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ARTÍCULO: Circo, maroma y teatro en la primera mitad del siglo XIX en Colima

Por Redacción Jun21,2024 #Opinión

Por José Luis Larios García

Dependiendo de las estaciones del año, la diversión en la ciudad de Colima era muy variada. No había mucho que escoger en una población dedicada a las labores del campo; no obstante, todos los sectores de la sociedad buscaban la forma de entretenerse para salir de la rutina.

La vida cotidiana estaba sujeta al trabajo y quehaceres domésticos, en sus ratos de ocio, los pobladores asistían a paseos por las riberas de los ríos, con el fin de nadar un poco en los baños públicos, visitar las huertas y arrabales de la periferia.

Las fiestas religiosas o cívicas eran aprovechadas por los habitantes para organizar verbenas populares, realizar corridas de toros, peleas de gallos, tiro al blanco, juego de naipes, chuzas y comanches. Al repique de las campanas de la iglesia parroquial, los feligreses católicos acudían a la misa solemne de los domingos; el cura propio entonaba un Te deum bajo el altar a Nuestro Señor Crucificado y la Santísima Virgen María de Guadalupe, donde, además, corrían las amonestaciones matrimoniales. En la plazuela del mercado -actual jardín Torres Quintero-, todos los días se instalaba el tianguis, lugar que ofrecía diversos productos comestibles y de uso doméstico.           

Afuera de las Casas Consistoriales, el pregonero informaba las noticias o sucesos de la ciudad, quien, además, comunicaba la llegada de artistas teatrales provenientes de otros rumbos, para ofrecer espectáculos como volantineros, titiriteros, comedias, dramas y coloquios. Era el Ayuntamiento de Colima, a través de la Junta Inspectora de Teatro, la que otorgaba la licencia y señalaba el lugar, fechas y precios de taquilla. Por lo regular se instalaban en la plaza de Armas -actual jardín Libertad-, o bien, en corrales particulares, palenques de gallos y la plaza nueva, ubicada en el barrio de la Sangre de Cristo.

Asimismo, los artistas locales requerían permiso para demostrar sus habilidades artísticas, como sucedió con el capitán del Ejército, José María Mata, quien convenció a la Junta para celebrar 10 funciones de teatro en enero de 1842, bajo el argumento: “Es una costumbre en las capitales en que hay teatros establecidos, proteger y fomentar de todos modos esta diversión tan moral y útil para la enseñanza de la juventud y mejora de las costumbres”. Se abrió el telón en el corral de la casa del Capitán Mata y, de acuerdo a la tarifa autorizada, se cobró “local de palco 2.00 pesos; entrada general 1 real; asientos en banca y palco 1 real”. Tal parece que fue un éxito, pues abrieron otras tres fechas (AHMC, caja D-75 A, exp. 29 f. 1 fte-3 fte.).

La diversión no se limitaba al teatro, llegaban personajes itinerantes con habilidades fuera de serie, como Trinidad Rincón, quien solicitó en 1842 licencia para dar 2 funciones de equilibro por la calle principal (AHMC, caja D-76A, exp, 8, f. 1 fte.). Igualmente, a Juan Bensley, residente de la ciudad de Colima, se le concedieron “6 funciones de gimnástica, pagando 2 pesos por cada una, debiendo comenzarse a las 4 de la tarde” (AHMC, caja D-77A, exp. 37, f. 2 vta.). El más popular de esa época fue Néstor Morales, apodado “Elástico Mexicano”, su habilidad principal fue la maroma, ya que se contorsionaba en el aire, acompañada con diálogos de sarcasmo, burla e ironía (AHMC, caja D- 83, exp. 27, f. 1 fte.).

En enero de 1845, llegó a la ciudad de Colima la compañía de maroma y teatro, a cargo de Benigno Muñoz para dar 10 funciones en el palenque de gallos. Un mes después, se instaló en la plaza de Armas el circo de José María Nostainos, con una producción que “consta de gastos exorbitantes por ser numerosa la compañía de que se compone, así como los animales que son el objeto de la diversión; y a pesar de que ella es a toda luz bien recibida en la sana moral, por no contener iluminación”, se le concede permiso de 2 funciones por semana, con la condición de que inicie antes de los días santos (AHMC, caja D- 83, exp. 8, f. f. 2 fte.).

La diversión pública fue el desahogo de la población, a donde asistían todas las clases sociales como espectadores y, a pesar de la lejanía, y caminos sinuosos para ingresar a la ciudad de Colima, arribaban todas las formas de expresión cultural y artística, aunque muy vigilada por la jefatura de policía, para evitar el sesgo ideológico de la época.   

Las opiniones expresadas en este texto periodístico de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a El Comentario.

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