Certezas
Por Jorge Vega
Mi padre nunca pudo ser generoso con nosotros, sus hijos. Sus prioridades fueron la conquista de mujeres, los amigos, las parrandas, el trabajo. Fue un hombre que jamás logró encontrar su propia voz. Era, también, un hombre violento. Siempre le tuvimos miedo y rencor, al mismo tiempo.
Sin embargo, pocos días antes de su muerte, cuando las costuras de nuestro mundo familiar empezaron a romperse, un aire de orfandad, de falta de certezas, llenó los huecos de nuestras conversaciones. Uno se puede acostumbrar al dolor, a la violencia, incluso al placer, pero nunca a la incertidumbre.
He vuelto a experimentar esa sensación ahora que el reino de Estados Unidos se está resquebrajando. Estados Unidos es un imperio que jamás fue generoso con nosotros, los que vivimos en Latinoamérica; siempre nos vio como objetos, jamás como seres humanos.
Ese imperio siempre fue violento, beligerante, chato de ideas como nación, pero con la gente más talentosa y brillante de su tiempo, como lo fue el Roma antes de su caída.
Sin embargo, también daba certezas y el espacio suficiente como para tener una vida familiar y personal relativamente normal. Era estable y predecible como una cárcel, pero al fin de cuentas generaba caminos por los cuáles transitar y casas en las que mucha gente pudo habitar y prosperar.
Como mi padre, Estados Unidos está muriendo desde el interior, no por el ataque de sus enemigos, sino por sus propios excesos. Es un país que también genera miedo y rencor, sobre todo en la gente que no vive resguardada dentro de sus fronteras.
Cuando cae un imperio, dicen los estudiosos, se rompe el marco moral histórico, crecen la violencia y la incertidumbre, la gente comienza a vivir en duelo, y al buscar un nuevo sentido, un nuevo rumbo (en la antigua Roma fue el cristianismo), surgen nuevas creencias, nuevos órdenes.
Como dijo Gramsci en sus Cuadernos de la cárcel: “La crisis consiste precisamente en que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer; en ese interregno se verifican los fenómenos morbosos más variados”. Nacen monstruos.
Sin embargo, en esa caída surgen también espacios de libertad o formas nuevas de vivir, ya sin la presencia asfixiante del imperio. Nuestra familia debió reconfigurarse y todos seguimos viviendo, sin nostalgia, porque la vida, más allá de imperios y tiranías, es un regalo, es lo único real, y como dice Un curso de milagros: “Nada real puede ser amenazado. Nada irreal existe. En esto radica la paz de Dios”.
Las opiniones expresadas en este texto periodístico de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a El Comentario.

