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COLUMNA: Ciencia y Futuro

Por Redacción Ene30,2026 #Opinión

Universidad, inclusión y cultura de paz ante la violencia delictiva

Por Briseda Noemí Ramos Ramírez*

En distintas regiones de México, la violencia se ha convertido en parte del paisaje cotidiano. Estados como Colima, así como otras entidades de la república, han vivido en los últimos años un escenario complejo marcado por la inseguridad, el miedo y la fragmentación del tejido social. Esta realidad no se queda en las calles ni en las cifras oficiales, sino que también atraviesa la vida diaria de las personas y llega, inevitablemente a los espacios educativos. Asimismo, las universidades se encuentran inmersas en estos contextos y enfrentan el reto de formar estudiantes en medio de entornos caracterizados por la violencia.

Aunado a este escenario, se suma el contexto internacional, marcado por la tensión política entre México y Estados Unidos en torno a la lucha contra la delincuencia organizada; en el que el debate sobre estrategias de seguridad, control fronterizo, tráfico y responsabilidades compartidas, entre otros, ha generado discursos polarizados que influyen en la percepción social de la violencia. Para la población joven, estos discursos no son abstractos, refuerzan sensaciones de incertidumbre y desconfianza, que influyen en sus rutinas y emociones. En este marco, el tema de la violencia deja de ser solo un problema de seguridad pública y se convierte en un desafío social, político y educativo.

Para el alumnado universitario, estudiar hoy, implica convivir con la incertidumbre, modificar rutinas por razones de seguridad y enfrentar tensiones emocionales derivadas tanto del contexto local como del discurso político que rodea a la violencia. En este escenario, la universidad adquiere un papel fundamental no sólo como institución formadora de profesionales, sino como espacio de reflexión crítica frente al problema.

Si bien, hablar de inclusión en la universidad significar reconocer la diversidad de trayectorias, experiencias y condiciones de vida de las y de los estudiantes y garantizar que todas las personas tengan las mismas oportunidades de participar, así como aprender y desarrollarse plenamente; en contextos de violencia delictiva, la inclusión también implica generar espacios donde se promueva el pensamiento crítico, el respeto a la dignidad humana y la comprensión de la violencia como un fenómeno estructural, vinculado a desigualdades sociales, económicas y políticas. Por su parte, la cultura de paz no se limita a la ausencia de violencia; se trata de una construcción cotidiana que se fortalece a través del diálogo, la resolución pacífica de conflictos y la participación social consciente e informada.

Las percepciones estudiantiles muestran que la violencia del entorno social influye en la forma en que se vive la universidad. El miedo y la inseguridad puede limitar la participación académica y social, pero también genera una mayor conciencia sobre la necesidad de construir alternativas. Para muchos jóvenes, la universidad representa uno de los espacios donde es posible analizar críticamente la violencia, cuestionar discursos punitivos y reflexionar sobre soluciones que no se centren exclusivamente en el uso de la fuerza.

En este sentido, la educación superior tiene una responsabilidad ineludible. Promover la inclusión y la cultura de paz no puede reducirse a declaraciones institucionales; requiere acciones concretas que atraviesen los planes de estudio, la formación docente y la vida universitaria. Incorporar contenidos e incluir acciones extracurriculares concretas relacionados con derechos humanos, educación para la paz, justicia social y cooperación internacional, permite a los estudiantes comprender la complejidad de fenómenos como la delincuencia organizada y sus implicaciones locales y globales, este acercamiento favorece que a partir del conocimiento, asuman una responsabilidad activa como agentes de cambio en su entorno social, tanto durante su formación profesional y como al egresar.

Asimismo, las universidades pueden desempeñar un papel clave en el acompañamiento emocional y social de sus comunidades, ofreciendo espacios de escucha, orientación y apoyo. En contextos como el de Colima y otros estados afectados por la violencia, estas acciones fortalecen el sentido de pertenencia y posicionan a la universidad como un actor que contribuye activamente a la reconstrucción del tejido social.

Frente a escenarios de violencia que parecen normalizarse, apostar por la inclusión y la cultura de paz desde la universidad es una forma de resistencia ética y de transformación social. Formar profesionales críticos, sensibles y comprometidos con la convivencia pacífica es una contribución esencial para imaginar futuros distintos; en tiempo de incertidumbre, la educación superior tiene la posibilidad y responsabilidad de convertirse en un espacio donde se siembre la paz, el diálogo y la esperanza, incluso en medio de contextos marcados por la violencia y la confrontación.

Te invito a leer el artículo: “Inclusion and culture of peace at university: student perceptions in the context of criminal violence”, en: https://revistas.up.edu.mx/RPP/article/view/3454.

 *Profesora en la Maestría en Intervención Educativa de la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Colima.

Las opiniones expresadas en este texto periodístico de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a El Comentario.

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