Por Rogelio Camarillo Carrillo
El profesor Elías Pérez Vargas representa un ejemplo vivo de dedicación incansable al desarrollo comunitario en localidades pequeñas y olvidadas, como Chiapa, en el municipio de Cuauhtémoc, Colima. Nacido en Francisco Madero, municipio de Tepic, Nayarit, alrededor de 1943 (hoy con aproximadamente 83 años en 2026), su trayectoria es un testimonio de migración, esfuerzo autodidacta y compromiso con el progreso colectivo, sin buscar reflectores ni recompensas formales.
Desde joven, Elías emigró al norte de México, atraído por las promesas de oportunidades en Baja California. Allí, influido por figuras como el profesor Jorge Salazar Ceballos —un educador colimense con experiencia en fundar escuelas en lugares como Cananea y Ensenada— y su tío Marcelino Pérez Arreola (constructor y colaborador en proyectos educativos), completó su educación básica en condiciones adversas y aprendió oficios prácticos como la albañilería. Trabajó en construcciones mientras estudiaba, culminando primaria y preparándose para el magisterio. Su formación incluyó estudios en una normal privada en la región, donde destacó por su tenacidad y curiosidad intelectual, influida desde niño por lecturas esotéricas, la Biblia y libros como La incógnita del hombre de Alexis Carrel.
Aunque inicialmente planeaba dedicarse al magisterio formal —llegó a estudiar a distancia en lo que sería la Universidad Pedagógica Nacional (UPN), cuarta generación aproximada en los años 80—, su vida tomó un rumbo más práctico y comunitario. Se estableció en Colima en 1966 tras conocer a su esposa, originaria de la zona, y formó familia (3 hijos, incluyendo una educadora). En Chiapa, una comunidad rural con historia ligada a haciendas indígenas prehispánicas y poscoloniales, encontró un lugar donde aplicar su energía.
Durante más de 50 años (desde los años 60-70 hasta al menos 2023-2026), Elías se convirtió en uno de los principales impulsores del desarrollo local, actuando como ciudadano organizado, sin afiliación partidista estricta ni cargos oficiales prolongados. Formó comités ciudadanos para gestionar mejoras básicas que el pueblo necesitaba urgentemente: drenaje, pozos de agua profunda, banquetas, circulación vial, rehabilitación de presas y campos deportivos. Destacan obras como:
– La limpieza y rehabilitación de la presa local, permitiendo repartir tierra fértil a comunidades vecinas (Trapiche, Cuauhtémoc).
– Emparejamiento y nivelación del campo deportivo de la secundaria.
– Construcción y mantenimiento de canchas de usos múltiples.
– Fundación de la biblioteca comunitaria en el año 2000, un espacio clave para fomentar la lectura entre niños y jóvenes en una era dominada por distracciones digitales.
– Modernización de la casa del adulto mayor, gestionando apoyos con instancias como Sedesol y la Secretaría de Cultura.
Además, su colaboración se extendió al ámbito cultural y patrimonial de la emblemática Hacienda de Chiapa, un sitio histórico con más de 200 años de antigüedad, referente del pasado económico y social de la región (construida y habitada por familias como los Álvarez y Peralta, y hoy convertida en espacio para eventos, desayunos, espectáculos y visitas turísticas). Elías participó activamente en actividades culturales asociadas a la hacienda, colaborando con figuras locales como Jesús Jiménez (maestro e historiador) y siendo invitado por Marco Antonio Romero Cárdenas a sumarse a iniciativas que promovían el rescate y difusión del patrimonio. Su labor allí se centró en el aspecto cultural: apoyo en eventos, gestiones para recursos (como materiales audiovisuales de la Secretaría de Cultura) y contribución al conocimiento colectivo de la historia de la comunidad, integrando su visión progresista y constructiva a la preservación de este tesoro colimense.
Estas acciones no fueron producto de presupuestos millonarios ni de programas gubernamentales directos, sino de gestiones persistentes ante presidentes municipales, secretarios y dependencias estatales (como Rubén Pérez Anguiano, con Silverio Cavazos, Alberto Vázquez Montes, César Ceballos Gómez o Indira Vizcaíno). A menudo, Elías aportó mano de obra propia, conocimientos de construcción y visión a largo plazo, priorizando soluciones colectivas sobre intereses personales.
Su lema —”construir, no destruir”— y su énfasis en la tenacidad definen una filosofía de vida que trasciende lo material. A pesar de no haber recibido reconocimientos oficiales formales (algo que menciona con resignación, pero sin amargura), su legado perdura en la infraestructura mejorada, en la biblioteca que aún existe y en el recuerdo de vecinos que lo consideran un impulsor clave para superar carencias históricas: falta de agua, drenaje deficiente, espacios educativos precarios.
En una época donde el desarrollo comunitario suele asociarse a políticas públicas o ONGs, Elías Pérez Vargas encarna el poder del individuo común: migrante, trabajador, lector voraz, constructor y gestor incansable. A sus 83 años, sigue activo, capaz de subir escaleras y brochear, con la misma vitalidad que lo llevó de Nayarit a Baja California y de allí a Chiapa. Su historia invita a reflexionar: el verdadero progreso no siempre viene de arriba; muchas veces nace de la terquedad amorosa de alguien que decide no pasar de largo ante las necesidades de su comunidad adoptiva.
En tiempos de individualismo y desconfianza institucional, figuras como Elías nos recuerdan que el cambio real se construye con manos callosas, palabras precisas y un compromiso que no pide aplausos. Chiapa de Cuauhtémoc —y Colima en general— le debe mucho a este nayarita de corazón colimense. Ojalá su ejemplo inspire a nuevas generaciones a “construir, no destruir”, y a valorar a quienes, sin títulos rimbombantes, hacen patria desde lo cotidiano.
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