Sáb. Mar 14th, 2026

ARTÍCULO: Los monstruos no viven bajo la cama

Por Redacción Mar6,2026 #Opinión

Por Mendoza

Cuando era niña, creía que los monstruos vivían debajo de la cama, que salían cuando apagábamos la luz y tenían colmillos, garras y ojos brillantes en la oscuridad.

Tenía apenas cinco años cuando aprendí que los peores monstruos no hacen ruido al caminar, no se esconden en armarios ni mucho menos aparecen en los cuentos. Viven más cerca de lo que imaginamos.

Recuerdo que mi papá estaba hospitalizado y mi mamá, preocupada y agotada, hacía lo que cualquier madre hace en medio de la angustia: confiar. Nos dejó a mi hermana y a mí en casa de mi tía, hermana de mi papá, creyendo que ahí estaríamos seguras.

Yo era apenas una niña. No entendía el mundo, apenas comenzaba a descubrirlo. Vivía inmersa en fantasías, en juegos inventados, en la certeza de que los abrazos de mis padres eran un lugar seguro. Creía que el mundo era bueno, pero, ese día algo se rompió y el eco de esa ruptura me acompañó durante años.

Mi agresor no era un desconocido, no era una sombra que se escabullía en la noche, era alguien con quien compartía apellido, familia, celebraciones y confianza y ahí radica una de las verdades más dolorosas que este país necesita mirar de frente: la violencia contra niñas y mujeres casi siempre viene de alguien cercano. Alguien que se sienta a la mesa, alguien a quien se le abre la puerta.

El silencio no fue inmediato; fue impuesto. El miedo tampoco nació solo; fue sembrado y las amenazas llegaron envueltas en palabras que una niña no debería escuchar jamás: “Si dices algo, tu hermana lo pagará”.

A los cinco años no se tiene el lenguaje para nombrar el abuso, solo se sabe que algo está mal, que algo duele y que algo no debió ocurrir.

Durante años cargué una culpa que no era mía, un secreto que no me pertenecía, una herida invisible que nadie veía pero que ardía todos los días.

Ese día mi dulzura comenzó a transformarse en rebeldía. La niña alegre se volvió una niña dura que aprendió a no mostrar debilidad, aprendió a callar y a sobrevivir.

En México, miles de niñas viven historias parecidas. Muchas nunca logran contarlo, otras lo cuentan y no son escuchadas mientras que algunas hablan… y las hacen callar.

Yo tardé años con el secreto atorado en la garganta, viviendo años de vergüenza que no me correspondía, años de insomnio, de pesadillas que regresaban sin pedir permiso, años de rabia contenida.

Me aferré a luchar para que otras personas no vivieran lo mismo, aunque por dentro estuviera rota. Convertí la dureza en escudo y la rebeldía en armadura. Porque cuando el dolor no encuentra salida, se convierte en carácter.

El 8 de marzo no es una fecha de flores ni de felicitaciones, es un día para recordar que las niñas merecen crecer sin miedo en un hogar que debe ser el lugar más seguro del mundo, no el escenario de la primera traición.

Hoy escribo desde la mujer que soy, no desde la niña que fui. Escribo con la voz que durante años no pude usar. Escribo para decirle a esa niña pequeña que no fue su culpa, que nada de lo que hizo o dejó de hacer provocó aquello y que sobrevivir también es un acto inmenso de valentía.

Escribo para que las madres, las familias y la sociedad entiendan que la prevención comienza escuchando, creyendo, protegiendo, rompiendo pactos de silencio que solo protegen a los agresores.

Los monstruos no viven bajo la cama, viven en el silencio, en la complicidad, en la negación, pero también aprendí algo más: la voz es más poderosa que el miedo.

Las opiniones expresadas en este texto periodístico de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a El Comentario.

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