Por Ruth Holtz*
En nuestros días es más frecuente oír que las personas dicen “estoy deprimida”, en vez de decir “estoy triste”. El hecho de que las teorías psiquiátricas y psicológicas se hayan popularizado ha producido la introducción de términos científicos en el lenguaje coloquial. Sentirse triste, abatido, cansado, sin ganas de hacer las cosas, sin ganas de vivir, decepcionado, frustrado, acongojado, desesperanzado y quizá muchos más estados de ánimo han sido englobados en “estoy deprimido”. Pero ¿qué es la depresión? ¿Cuándo ya se vuelve un trastorno que es necesario atender?
Las respuestas que nos encontramos son muchas y varían en algunas de sus concepciones diagnósticas. Sabemos que por lo menos hay tres enfoques principales desde dónde contestar nuestras interrogantes: la psiquiatría, el psicoanálisis y el gran abanico de las innumerables psicoterapias existentes. De todos modos, hay ciertas constantes importantes sobre la tipificación del trastorno, pero cuando se trata del tratamiento o de la explicación de las posibles causas las respuestas varían más.
Depresión viene del latín depressio: hundimiento. El paciente se siente hundido con un peso sobre su existencia. Es un trastorno afectivo que varía desde: bajas transitorias del estado de ánimo que son características de la vida misma, hasta el síndrome clínico, de gravedad y duración importante con signos y síntomas asociados, marcadamente distintos a la normalidad.
Desde la perspectiva psiquiátrica, la depresión es –según el Dr. Víctor Uriarte- “esta condición emocional que se caracteriza por un estado de ánimo abatido, lúgubre, sensación de congoja, pena, pesadumbre, aflicción desconsuelo, malestar, desesperanza, tendencia al llanto, irritabilidad, preocupación por la salud, por el bienestar propio y familiar, miedos, angustia, ansiedad y fobias”. La persona que vive este estado de ánimo se siente inútil, se culpa y se autoconmisera continuamente. Tiene generalmente trastornos en su concentración mental, mala memoria y siente que nadie puede ayudarla. Son personas que pierden el interés en sus actividades cotidianas. Pueden verse alteradas en su apetito, por lo que pueden adelgazar o engordar, ya sea porque no quieren comer o porque tapan su abatimiento con comida. En ciertos casos pueden presentarse ideas suicidas.
La psiquiatría clasifica las depresiones de acuerdo a la combinación de estados de ánimo depresivos y maníacos. En este último se presenta una condición emocional contraria a la depresiva como si fuera una forma reactiva de decir, “ya estoy bien, no se preocupen de nada”. Predomina la euforia, la sensación de ser grandioso y estas personas se ponen hiperactivas, se exceden en actividades peligrosas, placenteras, de alto riesgo o se implican en graves conflictos por su actitud desafiante y altanera. Presentan irritabilidad y hablan demasiado, se distraen con facilidad y permanecen alertas mucho tiempo. Duermen poco, parecen tener mucha energía.
Así pues, las principales clasificaciones son la de depresión mayor, depresiones bipolares, melancolía y ciclotimia. Las causas de la depresión pueden ser orgánicas, por alguna enfermedad, por alteraciones hormonales, por deficiencias nutricionales, por alteraciones orgánico-cerebrales, por uso de drogas, por experiencias traumáticas, por pérdida de un ser querido, del trabajo, etc. Algunas de las depresiones se desconoce su causa. Los tratamientos psiquiátricos se reducen generalmente al tratamiento con psicofármacos, en algunos casos estos son decisivos y son la mejor cura, en otros hay que integrar también un tratamiento psicoterapéutico. Algunas veces basta con este último.
Desde la perspectiva psicoanalítica la depresión implica que aquello que deseamos, lo anhelado, lo deseado es inalcanzable, irrealizable. Es la reacción ante la pérdida de objeto –dice Freud. ¿Qué quiere decir esto? Significa que las personas más importantes en el desarrollo de la persona, las relaciones más significativas y que han sido las receptoras de los sentimientos tiernos y amorosos de la persona o quienes le han amado, se han perdido, se fueron y no regresan o han sido decepcionados gravemente por la persona a quien ya le es imposible recobrarlos. Es la vivencia del duelo por la pérdida del objeto de amor y de deseo.
Las personas que viven en un ambiente en el que continuamente los desvalorizan o que sus propios padres son personas débiles de carácter, fracasadas o con una autoestima baja, son las personas propensas a la depresión. Luchan por llegar a una forma de ser ideal que, si no logran, lo toman como un fracaso demasiado doloroso. Si además este ideal se plantea muy elevado, se exige demasiado o incluso es inalcanzable, lleva a la persona a la depresión. La persona se desvaloriza por su incapacidad para “ser alguien” o cumplir expectativas de seres queridos muy exigentes, que le condicionan el amor a sus logros. Entonces fallar se vuelve perder el amor y el respeto de esas personas importantes. Si llegado el momento, la persona se cansa, se enoja por verse frustrada en su intento de ser mejor, pudiera desafiar a esos seres queridos. En esos casos podrían generarse sentimientos de culpa tanto por confrontarlos y entonces poderlos perder por haberles hecho daño o por fallarles y no ser y hacer lo que nos pedían, “que sólo era por nuestro bien”. El tratamiento es entrar a un proceso psicoanalítico para dilucidar la historia personal en vistas de reconocer estos compromisos de amor, asimilar las pérdidas de objetos de amor y deseo y situar los alcances de nuestros ideales con respecto a nuestra realidad.
Desde la perspectiva de la terapia psicocorporal y el análisis bioenergético, la depresión es una condición emocional debido a una baja de energía. Las razones de esta baja pueden ser varias, pero la fundamental es que constituye una estrategia de nuestro carácter para no hacer ciertas cosas que serían quizá dramáticas, como romper una relación que no funciona, aceptar que no deseo ser la persona que quieren mis padres o cosas por el estilo. Es decir, lo que dijimos de la perspectiva psicoanalítica psiquiátrica y psicoanalítica se integran como motivos por los cuales hay mecanismos bioenergéticos para bloquear nuestra energía para no romper con dicho sentimiento de depresión. En parte porque dicha depresión es una autocastigo por atreverse a desafiar a los seres queridos, por haberlos perdido o por haber sido incapaces de llegar a los ideales que nos exigían o nos exigimos. Por lo tanto, la depresión no es más que la ira vuelta contra nosotros mismos, nos autoatacamos al no poder descargar nuestro coraje y culparnos por nuestra cobardía. Es frecuente que nos sintamos víctimas y consideremos que todo es muy injusto. Culpamos al otro de nuestro estado de desamparo, pero no los desafiamos abiertamente porque tememos perderlo. O si lo hacemos después sentimos la necesidad de reparar el daño, ser perdonarnos y nos retractamos de lo dicho, regresando a aceptar las mismas exigencias de amor que establecimos con dichas personas.
El tratamiento psicocorporal implica sacar la ira, hacer consciente la frustración, incrementar nuestra energía y dilucidar esa historia personal con sus compromisos amorosos. Es necesario en este proceso la práctica de la bioenergética y otras técnicas psicocorporales auxiliares para movilizar esa armadura muscular con la que intentamos controlar nuestros sentimientos “negativos” para así no sólo concienciar nuestros motivos sino devolvernos la vitalidad, la fuerza, la energía que gastamos inútilmente en ese control y que contribuye a nuestra sensación de abatimiento, de cansancio, de falta de ganas de hacer las cosas y hasta de vivir, pues también llenos de energía y vitalidad es complicado nos evita caer en sentimientos depresivos. Por eso si tenemos atada nuestra energía en algunos trastornos mentales y emocionales, al desatarla, al recobrarla también recobraremos nuestro buen ánimo, pero para ello tenemos que enfrentar, asimilar y tomar decisiones difíciles sobre aquello que teníamos atado y no queríamos reconocer ni sentir. La bioenergética en algunos casos trae modificaciones fisiológicas que evitan el uso de psicofármacos.
*Psicoterapeuta. Teléfonos: 312 330 72 54 / 312 154 19 40 | Correo: biopsico@yahoo.com.mx
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