Entre dos fronteras: el impacto emocional de la migración en estudiantes transnacionales
Por Mariana Ceballos Dueñas y Mariela Manzo Carrillo
Para Luis, el primer día de clases siempre resulta difícil. No precisamente porque sea nuevo en la escuela, sino porque ha tenido demasiados “primeros días”. Siendo hijo de padres migrantes, su vida está en constante cambio, dividida entre países, culturas y sistemas educativos. Luis es un alumno transnacional y, como muchos, enfrenta un desafío repetido: el impacto emocional del cambio frecuente.
Los alumnos transnacionales no son turistas. Viven entre dos o más países, desplazándose periódicamente por motivos familiares, laborales o legales. Muchos cruzan fronteras a diario para estudiar, otros cambian de escuela cada vez que su familia se traslada. Estar en continuo movimiento repercute tanto en su educación, como en su salud y estabilidad emocional.
Para ese grupo estudiantil, cada cambio es más complejo que encontrarse en un nuevo salón. Experimentan ansiedad e inseguridad, y el sentimiento de desarraigo puede resultar abrumador. El problema no es solo la nostalgia, sino el efecto que tiene en su identidad. Al vivir entre distintas culturas, muchos enfrentan una constante lucha por entender quiénes son, porque comúnmente se sienten ajenos en ambos lados de la frontera.
El impacto emocional se refleja en el rendimiento escolar. Estos alumnos enfrentan problemas para adaptarse al currículo, entender el idioma si es el caso, o simplemente ganar amistades. Para ellos, cada ciclo escolar representa una prueba de adaptación, incluso cuando las circunstancias les permitan terminar el ciclo en un mismo lugar, de lo contrario, vivirán en más de una ocasión “su primer día”.
Por fortuna, existen diversas alternativas de apoyo para las personas que experimentan esta situación. El papel de la escuela es fundamental, a través de programas de intervención que ayudan al estudiantado migrante a adaptarse a su nuevo entorno escolar y social. Fomentar tutorías de pares, actividades culturales y deportivas, orientación académica y espacios de expresión intercultural ayudan a que estos alumnos se sientan parte de la comunidad escolar, recuperando poco a poco la confianza y estabilidad necesarias para aprender.
El hogar es un espacio vital de intervención. Aunque padres y madres migrantes atraviesan sus propios procesos de duelo y adaptación, su acompañamiento y la comunicación constante son claves para una crianza orientada al bienestar de las personas a su cargo. Con eso, contribuyen a la estabilidad emocional y la integración del núcleo familiar.
Para muchos estudiantes transnacionales la experiencia migratoria transforma su vida cotidiana, y la manera en que construyen su identidad. Estos jóvenes no se sienten completamente de un solo lugar; desarrollan lo que especialistas llaman una “identidad híbrida”. Esta identidad se forma cuando los alumnos adoptan costumbres, valores, idiomas y formas de pensar tanto del país de origen como del receptor. Significa que no solo hablan dos idiomas o celebran las festividades de ambos países, sino que también interiorizan normas culturales, modismos, formas de relacionarse y perspectivas que provienen de sendas culturas.
Un estudiante transnacional puede apreciar tanto la comida de su lugar de origen como la del país de destino. Sus expresiones lingüísticas pueden alternar entre idiomas distintos, mezclando palabras y estructuras gramaticales sin siquiera notarlo. Pero más allá de estos aspectos visibles, desarrollan modos de pensar que combinan las expectativas de ambas culturas: la noción del éxito puede estar influenciada tanto por los valores familiares de su país de origen como por las expectativas académicas del sistema educativo del lugar que los recibe. En esencia, su identidad se convierte en un mosaico único, donde cada experiencia aporta una pieza distinta.
“Me siento mexicana cuando estoy allá, pero aquí a veces me dicen que soy muy americana», confiesa Sandra, una joven de 13 años que vivió 6 años en Chicago y ahora estudia en Colima. “Pero cuando estoy en Estados Unidos, me doy cuenta de que no encajo del todo tampoco. Soy de los dos lados ¿o de ninguno…?”.
En conclusión, la experiencia de estudiantes transnacionales va más allá de un cambio de residencia; es un proceso complejo de adaptación, donde se enfrentan al desafío de construir una identidad híbrida que combina elementos de su país de origen y de la sociedad de acogida. Estos jóvenes no solo lidian con nuevas materias o amigos, deben navegar entre dos culturas que en ocasiones se complementan y en otras se contradicen. En este contexto, el papel de las escuelas es fundamental. Cuando reconocen y valoran la diversidad cultural, se convierten en espacios seguros donde los estudiantes pueden reconciliar ambas partes de sí mismos, transformando sus experiencias en una fuente de enriquecimiento personal. Al final, comprender y apoyar a estos jóvenes beneficia su desarrollo y enriquece a toda la comunidad educativa.
*Pedagogía en voz alta es un espacio periodístico semanal de la Facultad de Pedagogía de la Universidad de Colima. Publicará artículos de su comunidad académica. Las autoras de esta primera colaboración son estudiantes del sexto semestre de la licenciatura en Pedagogía.
Las opiniones expresadas en este texto periodístico de opinión son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a El Comentario.
