¡Ojo con el vapeador!
Por Donovan J. Peña Montes*
Si usted vapea y de repente le falta el aire, ¡ojo con cuánto y cómo lo consume!
Durante los últimos años, el vapeo se ha instalado con fuerza entre personas jóvenes y adultas como una práctica cotidiana, socialmente aceptada y, en apariencia, de bajo riesgo. Se nos presentó como una alternativa “más segura” frente al cigarro tradicional, apoyándose en una idea sencilla: si no hay combustión, entonces no hay daño relevante. Sin embargo, desde una perspectiva toxicológica, esa afirmación es, cuando menos, incompleta. Que algo no huela a humo ni deje cenizas no significa que sea inocuo para el organismo.
El pulmón humano está diseñado para intercambiar gases: oxígeno y dióxido de carbono. No está preparado para recibir de forma repetida aerosoles químicos complejos. Y eso es precisamente lo que ocurre al vapear. Lo que se inhala no es “vapor de agua”, como suele decirse en la publicidad, sino una mezcla de solventes, nicotina, saborizantes, productos de degradación térmica, partículas ultrafinas y, en algunos casos, contaminantes metálicos provenientes del propio dispositivo. Desde el punto de vista biológico, cada uno de estos componentes puede interactuar con el epitelio respiratorio y desencadenar respuestas inflamatorias.
Esta preocupación se volvió realidad cuando, a partir de 2019, se documentaron numerosos casos de una enfermedad respiratoria aguda asociada al uso de cigarrillos electrónicos y productos de vapeo. Este cuadro clínico se conoce como EVALI, por sus siglas en inglés (Lesión Pulmonar Asociada al Uso de Cigarrillos Electrónicos o Productos de Vapeo). Se caracteriza por inflamación pulmonar, dificultad respiratoria, tos persistente, dolor torácico, fiebre y en los casos más graves, insuficiencia respiratoria que puede requerir hospitalización e incluso soporte ventilatorio. No se trata de una simple irritación pasajera, sino de una lesión pulmonar potencialmente grave.
Las investigaciones han señalado algunas sustancias especialmente problemáticas, como el acetato de vitamina E, que al inhalarse puede interferir con el funcionamiento normal del pulmón. Pero sería un error pensar que todo se explica por un solo químico. La evidencia sugiere que también influyen la nicotina, los solventes del líquido y lo que se forma cuando ese líquido se calienta.
Al vapear, sustancias como el propilenglicol pueden generar compuestos irritantes, por ejemplo, formaldehído y acroleína. Eso puede favorecer irritación e inflamación en las vías respiratorias. Por eso, el “golpe” en la garganta que muchos sienten no es una prueba de que “funciona bien”, sino una señal de que algo se está irritando. En pocas palabras: algo puede ser aceptable para ingerirse, pero no necesariamente es seguro para respirarse y menos si se calienta.
En toxicología, los efectos no siempre dependen de un único agente, sino de la combinación, la dosis y la forma de exposición. Un aspecto clave es que el riesgo del vapeo no es uniforme. Depende de múltiples factores: qué se consume, con qué dispositivo, a qué temperatura, con qué frecuencia y durante cuánto tiempo. No es lo mismo una inhalación ocasional que un uso intensivo a lo largo del día. Tampoco es lo mismo un producto regulado que uno de procedencia desconocida. Aquí conviene detenerse en un punto sensible: los dispositivos y líquidos “pirata” o informales, ampliamente disponibles, añaden un nivel extra de incertidumbre. En ellos no hay garantías sobre concentraciones, pureza, ni materiales, lo que incrementa la probabilidad de exposición a compuestos no declarados o contaminantes.
Desde el punto de vista de la salud pública, otro elemento preocupante es la percepción de seguridad. Muchas personas, en especial jóvenes, inician el vapeo sin haber fumado antes, convencidas de que no representa un riesgo real. Esto normaliza la inhalación crónica de sustancias químicas y puede favorecer la dependencia a la nicotina, una droga con efectos bien conocidos sobre el sistema cardiovascular y el sistema nervioso. Además, existe evidencia de que el vapeo no necesariamente aleja del tabaco tradicional.
Un aspecto menos discutido es que el vapeo no solo afecta a quien lo usa. El aerosol exhalado a veces llamado “vapor de segunda mano” contiene nicotina, partículas finas y compuestos irritantes que pueden ser inhalados por personas cercanas y queridas, en especial en espacios cerrados. Aunque suele dispersarse más rápido que el humo del cigarro, no es simplemente aire limpio.
Además, parte de esos compuestos se deposita en superficies como ropa, muebles y paredes. A esto se le conoce como exposición de tercera mano. Con el tiempo, esos residuos pueden volver al ambiente o entrar en contacto con la piel, lo que resulta especialmente relevante para niños, personas con asma o enfermedades respiratorias. En este sentido, vapear en interiores o en presencia de otras personas no es una práctica neutra: el riesgo no desaparece solo porque no haya humo visible.
Es importante subrayar que advertir sobre los riesgos del vapeo no implica alarmismo ni condena moral. La ciencia no funciona a partir del miedo, sino de la evaluación crítica de la evidencia. Hoy sabemos que el vapeo no es inocuo y que sus efectos a largo plazo aún no se comprenden del todo, precisamente porque es una práctica relativamente reciente. En este contexto, el principio de precaución resulta razonable: si no se ha demostrado que es seguro, no puede promoverse como tal.
En la práctica clínica y en la vida cotidiana, hay señales que no deberían ignorarse. Si una persona que vapea comienza a experimentar falta de aire, tos persistente, opresión en el pecho o una disminución evidente de su capacidad para respirar con normalidad, no es prudente minimizarlo ni atribuirlo automáticamente a “algo pasajero”. El cuerpo tiene formas limitadas de expresar que algo no va bien, y la dificultad respiratoria es una de las más claras. Suspender el uso y buscar valoración médica oportuna puede marcar la diferencia.
En un entorno universitario, donde la reflexión crítica y el acceso a información confiable son valores centrales, hablar del vapeo implica asumir una responsabilidad colectiva. No se trata de prohibir por prohibir, sino de comprender mejor los riesgos, cuestionar los mensajes simplificados y tomar decisiones informadas. La ciencia avanza corrigiendo ideas previas, y hoy una de esas correcciones necesarias es reconocer que el vapeo dista mucho de ser una práctica “segura”.
Por eso, ojo con lo que se inhala, ojo con la frecuencia, ojo con el origen del producto y sobre todo, ojo con las señales del propio cuerpo. Respirar es un acto automático que damos por hecho, hasta que empieza a faltar. Y cuando eso ocurre, ya no hay moda, dispositivo ni argumento comercial que valga más que la salud.
Estimado lector no olvide que: “Más vale prevenir que jadear”.
Para más información sobre el presente tema, puede consultarse el siguiente enlace: https://www.gob.mx/cofepris/articulos/cofepris-y-conadic-emiten-alerta-sanitaria-para-vapeadores-y-productos-emergentes-de-tabaco-ocasionan-graves-danos-a-la-salud?state=published
*Profesor e investigador postdoctorante en el Centro Universitario de Investigaciones Biomédicas de la Universidad de Colima e investigador en Farmacología de la Diabetes y miembro de la Federación Internacional de la Diabetes.
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