Lun. Mar 23rd, 2026

ARTÍCULO: Cícuta

Por Redacción Mar23,2026 #Opinión

Por Rubén Carrillo

Últimamente, de un tiempo a esta parte evité el centro capitalino de Colima. Partes de mi adolescencia caminaron por ahí en los 80. Viví mi formación plástica en una casona de 5 de Mayo, donde a principios del siglo pasado funcionó como consulado alemán y luego como el Centro de Educación Artística, que previamente funcionó en otro inmueble de Zaragoza, en el cual estuvo Juárez en su diáspora, propiedad de los Assam y hogaño en deterioro destructivo. Esta zona es sísmicamente estridente por el Sábora Fest, iniciativa de un italiano afincado en Colima, Davide Arena, culto, con afinidades panistas, que concretó una idea pegadora que une presencias. Escasamente se le reconoce su aportación, quizá meritoria de que lleve su nombre, sin regateos. Casi sin excepción, después de la administración de Héctor Insúa (nombre de un tanguero también), las subsecuentes (todas piensan, falsamente, que la cultura es una base demoscópica para sus aspiraciones al Poder Ejecutivo Estatal) apoyan su despliegue con evidentes tintes electoreros, pensando que la reunión de multitudes significa apoyo tácito a las aspiraciones de los presidentes municipales en turno. Este festival tiene una deriva, naufragio, miope: la masividad asistente no representa un voto favorable a la exposición de los ediles en turno. Tiene otras implicaciones, que, tampoco, los sistemas comunicativos en funcionamiento intuyen como productos o contenidos para esta época. La plaga digital de las chancharras mediáticas menos tiene la sensibilidad para registrar que, en estas convergencias multitudinarias se mueven, viven, sentidos no vinculantes, emocionales, de encuentro desenfadado, más libre, pese al fracaso evidente federal, estatal y municipal (culpas mutuas) de un cumplimiento sencillo de la seguridad o protección ciudadanas.

Generalmente, las alturas y el gentío me ponen nervioso. Las rehúyo. Pero la única forma de solucionar estas fobias no es la reclusión, sino acudir a su cita ineludible. Para la primera, elegí vivir en la cúspide, el quinto piso, del inolvidable Edificio Cásarez, cuando era feliz e indocumentado, es decir, un solterón (en ese tiempo, a los 28 años ya se le había ido a uno el tren y la resistencia matrimonial) que rentó dos departamentos para ver estética, etílica y bohemiamente a ese Colima que debe seguirnos perteneciendo en sus calles, en sus noches, en sus tristezas y esperanzas. Todo eso perdido por las incapacidades de gobiernos sucesivos.

Vencí el gentío para mirar un supuesto concierto de Amanda Miguel, la argentina que enviudó a Diego Verdaguer, remiso a la vacuna del Covid.

Ambos llegaron a finales de los 70 a México por el exilio forzado de la dictadura de su país, que por estos días cumple medio siglo de entronarse y fulminar sueños de una generación idealista. Miré el escenario. Solamente. El sonido, muy deficiente. Amanda Miguel no es lo que fue: las canas la presentaron, su voz, queda. Quizá sus manos al piano concuerdan.

Francamente, no emocionó al graderío repartido en el epicentro dañado por las huellas todavía imborrables del 8 de marzo. Son registros de violencia soportada, pero entendida, porque hallan cauce. Me resulta muy difícil un punto ecuánime personal. Son tiempos diferentes, pero siguen las causas incrementadas en la violencia y violación de los derechos de las mujeres. Ahí estamos en un punto axial. Yo soy padre de dos hijas y tengo la responsabilidad de comprender su tiempo, sus derechos y aprender a desmontar mojoneras, prejuicios y peraltes masculinos inaceptables. Hay que contribuir a ese derrumbe con más tolerancia, más apertura.

En eso pensé cuando, deficientemente, quise escuchar a Amanda Miguel, quien tuvo un chorro de voz y apenas hoy muestra un quejido errabundo.

Sin embargo, evoqué mi adolescencia, cuando a los 13 años, en 1977, los valientes en Coquimatlán íbamos al Centro Juvenil, un simulacro de antro que regentó Élida López, tía y mamá de amigos inolvidables de aquella época.

En ese sitio, los escuálidos de figura y dinero, juntábamos monedas para colocarlas en una rocola, de acetatos pequeños. Y ahí sonaba una canción aún estremecedora. El Pasadiscos, cuya letra vinculó la tecnología con las emociones de quienes buscábamos lascivia, concupiscencia e identidad de botepronto. La letra: 

Yo acá tomaba un café en el mostrador

Vi que dejó una moneda y su mano temblaba

Pero a pesar del murmullo, mi voz escuché

Luego encendí un cigarrillo para que me viera

Ella seguía escuchando en el disco mi voz

Quise acercarme a su lado para sonreírle

Vi que lloraba bajito por esa canción

¿Por qué llorar?, el amor es así, como viene, se marcha

No hay solución, solo queda el recuerdo y alguna canción

¿Por qué llorar?, el amor es así, como se viene, se marcha

Pronto verás que lo que te ha pasado se habrá de olvidar

Ella seguía apoyada y envuelta en su pena

Pero al volverse de pronto me reconoció

Y fui acercándome lento por entre la gente

Vi que sus ojos me hablaban de la soledad

Y con dulzura le dije que a todos nos pasa

Quise explicarle a mi modo que aquella canción

No la compuse para que llorara una niña

Yo, de saberlo, no la habría cantado jamás

¿Por qué llorar?, el amor es así, como viene, se marcha

No hay solución, solo queda el recuerdo y alguna canción

¿Por qué llorar?, el amor es así, como se viene, se marcha

Pronto verás que lo que te ha pasado se habrá de olvidar

¿Por qué llorar?, el amor es así, como viene, se marcha

No hay solución, solo queda el recuerdo y alguna canción

¿Por qué llorar?, el amor es así, como se viene, se marcha

Pronto verás que lo que te ha pasado se habrá de olvidar.

La interpretación de Amanda Miguel no me conmovió. Tampoco, los vacuos esfuerzos de una administración capitalina que también debe mostrar resultados en la calidad de los servicios públicos, el deslinde histórico de la laicidad ganada y tenga los empaques necesarios para que de frente cumpla el mandato ciudadano. Sin los extravíos que empiezan a empañar su gestión municipal.

Las opiniones expresadas en este texto periodístico de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a El Comentario.

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