este texto periodístico de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a El Comentario.

