Un homenaje que ilumina la resistencia cultural de Colima
Por Rogelio Camarillo Carrillo
El pasado martes 17 de marzo de 2026, en los jardines de la Corregidora, el Centro de Cultura Escrita “Miguel Ángel Cuervo” se convirtió en un templo de memoria y gratitud. Bajo la moderación de un servidor, se rindió un homenaje muy merecido al escritor, poeta, narrador, ensayista y catedrático colimense Octavio Romero Cárdenas (Cuauhtémoc, 1963 – Colima, 2020). No fue un acto protocolario: fue un ejercicio colectivo de reconocimiento a quien, con su pluma y su voz, documentó y enriqueció las letras de nuestro estado. Más de 6 años después de su partida, su figura sigue resonando porque, como bien recordó Camarillo al abrir el evento, “la memoria de un escritor vive mientras haya lectores que lo recuerden”.
La semblanza oficial trazó el perfil de un hombre polifacético. Nacido en Cuauhtémoc, Octavio se formó en la Facultad de Letras y Comunicación de la Universidad de Colima, donde se convirtió en leyenda urbana por su voracidad lectora. Antologado ya en 1990 y 1991 en el Anuario de Poesía del INBA y Poetas de Tierra Adentro, publicó en 1996 su novela Vidas Angelinas (Gobierno de Jalisco), obra gótica y angelina a un tiempo, dedicada a su segunda esposa y poblada de personajes etéreos que habitan Los Ángeles, California. Como crítico incansable, co-creó con Enrique Ceballos Ramos la serie monumental Colima, Tierra de Letras (1996, 2001, 2005 y 2006-2010), bibliografía analítica indispensable que Jesús Adín Valencia Ramírez continuó póstumamente. Profesor e investigador del Cedeluc, formó generaciones y dejó, al morir a los 57 años víctima de insuficiencia renal, un archivo de inéditos que su hermano Marco Antonio aún custodia.
Tres voces principales dieron cuerpo al homenaje y lo convirtieron en un retrato vivo y profundo.
La doctora Ada Aurora Sánchez Peña, catedrática, escritora, poeta, violinista y exdirectora de la Facultad de Letras, leyó su texto “Octavio Romero, lector de ficciones, escritor del vértigo”. Con lucidez y cariño, reconstruyó al Octavio multifacético: “una persona es al mismo tiempo muchas a la vez y se muestra diferente según interactúe con una u otra persona”. Recordó que, aunque no fueron amigos cercanos, coincidieron como estudiantes y luego como docentes. Octavio, casi 10 años mayor, era “el lector más actualizado en novedades literarias” y un intelectual antisistema y bohemio consumado. Delgado, de rostro anguloso, usaba lentes y cargaba siempre libros bajo el brazo; su atuendo formal (camisa de manga larga pese al trópico) acentuaba su imagen de hombre de letras evasivo.
Ada destacó su pasión borgiana: “se enorgullecía más de los libros que había leído que de los que había escrito”. Vivió en Estados Unidos y observó la explotación obrera; hablaba español e inglés (y posiblemente francés) insertando términos extranjeros para enriquecer sus disertaciones. Sus clases se alargaban porque “conocían muy bien el contenido”, pero los alumnos le pedían terminar a tiempo. Como narrador brilló con Vidas Angelinas: personajes misteriosos, solitarios y marginales en Los Ángeles, fumadores nerviosos, amantes de los libros, con vidas secretas y etéreas. Citó el inicio de la novela y el cierre, donde un personaje que limpia sanitarios en un McDonald’s escribe en su diario: el último registro es precisamente el 17 de marzo. “¿Azar o coincidencia novelesca?”, preguntó Ada, dejando la sala en silencio. Recordó también su velorio en plena pandemia, con poca gente y una corona de rosas blancas que ella llevó como directora de la Facultad. “Lector de ficciones y escritor del vértigo”, concluyó, es la imagen exacta que perdura.
El maestro Alberto Llanes Castillo, también de la Facultad, entregó un testimonio personalísimo titulado “Una vida, Vidas Angelinas”. Agradeció la invitación de Marco y la coincidencia con Ada en otra mesa de poesía esa misma tarde. Recordó que Octavio fue su profesor solo una semana en el taller de novela de la Escuela de Escritores SOGEM-Colima (la segunda y última generación en Colima): “enseñaba cómo se arma una novela, cómo se abordan los temas y cómo se esquematiza la escritura”. Aunque al principio escribió que “no había sido mi maestro”, al redactar el texto recordó ese diplomado y cambió la frase.
Llanes enfatizó las coincidencias en la Falcom: pasillos, cafetería, maestría, coordinador académico cuando Ada era directora y viceversa. “Hablábamos de todo y de nada, reíamos mucho y compartíamos instantes… eso es lo que se trata en la vida: coincidir”. La comunidad Falcom, dijo, permite pasar de alumno a profesor, de coordinador a compañero. La novela les recordó a otros maestros como Caño Velasco, que también vivió entre Colima y Los Ángeles. Habló de la obra como observación atenta de la cotidianidad que transforma instantes simples en relatos llenos de humanidad, dignidad, fragilidad y grandeza. Y reveló un detalle entrañable: Octavio fue su “Diler” de aparatos electrónicos; aún conserva una bocina que le compró y que enciende de vez en cuando (bajando el volumen por respeto a los estudiantes). “Leerlo es el mejor homenaje que se le puede hacer a cualquier escritor”, cerró.
El turno de Marco Antonio Romero Cárdenas, hermano del homenajeado y cronista de Cuauhtémoc, fue el más íntimo y estratégico. Contó que el homenaje le sorprendió: “hace como 3 meses me habló Gabriel y me dijo ‘ya tenemos programado un homenaje para tu hermano’”. Recordó 3 momentos clave. Primero, la voracidad lectora: desde los 8 años (su madre lo confirmaba a sus 90 años) Octavio devoraba obras completas de un autor; tenía diccionarios de sociología, literatura, filosofía y etimología; se apropió de la terraza familiar y leía hasta las 2 de la mañana sin escuchar nada. “Siempre estaba estudiando, concentrado, muy contento”.
Segundo, después de la muerte, Marco separó un cuarto en la casa con ventanal grande, creó una balda y un archivo donde descansan los discos duros (difíciles de abrir), libretas, lentes, plumas y escritorio de Octavio. “Quiero que sea un centro de investigación, talleres, cursos, colecciones de libros, premios de narrativa con su nombre, reconocimientos al cine y guiones”. Anunció que ya tiene casi 20 libritos propios terminados (crónicas, pastorelas, historia de árboles) y sueña con publicar a otros escritores, porque “Octavio siempre sufría porque no había espacios para publicar”. El centro abrirá 2 o 3 tardes por semana y ya recibe visitas de alumnos que tocan los libros con cariño. “Mi hermano estaría contento de ver que se sigue fomentando la cultura”, dijo.
El evento se enriqueció con intervenciones espontáneas. El escritor Román Regalado, compañero de la generación 1986-1990, evocó las noches bohemias en la casa de los Espesos en la calle Cinco de Mayo y las discusiones hasta el amanecer. Enrique Ceballos Ramos compartió anécdotas de tenacidad: Octavio exigía que el lector “aprendiera” y rechazaba etiquetas fáciles; reseñaba con rigor y nunca aceptó que él fuera solo “compilador”.
Juan Pablo Ballesteros entregó una excelente anécdota: recordó a Octavio como “una persona muy culta, muy conocedor del ajedrez, caballeroso y muy respetable”. Contó que en la casa de Cinco de Mayo con Alberto Barreto se establecían partidas de ajedrez todos los sábados; las piezas se quedaban a medio tablero a propósito para prolongar las charlas literarias, filosóficas y de todo y nada. “La ajedrez era sólo un pretexto para convivir hasta el amanecer”, dijo, y destacó cómo Octavio, con su ironía inteligente y su saber enciclopédico, convertía cada movimiento en una lección de vida. Otras anécdotas surgieron: el club del andador de ajedrez donde Octavio ganó (con humor) la categoría de “novato”, y cómo en el bar Maya (ahora recordado como la misma casa de Cinco de Mayo) leían hasta las seis de la mañana con copas y libros abiertos.
La hermana de Salvador Márquez Gileta, María de los Ángeles, recordó la generación de “los espectros”: bohemios, enamorados, libres y profundamente humanos.
El momento más emotivo llegó con el audio enviado por Mauricio Montaño, ex alumno que no pudo asistir y leído por Ada:
Con voz quebrada por la distancia, Mauricio describió a Octavio como “maestro, amigo, colega y figura paternal”. Recordó sus talleres extracurriculares de novela a las 3 de la tarde, después de clases, y cómo Octavio enseñaba a dudar: “¿Y si no necesitas eso para ser feliz?”. Habló de su ironía inteligente, de sus poemas personales y de la lección más profunda: “Todos necesitamos guías que nos ayuden a dudar sobre lo que somos” y a disfrutar el conocimiento que “pasa una vez en la vida”. El silencio que siguió fue el más elocuente de la tarde.
Al cierre, Gabriel Martínez, Director del Centro de Cultura Escrita “Miguel Ángel Cuervo”, sintetizó el espíritu del evento. Agradeció la presencia masiva y entregó ejemplares de libros de Alberto Llanes para que los dedicara y los diera de obsequio a todos los presentes. Agradeció la presencia de la mediadora de la sala de Lectura “Colegio Patria” de Coquimatlán: Rosa Ma. Martínez. Recordó que este espacio es “de resistencia cultural”: contra el olvido, contra el norteaméricanismo cultural y contra la apatía local. “Cada mes abrimos las puertas para talleres, conferencias y homenajes porque la lectura debe ser comunitaria”, dijo. Invitó a seguir construyendo memoria y anunció que el centro seguirá abriendo sus puertas a los escritores regionales no solo de Colima, sino también de Jalisco, Nayarit y Michoacán. Su conclusión fue clara y estratégica: los homenajes no cierran ciclos; los abren. La obra de Octavio no termina con su muerte; se multiplica cada vez que alguien abre Vidas Angelinas o consulta Colima, Tierra de Letras.
Este evento no fue solo un recuerdo; fue una declaración de principios. Colima necesita más actos así: espontáneos, profundos, generacionales. Necesita que hermanos custodien archivos, que profesores compartan audios de alumnos ausentes y que centros culturales se conviertan en trincheras de la palabra. Octavio Romero Cárdenas ya no está físicamente, pero su vértigo literario sigue girando. Mientras haya alguien que lea sus páginas, que dude con sus dudas, que mueva piezas de ajedrez mientras conversa o que se atreva a escribir, su legado permanecerá vivo. Y ayer, en los jardines de la Corregidora, fuimos muchos los que decidimos mantenerlo encendido.
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